lunes, 18 de mayo de 2009

Sentir no es consentir

Genara Castillo Córdova

Como es sabido, por estos días ha saltado a los medios de comunicación el caso de un sacerdote que ha sido fotografiado con una chica de la que dice sentirse enamorado. Varias personas –especialmente jóvenes– me han preguntado una opinión sobre el asunto, y personalmente no la diera sino porque veo que así como ellos hay varias personas que están un poco confundidas y otras que –vamos a decirlo claramente– aprovechan para confundir más todavía.
Sin embargo, no vamos a tratar del “negocio” –bien lucrativo– del escándalo, ni de las campañas contra la Iglesia Católica, ni del sacramento del orden sacerdotal, ni sobre la necesaria formación y atención de los jóvenes sacerdotes, ni otras cosas más que serían pertinentes, pero que sería muy largo exponer. Sencillamente y para salir al paso de la confusión de las mentes jóvenes, he acudido a una frase o refrán que dice “sentir no es consentir”. Se trata de una adecuada educación de los sentimientos que también sería muy largo exponer, pero que en estas breves líneas trataremos de resumir en el sentido común, para recordar que siendo importantes los sentimientos, ellos no son los más importantes, no tienen la primacía, por lo que no pueden estar al mando ni llevar adelante nuestra vida.
Aunque los sentimientos humanos son muchos: decenas de decenas: simpatía, envidia, odio, temor, tristeza, aversión, deseo, desesperanza, compasión, amor, adoración, etc., podemos ver algunos casos, por ejemplo la aversión. Uno puede sentir aversión respecto de una persona por ejemplo porque ha hablado mal de nosotros, porque con sus acciones demuestra un empeño en hacernos daño, etc. Así, ante ella podemos “sentir” una especie de revulsivo interior, por esa falsedad, mezquindad o maldad de sus acciones.
Y tenemos dos opciones, una es dejarnos llevar de ese sentimiento. Pero también tenemos otra: esforzarnos en dominar ese sentimiento dándonos las razones adecuadas: por ejemplo: detén ahora este sentimiento porque si no se va a convertir en rencor y de ahí en uno peor que es el odio, etc. Acto seguido uno puede separar a la persona de sus acciones, tratando de comprenderla, con lo cual surgen los sentimientos contrarios: la compasión y la misericordia: qué pobre, la envidia le ha llevado a distorsionar la realidad y a obrar injustamente, etc.
Es decir, que lo más que podemos pensar es que ha perdido la objetividad, con lo cual le quitamos uno de los dos requisitos de la voluntariedad que es lo que nos llevaría a juzgar a esa persona como mala. Al contrario, decimos: ¡es que no se da cuenta! Y entonces, no consentiríamos en la aversión, el rencor o el odio; y en cambio seguiríamos nuestro camino con paz y tranquilamente. Es un ejemplo de cómo sentir no es consentir. Sentimos aversión, pero dominándole, acabamos sintiendo algo distinto.
Así pues, una cosa es sentir y otra distinta consentir: uno puede ver que aparece dentro de uno un sentimiento y puede consentirlo o no hacerlo de modo que en su lugar aparecen otros. De lo contrario, los sentimientos dominarían nuestra vida. Pasa lo mismo con cualquiera de los otros sentimientos. Así, por ejemplo, el deseo. Si las personas no contralaran sus deseos, si alguien pasara por la casa de otro y le gustara su televisor y dijera: como siento deseos de tenerlo y no puedo dominarme, entonces se lo quito, con eso se llegaría a implantar el caos en la sociedad: me gusta o deseo tu mujer, entonces me la quedo, etc.
Los sentimientos no pueden mandar. Los seres humanos tenemos que ejercer un control sobre ellos. ¿Cómo se controlan? Con la inteligencia y la voluntad. Por ejemplo, uno puede haberse comprometido a trabajar tales horas, y puede ser que en determinado momento uno “ya no sienta ganas” de hacerlo. Pero no por eso consiente y abandona el trabajo. Uno no se deja llevar de las ganas, porque de lo contrario, la gente se iría de su trabajo a la hora que quisiera o hiciera lo que sus ganas le pidieran. Sería un caos. Al revés, uno se siente desganado, reflexiona y se sacude ese sentimiento, aplicándose al trabajo.
Algo parecido sucede cuando alguna vez podemos descubrir un sentimiento amoroso sobre alguien, pero si uno tiene un compromiso previo con otra persona, entonces reflexiona y ve que aquel sentimiento no es conveniente, porque aparece delante aquel compromiso adquirido libremente y con ello un tema de justicia con otra u otras personas. Entonces se sacude ese sentimiento, una vez y las que hagan falta. De mandar los sentimientos se iría con aquella persona a la que inclinaran sus sentimientos, abandonaría a su mujer (o su marido), a sus hijos, y es probable que como siga dejándose llevar del sentimiento luego de una segunda persona se iría con una tercera y así.
Al contrario, si no se le hace caso al sentimiento, el sentido común se abre paso, porque prima la lealtad, con los deberes que derivados, y los derechos de la otra persona a quien se debe ya que esos compromisos uno los asumió libremente, nadie le obligó a hacerlo. Si no, si priman los sentimientos, los deseos, cada quien no sólo se iría con quien le provoque, sino que además cada vez sería temporal, hasta que no se pase por delante alguien que más astutamente se le “meta por los ojos”, que sea más aduladora que la anterior o que juegue un juego más certero y entonces le desate un torbellino mayor de sentimientos. Si esto se fuera generalizando, si todos los compromisos se pisotean, si los deberes se incumplen, etc.; la sociedad y la vida personal perderían, al contrario, en esas situaciones se reclama el sentido común y el control de los sentimientos, tanto para el auténtico bien de cada uno como para la paz de la vida social. El sentido común dice que sobre los sentimientos –aunque nos acompañen mientras vivamos– no se asienta una vida, sino en nuestra capacidad racional que reflexiona y alcanza la verdad y en nuestra voluntad que busca el bien.

1 comentario:

  1. :O bueno me parecio un buen aporte me gusta bastante esa forma de pensar XD

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