lunes 21 de septiembre de 2009

Homosexualidad

César Chinguel Arrese – ICF – Setiembre 2009

Cada órgano que poseemos tiene una finalidad, cada funcionalidad biológica se orienta a una finalidad, conocida o desconocida por el hombre. Con los medios tecnológicos a nuestro alcance, cada día no hacemos más que comprobar esta realidad dual, entre la existencia de una realidad y el fin que justifica su existencia. Sin embargo, muchas veces pasamos por alto un tercer componente sin el cual, la dualidad medio-fin no pasaría de ser más que un simple fenómeno aislado en equilibrio causa-efecto. Ese tercer componente, inseparable de los dos anteriores, es el orden que conecta la dualidad medio-fin con las otras realidades de la naturaleza, para producir una armonía natural de un grado mucho mayor que la simple dualidad causa-efecto.
Esta trilogía: medio-fin-orden, marca cada aspecto de nuestra realidad natural. La calidad con que el fin sea alcanzado, depende del modo con que el medio respete el orden natural escrito en su propia naturaleza. Existe por lo tanto un grado de calidad en cada realidad natural que recoge el modo con que un medio se ordena a su fin natural. Una enfermedad, por tanto, no sería otra cosa que la pérdida parcial del ordenamiento armónico de ciertos órganos, interactuando de tal modo, que el fin que deben cumplir es alcanzado sólo parcialmente, y como somos seres sensibles, lo notamos mediante diversos síntomas.
En el caso de la persona humana, su vida misma, y con ella su realidad cognitiva, afectiva, y biosomática recogen también esa relación de medio ordenado a un fin, y cobra sentido radical en el fin último que tiene toda persona humana. Así, incluso la muerte, que es la pérdida total del orden funcional de nuestro organismo, en virtud al desorden en los órganos por no llegar a alcanzar el mínimo de calidad funcional para mantener la vida, por ser una realidad completamente natural, me refiero a la muerte, tiene también su finalidad en el orden natural de la existencia humana. De esto se puede concluir que existe también un grado de perfección humana con el que una persona vive su propia muerte.
En el caso de la generación de la vida humana, un embrión que acaba de ser fecundado tiene la misma potencia en su esencia que un feto de dos meses, lo mismo que un niño de que acaba de nacer, lo mismo que un niño de diez años, para alcanzar la vida de un adulto de cincuenta. Lo que le falta al embrión es tiempo para pasar del estado de lo que actualmente es, a lo que por naturaleza puede llegar a ser. Si recogemos el hilo de lo planteado en párrafos anteriores, diremos que el embrión guarda en su esencia la potencia de convertirse en un adulto para cumplir los fines que por su naturaleza le corresponde dentro de un orden natural propio. Asimismo, se desprende que existe un grado de perfección – o de calidad - en el modo como éste viva, a lo largo del tiempo, ese orden natural para llegar a alcanzar sus fines.
En cuanto a la sexualidad humana, la ciencia nos dice que desde el momento de la fecundación el embrión contiene toda su estructura genética – incluida la sexualidad - con la información necesaria para que, mediando el tiempo y guardando el orden establecido por la naturaleza, el embrión se convierta en feto, luego en niño, en adolescente, en anciano y finalmente cumpla con su inevitable muerte natural, y todo vivido con algún grado de perfección natural.
La identidad sexual, que es el modo como cada uno se reconoce a sí mismo, en cuanto varón o en cuento mujer, es un proceso que puede ser alcanzado también con distinto grado de perfección, de tal modo que podría darse el caso en el que el nivel de calidad alcanzado en la formación de la identidad sexual sea tan deficiente que pueda ser considerado disfuncional, precisamente en relación con la funcionalidad armónica escrita en la naturaleza humana.
Por ello, la homosexualidad no es una tercera opción sexual, es una realidad muy concreta vivida por algunas personas que no alcanzaron durante su vida el mínimo nivel de calidad en la formación de su identidad sexual, manifestando un comportamiento disfuncional en diversos modos de relación. Estas personas merecen todo nuestro respeto y comprensión y merecen también la ayuda especializada adecuada a su situación en virtud de su dignidad como personas humanas.

viernes 19 de junio de 2009

PADRES

César Chinguel Arrese



Caminando de la mano con el menor de mis hijos, sentí de repente que éste, sin ninguna explicación, y sin mediar acto previo, me besó la mano y me dijo: te quiero papá. Conmovido, y avergonzado porque mi cabeza se ocupaba de cosas poco importantes, volví el rostro y miré con cariño a mi hijo. Seguimos caminando y me quedé con esa amorosa actitud en el corazón. ¿En qué momento me convertí en papá?, pienso mientras mi hijo sigue en lo suyo, que por ser suyo no deja de ser importante. Al no tener experiencia sensible como las madres, los padres nos descubrimos, sin demasiada conciencia, que un buen día somos nada menos que padres.

Pero, ¿cuándo empecé a ser realmente padre? Pienso que la condición de padre ya estaba en mí desde el momento que, gracias a mis padres, fui concebido. Toda acto humano no sería posible, si antes no hay un antecedente previo contenido en nuestra naturaleza. En el caso de los animales, el ave vuela porque en su naturaleza existe la potencia de volar, pero no puede vivir bajo el agua debido a que no cuenta con esta potencia, que si la tienen por ejemplo los peces. En el caso de las plantas, un manzano dará siempre manzanas y no naranjas, porque contiene en su naturaleza la potencia de dar, a su tiempo y mediando las condiciones requeridas, sólo manzanas. Por ello, todo hombre tiene en potencia llegar a ser padre, y lo será si median las condiciones que su naturaleza establece

La paternidad se constituye así en un don recibido por medio de nuestros padres, y éstos de los suyos, así de generación en generación. Como no se puede retroceder infinitamente – es un absurdo-, existe en la génesis del hombre algo que es fuente de esa paternidad, que la contiene por sí mismo, que no la ha recibido de nadie y que la comunica donándola incondicionalmente, es decir, que ofrece continuamente por amor algo de su propio ser: la Paternidad. Así, toda verdadera paternidad humana hunde sus raíces en la infinita paternidad Divina.

Por eso, cuando escuché ese “te quiero papá”, en honor a la verdad, y aunque por venir de mi hijo el corazón se revele regalándose a sí mismo emociones gratas, no me queda otra opción que dar gracias a Dios por el regalo maravilloso de la paternidad, medio que comunica la vida, y constituye también un instrumento estupendo de mejora personal para los padres ... en ese andar extraordinario de la vida ordinaria en familia. ¡Felíz día papás!

miércoles 17 de junio de 2009

Matrimonio Civil y Matrimonio Religioso

César Chinguel Arrese

Manuel, amigo de la infancia, me vio desde la acera de enfrente y sin tomar en cuenta el denso tráfico, cruzó la acera corriendo y, ante mi sorpresa, nos confundimos en un fraternal abrazo. Es que no veía a Manuel desde aquellos lejanos tiempos en que pasábamos las horas jugando sin la más mínima preocupación. Recuerdo que no sabíamos de necesidades económicas, que las había desde luego, ni de obligaciones más allá de los deberes escolares que tratábamos de culminar antes de las seis de la tarde para poder salir a jugar al parque. ¡Bueno! qué ha sido de tu vida, me dijo con aire de navegante que llega al puerto cargado de grandes aventuras. La verdad me sentí algo intimidado por ese hombre con pinta de aventurero y que dejé de ver aún niño cuando decidí irme de mi ciudad natal para estudiar fuera.

Bueno, le dije tímidamente tomando sus propias palabras y fingiendo una voz igualmente fuerte… yo me casé y cuento en la actualidad con cinco hijos…; casi sin tomar atención a lo dicho siguió comentando: Yo me casé una vez por lo religioso y dos por lo civil, aunque ahora disfruto de la vida sólo y sin compromisos, ya sabes, ¡más vale solo que mal acompañado! Al oír esto me vino a la mente, como un destello incontenible, mis conversaciones con Pedro. Él es un intelectual de las ligas mayores, cuya trayectoria profesional que es sencillamente extraordinaria, como todo lo ordinario que se hace muy bien. Pedro tiene la generosidad de brindarme su valiosa amistad.

Pedro me decía: “…vivimos un fenómeno de desnaturalización del matrimonio en la cultura y en la praxis del mundo occidental, en cuyo punto de partida el origen, la estructura y los fines esenciales que permiten reconocer una unión entre el varón y la mujer como matrimonio se entienden fundamentados en la misma e inmutable naturaleza humana; mientras que el punto de llegada, en cambio, esos mismos elementos de la institución matrimonial son considerados una estructura legal producida por un modelo socio-económico e ideológico, dominante en un determinado momento histórico, para servicio y perpetuación de un muy concreto modelo de sociedad y de unos valores en sí mismos relativos y caducos”. En suma, me explicaba con paciencia, la cultura actual interpreta que el matrimonio ha dejado de ser una institución de derecho natural, para pasar a ser un producto ideológico-religioso, y por último, una mera institución legal vigente cuyo fundamento se limita al derecho positivo... ¡vamos, se cree que su fundamento es una simple ley! … aún me parece oírle con su inconfundible acento catalán. ¿Cómo puede ser esto?, le dije casi obligado a comentar algo sin entender la radicalidad de sus palabras… Es que la gente piensa que hay dos matrimonios, uno civil y otro religioso, ¡grave error!... ¡grave error!..., me dijo. ¡Obviamente es un error! Le dije sin comprender demasiado debido a mis abundantes limitaciones intelectuales.

Pedro con gran paciencia me explicó en sucesivas conversaciones, que aún continúan para bien mío, que el origen y el fin de la Estructura Esencial del Matrimonio hunden sus raíces en la naturaleza humana, en el derecho natural (iusnaturalista). No hay más que un único matrimonio que se genera a partir de la esencia de la dimensión sexuada de la naturaleza humana, que impulsada por la libertad personal permite a un varón y a una mujer entregarse total e incondicionalmente por amor, y al hacerlo la potencia contenida en la conyugalidad de ambos logra engendrar y traer a la existencia una novísima unidad, única e irrepetible, de esencia puramente natural, a la que llamamos matrimonio. El matrimonio manifiesta toda su bondad abriendo horizontes de comunicación conyugal tan extraordinarios, que encaminan a los propios cónyuges hacia el bien mutuo. No es por tanto el municipio, el párroco, u otro tercero que produce el matrimonio, solo el varón y la mujer impulsados por su amor y su libertad pueden hacerlo, y esto es extraordinariamente bueno por ser radicalmente natural. Hay que decir que en el caso de los católicos, ese matrimonio natural constituye, además, sacramento.

jueves 4 de junio de 2009

Aborto y Economía

Fuente: Population Research InstituteAutor: Steven W. Mosher

El aborto es un crimen incalificable, pero también es un desastre económico. El costo del aborto para la economía de los Estados Unidos se podría calcular en billones de dólares. Algunos analistas van más allá. Ellos dicen que el aborto nos está costando una recesión.
“Si aceptamos que sería simplista atribuir la crisis financiera actual a la tendencia de Estados Unidos de matar a los niños por nacer, es igualmente simplista fingir, como muchos lo hacen, que el aborto y la crisis económica no tienen ninguna correlación en absoluto.”
Howard, ha rastreado los efectos del aborto institucionalizado en la economía norteamericana desde 1995, y predijo el descenso en el que actualmente nos encontramos. “No importa como lo miren, el agresivo control poblacional tendrá un enorme costo en el crecimiento económico del futuro que no podrá recuperarse nunca. Efectivamente, es una pérdida que repercutirá a través de las futuras generaciones. Sin un nuevo y gran Baby Boom que dure otros 40 ó 50 años, aquel crecimiento se habrá perdido para siempre.”
“No tenemos una crisis de endeudamiento,” el continúa, “tenemos una crisis de muerte.”
De acuerdo a Howard, una proyección conservadora de la pérdida del Producto Bruto Interno a causa del aborto asciende al increíble monto de US$ 35 mil billones de dólares. Si Uds. toman en cuenta el número de bebés perdidos por los anticonceptivos abortivos como la píldora, IUDS y RU-486, el número se duplica. “Se puede calcular la población faltante tomando como base las tendencias de nacimientos anteriores,” dijo Howard en una entrevista con Population Research Institute, “y luego las modificaciones que sufrieron en un periodo de tiempo.” Howard basa sus cálculos en el aporte económico directo de los individuos a la economía.
Al hacer estas verificaciones estadísticas, la situación es exactamente la contraria a la supuesta “sobrepoblación”. En lugar de una “bomba poblacional,” Howard afirma categóricamente que estamos enfrentando una “bomba del aborto”. A diferencia de las predicciones falsas de Ehrilich, las advertencias de Howard se vienen cumpliendo en el presente. No estamos hablando aquí de un cronograma exactamente. Pero sus estimados son sorprendente acertados. Por ejemplo, pronosticó una probabilidad de 50% de un colapso económico dramático para el año 2000, una probabilidad de 80% para el 2010 y de 100% para el 2020. Para entonces, insistió que el colapso sería una certeza económica.
Mientras que estos plazos son algo inexactos como para ser considerados un pronóstico, lo cierto es que la escasez de nacimientos está empeorando nuestra actual recesión económica. A los varios factores que nos han empujado a la actual crisis económica, desde prácticas de intereses inescrupulosos para compradores de casas a la falta de una supervisión reguladora en Wall Street, debemos agregar el aborto.
Otra perspicacia interesante de Howard tiene que ver con las economías regionales de Estados Unidos. Durante la crisis económica de 1989-1994, encontró que la economía se recuperó más rápidamente en aquellos Estados con baja tasa de abortos. De hecho afirma que “los Estados con bajas tasas (de aborto) casi no sufrieron recesión alguna, mientras que aquellos con tasas elevadas, principalmente Estados demócratas, estuvieron en recesión cinco años más tarde.”
¿Cómo sugiere Howard reactivar la economía en el presente?
Concientizar a la gente de la importancia de los bebés, incluso a aquellos que defienden la vida. Howard dijo al PRI que muy a menudo, no se alcanza a ver “la complejidad de este asunto y cuán serio y fundamental es para nuestra sociedad.” Howard enfatiza el poder de las leyes y reglamentos a favor de la vida (menciona específicamente la enmienda Hyde). Más importante aún en su opinión es el tema de la educación. “Tenemos que educar al público,” dice. “El problema es que la mayoría de gente es totalmente ignorante acerca de lo que les está costando a ellos mismos y lo que cuesta al país en general.”Este punto está subrayado en su artículo. “Necesitamos restablecer el verdadero poder de la gente haciendo un gobierno más receptivo a las necesidades de los trabajadores y sus familias”, señala. “Necesitamos reconocer que las familias son el fundamento social y unidad económica de una sociedad por la simple, y más profunda, razón de que ellos son la fuente de toda oferta y demanda.”
Howard se lamenta de la hostilidad reinante entre los intelectuales demográficos que mantiene una situación donde “a cualquier defensor de la vida que ve la conexión entre el aborto y los males económicos del mundo lo hacen sentir como un zorrillo en una fiesta al aire libre”. Nosotros en Population Research Institute hemos observado este fenómeno en nuestro trabajo también. No importa cuantos hechos, estadísticas y números podamos reunir para sustentar nuestra causa, a la postre nuestros argumentos siempre serán desestimados a priori por los defensores del aborto a ultranza.
La conexión entre tasas de natalidad sólidas y el crecimiento económico ha sido permanentemente ignorada. Quizá ahora, con el colapso económico que nos rodea, estos argumentos puedan ser escuchados como se merecen.

lunes 18 de mayo de 2009

Sentir no es consentir

Genara Castillo Córdova

Como es sabido, por estos días ha saltado a los medios de comunicación el caso de un sacerdote que ha sido fotografiado con una chica de la que dice sentirse enamorado. Varias personas –especialmente jóvenes– me han preguntado una opinión sobre el asunto, y personalmente no la diera sino porque veo que así como ellos hay varias personas que están un poco confundidas y otras que –vamos a decirlo claramente– aprovechan para confundir más todavía.
Sin embargo, no vamos a tratar del “negocio” –bien lucrativo– del escándalo, ni de las campañas contra la Iglesia Católica, ni del sacramento del orden sacerdotal, ni sobre la necesaria formación y atención de los jóvenes sacerdotes, ni otras cosas más que serían pertinentes, pero que sería muy largo exponer. Sencillamente y para salir al paso de la confusión de las mentes jóvenes, he acudido a una frase o refrán que dice “sentir no es consentir”. Se trata de una adecuada educación de los sentimientos que también sería muy largo exponer, pero que en estas breves líneas trataremos de resumir en el sentido común, para recordar que siendo importantes los sentimientos, ellos no son los más importantes, no tienen la primacía, por lo que no pueden estar al mando ni llevar adelante nuestra vida.
Aunque los sentimientos humanos son muchos: decenas de decenas: simpatía, envidia, odio, temor, tristeza, aversión, deseo, desesperanza, compasión, amor, adoración, etc., podemos ver algunos casos, por ejemplo la aversión. Uno puede sentir aversión respecto de una persona por ejemplo porque ha hablado mal de nosotros, porque con sus acciones demuestra un empeño en hacernos daño, etc. Así, ante ella podemos “sentir” una especie de revulsivo interior, por esa falsedad, mezquindad o maldad de sus acciones.
Y tenemos dos opciones, una es dejarnos llevar de ese sentimiento. Pero también tenemos otra: esforzarnos en dominar ese sentimiento dándonos las razones adecuadas: por ejemplo: detén ahora este sentimiento porque si no se va a convertir en rencor y de ahí en uno peor que es el odio, etc. Acto seguido uno puede separar a la persona de sus acciones, tratando de comprenderla, con lo cual surgen los sentimientos contrarios: la compasión y la misericordia: qué pobre, la envidia le ha llevado a distorsionar la realidad y a obrar injustamente, etc.
Es decir, que lo más que podemos pensar es que ha perdido la objetividad, con lo cual le quitamos uno de los dos requisitos de la voluntariedad que es lo que nos llevaría a juzgar a esa persona como mala. Al contrario, decimos: ¡es que no se da cuenta! Y entonces, no consentiríamos en la aversión, el rencor o el odio; y en cambio seguiríamos nuestro camino con paz y tranquilamente. Es un ejemplo de cómo sentir no es consentir. Sentimos aversión, pero dominándole, acabamos sintiendo algo distinto.
Así pues, una cosa es sentir y otra distinta consentir: uno puede ver que aparece dentro de uno un sentimiento y puede consentirlo o no hacerlo de modo que en su lugar aparecen otros. De lo contrario, los sentimientos dominarían nuestra vida. Pasa lo mismo con cualquiera de los otros sentimientos. Así, por ejemplo, el deseo. Si las personas no contralaran sus deseos, si alguien pasara por la casa de otro y le gustara su televisor y dijera: como siento deseos de tenerlo y no puedo dominarme, entonces se lo quito, con eso se llegaría a implantar el caos en la sociedad: me gusta o deseo tu mujer, entonces me la quedo, etc.
Los sentimientos no pueden mandar. Los seres humanos tenemos que ejercer un control sobre ellos. ¿Cómo se controlan? Con la inteligencia y la voluntad. Por ejemplo, uno puede haberse comprometido a trabajar tales horas, y puede ser que en determinado momento uno “ya no sienta ganas” de hacerlo. Pero no por eso consiente y abandona el trabajo. Uno no se deja llevar de las ganas, porque de lo contrario, la gente se iría de su trabajo a la hora que quisiera o hiciera lo que sus ganas le pidieran. Sería un caos. Al revés, uno se siente desganado, reflexiona y se sacude ese sentimiento, aplicándose al trabajo.
Algo parecido sucede cuando alguna vez podemos descubrir un sentimiento amoroso sobre alguien, pero si uno tiene un compromiso previo con otra persona, entonces reflexiona y ve que aquel sentimiento no es conveniente, porque aparece delante aquel compromiso adquirido libremente y con ello un tema de justicia con otra u otras personas. Entonces se sacude ese sentimiento, una vez y las que hagan falta. De mandar los sentimientos se iría con aquella persona a la que inclinaran sus sentimientos, abandonaría a su mujer (o su marido), a sus hijos, y es probable que como siga dejándose llevar del sentimiento luego de una segunda persona se iría con una tercera y así.
Al contrario, si no se le hace caso al sentimiento, el sentido común se abre paso, porque prima la lealtad, con los deberes que derivados, y los derechos de la otra persona a quien se debe ya que esos compromisos uno los asumió libremente, nadie le obligó a hacerlo. Si no, si priman los sentimientos, los deseos, cada quien no sólo se iría con quien le provoque, sino que además cada vez sería temporal, hasta que no se pase por delante alguien que más astutamente se le “meta por los ojos”, que sea más aduladora que la anterior o que juegue un juego más certero y entonces le desate un torbellino mayor de sentimientos. Si esto se fuera generalizando, si todos los compromisos se pisotean, si los deberes se incumplen, etc.; la sociedad y la vida personal perderían, al contrario, en esas situaciones se reclama el sentido común y el control de los sentimientos, tanto para el auténtico bien de cada uno como para la paz de la vida social. El sentido común dice que sobre los sentimientos –aunque nos acompañen mientras vivamos– no se asienta una vida, sino en nuestra capacidad racional que reflexiona y alcanza la verdad y en nuestra voluntad que busca el bien.

jueves 30 de abril de 2009

amor entre varón y mujer: Necesitamos de los fundamentos

amor entre varón y mujer: Necesitamos de los fundamentos

martes 2 de diciembre de 2008

Necesitamos de los fundamentos

Parece ocioso ocuparse de los pilares fundamentales que rigen y determinan la estabilidad y salud del tejido social en una época en la que se cree está todo resuelto. Formamos parte de una generación que ha conocido el cambio de siglo, el paso del mundo bipolar, al unipolar e ingresa desconcertado a una dinámica multipolar de grandes bloques económicos de alcance global por encima del dominio de las naciones singulares. La tecnología se pone al servicio de la salud y la apariencia corporal, ingresa a nuestros hogares y pone a nuestro alcance toda clase de artilugios tecnológicos como la televisión digital, Intenet, autos computarizados, o los SmartPhones que unen la potencialidad de las computadoras de mano a la conectividad del teléfono, al que se incorporan dispositivos Bluetooth con enlace a Internet inalámbrica vía Wi-Fi, posicionamiento global GPS, mapas en una pantalla táctil, y todo ello en un pequeño aparato con ergonomía portátil diseñada para que quepa en una sola mano con asombrosa comodidad; la oficina portátil del futuro ya es una realidad. Todo este cúmulo de posibilidades tecnológicas embriaga en cierto modo al hombre y le hace creer que todo lo puede, que puede superar a su propia naturaleza imponiéndose a sus leyes y marcando un nuevo orden al margen de la ley natural, pero se equivoca.
Olvidándose de su innegable contingencia y sus evidentes limitaciones de espacio y tiempo, fragmenta su propia unidad sustancial conformada por su realidad biosomática, afectiva psicosomática, y su inteligencia y voluntad personal, reduciéndo esta unidad a un simple modelo psicosocial. Como todo reduccionismo, este modelo contiene sólo una parte de la verdad del hombre, un aspecto cierto de la realidad, aunque se propone engañoso como la verdad absoluta, muchos académicos pretenden desde ese enfoque parcial explicar la totalidad del hombre, su comportamiento y fines. Se construye así un castillo de naipes cuyos pilares son la relación democracia-verdad, el modelo psicológico-social, y el positivismo absoluto.
Así, se llega a afirmar que lo que se decide por vía democrática supera las verdades naturales del hombre, algo así como que usted y yo inicemos una campaña y decidamos por mayoría democrática que ya no hay dos sexos naturales, a saber varón y mujer, sino que ahora hay tres, o cuatro, o el número que cada grupo social proponga considerando solamante su mundo afectivo-sensible, su aspecto psicológico y rompiendo con el resto de su verdad biosomática y personal. Sobre ese sucedáneo de verdad, se edifica un derecho positivo que ordena, o mejor dicho desordena, las normas que protegen la institucionalidad del matrimonio natural, aquel que se deriva de la unidad que engendra la entrega libre e incondicional que efectúan un varón y una mujer de su conyugalidad viviendo una extraordinaria cobiagrafía, creando así una unidad tan antigua como el hombre mismo, unidad que denominamos matrimonio, que fundamenta y da inicio a otra institución natural fundamental, que es la familia matrimonial.
Volviendo a las consecuencias que produce la aucencia de verdad, veremos que en aquel castillo de naipes, se crean contratos entre personas del mismo sexo a los que se denomina erroneamente matrimonio, y se les da incluso facultades formación de niños indefensos al otorgarles, por vía de este derecho positivo, la adopción. No se trata de ser o no homofóbicos, se trata de ser amantes de la verdad; los homosexuales, y demás variantes disfuncionales, por su dignidad natural valen lo mismo que todo ser humano y merecen todo el respeto en cuanto personas humanas, y por ello, tienen derecho a buscar su felicidad, su finalidad. A lo que no tienen derecho es a presentar como verdad lo que es una disfunción en la formación de su identidad sexual, a saber, una ruptura entre verdad biológica, su afectividad, y su personalidad.
Como todo aquello que se edifica sobre el error, sobre un terreno ausente de verdad, tarde o temprano, más temprano que tarde, empieza por trastocar los fundamentos mismos de la sociedad. Sobran ejemplos de los aciertos y desaciertos de los países que llamamos modernos, sobre el maltrato que efectúan a las dos instituciones naturales de ámbito social más fundamentales del hombre, el matrimonio y la familia. Ojalá nosotros sepamos cuidarlas y protegerlas, sin seguir tan irracional moda, rompiendo aquel dicho castellano que reza, "a donde va Vicente, pues donde va la gente".

jueves 3 de julio de 2008

Ser padres

Por: Dr. César Chinguel Arrese

El amor a un hijo, como la ternura y entrega de una madre, son conceptos fáciles de entender para un corazón sencillo y humilde, pero muy difíciles de abordar cuando se intentan comprender con complejas argumentaciones psicológicas. Por eso se afirma que la ciencia no necesariamente conduce a la sabiduría, y la sabiduría no exige como condición imprescindible alta ciencia. En este marco es que me gustaría tocar el tema de la paternidad.
Para un varón, el sentido de paternidad es tan profundo, como radical. A diferencia de la mujer, el varón no tiene la experiencia sensible de la gestación del hijo, simplemente lo “ve crecer”, lo observa, y va asimilando esa nueva experiencia poco a poco. Esta falta de experiencia sensible no disminuye su sentido de paternidad, por el contrario, le induce a interiorizar el don de la paternidad.
Nadie como el padre para comprender que su paternidad y aquello que la grandeza de la sexualidad humana ha generado por el amor a una mujer, por sí misma, no alcanza para crear una nueva vida. El padre sabe que su paternidad no es más que una co-participación de algo que lo supera, algo que va más allá de lo puramente humano, algo divino. Esta experiencia paterna se hace más evidente cuando, con el paso de los años va comprobando cómo sus hijos se van convirtiendo en hombres y mujeres de bien.
Juan Pablo II nos recordaba en su “Carta a las Familias” que la paternidad es un don, una gracia y un verdadero misterio, una riqueza “sublime”, a la que los padres deben acercarse de “rodillas”. Ningún hijo ha sido engendrado como fruto del azar o de la casualidad. En el origen de toda persona está presente la voluntad del Creador que regala a los padres una nueva vida para cuidar y amar.
Por eso, el mayor “negocio” humano es tener un hijo. El hijo desde que nace entrega mucho más a sus padres de lo que recibe de ellos. Desde su gestación, enseña a sus padres: al requerirles la generosidad de su entrega, el olvido de sí a favor de otro, el postergar anhelos por amor a los demás, la formación del carácter, el orden, el trabajo, y tantas virtudes más. Y contrariamente a lo que se cree, esa entrega generosa a los hijos une más a los esposos y los hace encontrar nuevos e insospechados horizontes de unión íntima que proporciona esa alegría luminosa tan características de los que se aman de verdad.
Cuando hay amor en la familia, el dolor y las dificultades se vuelven pequeñas, y los hijos encuentran en la firmeza, empuje y audacia del padre, y la delicadeza, comprensión y ternura de la madre - junto a la incondicional entrega de ambos - ese gancho que los impulsa a crecer y superar las naturales dificultades de la vida diaria. Papá es más que una palabra, es un concepto que nos hace mirar, aún sin darnos cuenta, hacia nuestro origen, hacia el origen de nosotros mismos.
No estaríamos aquí y ahora, si no hubiéramos recibido el don de la vida de nuestros padres, y tantas cosas más a través de ellos. Lo que somos, e incluso mucho de lo que seremos en la vida, decisiones importantes, nuestro modo de ser y de ver el mundo, se lo debemos a esa fuente de vida que nos permitió, sin mérito nuestro, venir a este mundo tan bello, apasionante, y también contradictorio.

viernes 21 de diciembre de 2007

Navidad

Ha llegado el momento de parar el trajín diario y dejar de lado las urgencias para mirar, aunque sea por poco tiempo, lo verdaderamente importante. El nacimiento del hijo de Dios es uno de esos momentos importantes de la historia. No podemos imaginar lo que sería el mundo si Dios, todo Amor y Perfección, no se hubiera humillado a la condición humana para restaurar nuestra naturaleza caída. Sin duda es un acto de amor, y es precisamente el amor el eje de estas fechas entrañables.
Me gustaría céntrame brevemente en la Cátedra de Belén. Mirando a José trabajando oculto por amor; a María amando el más grande Misterio; y la fragilidad del Dios hecho Niño. Nos estremecemos de ternura, y nuestras entrañas se conmueven ante la pureza del amor humano y divino.
Qué cariño, desprendimiento, humildad, alegría, cansancio, trabajo, limpieza, pobreza, y sobretodo Amor, debe haber invadido a la Sagrada Familia. Qué simples y grandes deben haber sido sus reflexiones, al ver que los hombres, llenos de complejos y complicaciones, no los recibían. Y con qué cuidados deben haber recibido al Niño Dios. En verdad que si las familias de todas las épocas no miramos con atención esa cátedra estupenda de amor humano y divino, no encontramos sentido a la grandeza del matrimonio y la familia.
Imagino a José, en oración agradeciendo la confianza de Dios y meditando sobre la mejor manera de cuidar al mismísimo Dios ¿Es que cabe mayor responsabilidad y honor?, luego, atesorará los bienes materiales ofrendados por los reyes magos para costear, en parte, el penoso viaje a Egipto para mantener a salvo a su hijo. Con cuanto cuidado irán gastando lo poco que tienen, y con qué cariño irá José consultando a María cada decisión…con cuánto amor le responderá María. Ellos, tienen los pies bien puestos en la Tierra, pero la cabeza siempre firme en el Cielo.
Que la alegría de esta Santa Navidad no nos aparte del camino, y que sepamos, como la Sagrada Familia, encontrar a Dios en las pequeñas dificultades de la vida de familia, si no lo encontramos ahí, no lo encontraremos nunca.

¡Feliz Navidad!

martes 4 de diciembre de 2007

¿QUÉ ES LA FAMILIA?

En los tiempos que corren se pone en tela de juicio cuestiones que hasta hace poco tiempo eran evidentes. Se pone en tela de juicio lo que es un varón, una mujer, un matrimonio, una familia natural, la homosexualidad, la ley natural, etc.

La ley natural establece los límites a todo ser vivo, y entre ellos, al hombre. Realidades radicales para la persona como el inicio de la vida, la muerte, la necesidad de alimentarse, de relacionarse con otros, etc., son parte de esta ley natural que rige la vida del hombre. A nadie se le ocurriría decir que su vida no ha tenido un inicio, y que está libre de la muerte; tampoco que a partir de ahora nos se alimentará, etc. La ley natural existe e ignorarla es un absurdo, es inhumano. La ley natural supera al hombre, pues existe antes que él, y de hecho toda la historia de la ciencia no es más que una serie de sucesos que nos cuentan de cómo la humanidad va develando este orden maravilloso, y al hacerlo, va encontrando que es insondable. La ley natural rige la biología humana, su afectividad y funcionalidad biosomática y psicosomática, y está presente en sus facultades superiores: su inteligencia y voluntad. La persona tiene una inteligencia superior a la del mono, pero inferior a la del ser que le mantiene en la existencia; tiene simplemente la inteligencia que la ley natural establece para una persona humana, ni más ni menos.

Todos los hombres tenemos algo en común, algo que compartimos por el solo hecho de ser personas humanas; y en eso somos todos iguales. A partir de esta igualdad fundamental, empiezan una serie de diferencias que nos van configurando a cada uno como el ser que somos, y no otro. Nadie es igual a otro, es simplemente distinto a los demás, pero mantiene esa “raíz humana” común que le da su condición de persona con dignidad humana.

Esa misma ley natural muestra externamente dos modos básicos de ser persona humana: biológicamente varón y biológicamente mujer, vemos nacer varones y mujeres. Pero todos sabemos que no somos sólo biología, usted y yo no somos solo cuerpo, somos mucho más. Somos una afectividad, somos personas que actuamos decidiendo, somos una serie de relaciones con otras personas; algunas de estas relaciones son tan íntimas que nos hacen considerar a otros como los nuestros: mi mujer, mi marido, mi hijo, mi hermano, mi hermana, mi amigo, etc. Otras relaciones no son tan íntimas, como mi colega, mi conciudadano, mi paisano, etc. Las relaciones más íntimas, más intensas, y más reales, son aquellas que nos comprometen, llegando incluso a impulsarnos a la entrega interpersonal e incondicional de nosotros mismos, y a eso llamamos amor.

Pues bien, la ley natural establece una relación natural única y radicalmente humana entre un varón y una mujer: el amor conyugal. Esta relación, además de ser un misterio único y maravilloso, es la donación de sí mismos que hacen un varón y a una mujer, en razón de la bondad intrínseca que tiene la sexualidad humana. Cuando alcanza su plenitud, afecta el ser mismo de los cónyuges – varón y mujer - y genera en ellos un nuevo modo de ser en la unión, una comunión de personas que, sin destruirlas, las perfecciona haciéndolas más humanas a lo largo del tiempo, dejando de ser un varón y una mujer, para ser más, para ser un esposo y una esposa. Y a esto llamamos matrimonio natural.

La palabra "matrimonio" viene del latín “matri” “munus” que significa literalmente el "oficio de la madre". Este oficio, el de la madre, consiste en engendrar en su seno, dar a luz y criar a los nuevos ciudadanos con la cooperación irremplazable de quien está unido a su ser: su marido. Esta es la clave del derecho matrimonial, me refiero al derecho positivo bien encaminado. Quien crea que el matrimonio sólo consiste en un pacto privado para convivir e intercambiar favores sexuales, está errado y a merced de las ideologías de moda. El derecho natural, que rige el verdadero matrimonio, es la referencia más sólida que tenemos, y por lo tanto nada más lejano a una moda pasajera.

El matrimonio justifica antropológicamente nuestra modalidad sexual de varones y mujeres. Pero además, posibilita el nacimiento de los hijos, tal y como está previsto por el derecho natural; a los hijos les asiste el derecho natural de nacer y crecer en un matrimonio naturalmente bien constituido. Es una grave falta a sus derechos, los del niño, no poner los medios para favorecer este entorno naturalmente necesario, dicho en palabras, es el medio ambiente mínimo que todo ser humano necesita y merece en justicia por el sólo hecho de ser persona. Es una exigencia de su dignidad humana.

En el matrimonio los hijos son aceptados incondicionalmente por el simple hecho de serlo, y al nacer establecen con sus padre relaciones de amor que conforman una familia matrimonial. Como la sociedad no es otra cosa que la suma de sus familias, una familia bien conformada es de beneficio para la sociedad entera. O dicho de otro modo, una sociedad con familias mal constituidas o con un grado alto de disfuncionalidad, será una sociedad enferma y desorientada. Esto no quiere decir, en modo alguno, que las familias bien constituidas sean perfectas, como no son perfectos el esposo, la esposa, y los hijos que la conforman, pero al tener como eje de común unión al amor humano verdadero, logran superar extraordinariamente bien sus imperfecciones particulares para constituirse en la familia que necesitan los hijos y los esposos para crecer humanamente bien. Es evidente que a partir de una familia matrimonial, puede que por muerte del padre, la madre, o ambos, quede establecido un núcleo de amor en los hijos, que es también una familia como extensión de un origen matrimonial.

Una familia así constituida es el verdadero eje de toda sociedad. En este mundo maravilloso en el que nos ha tocado vivir, lleno de tecnología y capacidad mediática, conviene no perder de vista el derecho natural que nos muestra nuestra raíz más verdadera: la dignidad de personas humanas destinadas a ser felices en el amor, siendo el matrimonio y la familia es un camino extraordinario para lograrlo.

sábado 10 de noviembre de 2007

Retos de la familia actual

1. El futuro de la humanidad se construye en la familia
“¡El futuro de la humanidad se construye en la familia! Por consiguiente es indispensable y urgente que todo hombre de buena voluntad se esfuerce por salvar y promover los valores y exigencias de la familia”.

Estas palabras de Juan Pablo II nos plantean una cuestión fundamental de la que nadie está exento. Es admirable cómo Juan Pablo II acierta rápidamente al mencionar la promoción de los Valores y las Exigencias en la familia. Todo lo que vale en la vida plantea una exigencia, un esfuerzo por conseguirlo, y lo que no vale se consigue con suma facilidad.
2. Sabemos de modo natural cómo vivir el matrimonio y la familia
Soy consciente que no vengo a plantearles nada nuevo. Todos los que nos hemos reunido esta tarde conocemos muy bien por experiencia propia lo que significa constituir un matrimonio y una familia. La sensación que tengo es la de querer enseñarle a hacer pan a un buen panadero. Sin embargo, soy consciente que no nos viene nada mal que dediquemos unos minutos a reflexionar sobre esas dos realidades tan importantes para nuestra vida.
Hoy en día se habla mucho de la familia. Instituciones supranacionales publican declaraciones a favor de la familia, curiosamente términos como familia, matrimonio, varón, mujer, sexualidad, género, ven cómo su significado se va vaciando de contenido, generando confusión en la sociedad. Por eso, es bueno que, aunque tengamos claros los conceptos, conversemos de estos temas para poder orientar del mejor modo a nuestros hijos y alumnos.
Quiero proponerles conversar en primer lugar del matrimonio y de la familia, para luego abordar algunos les retos que plantea la época actual.
3. La intimidad y Familia
La familia es la realidad social más íntima que tiene la persona humana; en ella, el hombre nace, crece, se forma, pero fundamentalmente, sale de sí mismo y aprende a amar.
Todos nos conocemos y nos reconocemos en ese interior nuestro, en ese ámbito privado a donde nadie puede ingresar sin nuestro permiso. Ese ámbito al que solamente ingresan las personas queridas, las persona amadas. La intimidad somos nosotros mismos, es nuestro ámbito privado que tiene niveles más externos, incluso visibles como el cuerpo, y llega a profundidades que solamente nosotros conocemos, en donde estamos solos ante nosotros mismos.
La intimidad se puede compartir, por ejemplo con nuestros conocidos, con nuestros amigos, nuestra familia, etc. En la familia, el nivel de apertura de la intimidad de sus miembros es tal que permite un ambiente propicio para el amor, es como un campo muy fértil para amar.
Cuando nacen los hijos se unen y comparten, a su modo, a la intimidad amorosa de sus padres. Son acogidos y aceptados como parte de esa intimidad, con un alto grado de pertenencia; por eso decimos “mi hijo”, “mi padre”, “mi mujer”, “mi marido”, porque de verdad los sentimos en nuestro interior, porque parte de ellos está en nosotros.
Está comprobado que psicológicamente el recién nacido se siente parte de un todo con sus padres y continúa así hasta la progresiva afirmación de su yo.
Solamente la familia permite la aceptación de todos sus miembros por el simple hecho de ser miembros de ella. Es el ámbito propio donde se puede confiar en los demás. Fuera de la familia, somos consideramos por cómo somos, en cambio en la familia no importa si el hijo es alto o bajo, más o menos inteligente, en la familia el hijo es recibido y amado simplemente por ser hijo y parte de esa familia. Este ambiente es único y propicio para aprender a amar. Por eso decimos que la familia es la realidad social más íntima que tiene la persona humana
4. Hedonismo y Familia
Una de las cuestiones que ponen en riesgo la estabilidad de la familia es el hedonismo. La traducción que muestra la Real Academia de la Lengua para este término es: “Doctrina que proclama el placer como fin supremo de la vida”. En pocas palabras, “lo que importa es sentirse bien”, por encima de otros valores humanos.
Hace unas pocas semanas me fue a buscar una buena amiga, a la que conocía por la felicidad que mostraba su joven matrimonio. Ambos profesionales de clase media con un hijo envidiable. Cuando me buscó me sorprendió al comentarme que su esposo le había dicho que “sentía que su matrimonio ya no funcionaba”
Claro, ese “ya no funciona” significa en buen castellano, ya no siento lo que sentía antes. En realidad, cada día que pasa vamos cambiando y cada día que pasa somos, sentimos, y amamos de diferente modo. El amor en el matrimonio es extraordinario si se va viviendo cada día de acuerdo a la edad de los cónyuges.
No se puede ni se debe apoyar la estabilidad de un matrimonio y la familia en el sentir, en el sentimiento, solamente en lo emocional. El matrimonio se asienta fundamentalmente en la razón. Por eso se dice que: “uno no se casa por amor, uno se casa para amar”. El matrimonio no se mantiene unido porque se quieren los esposos, se mantiene unido porque los esposos “quieren quererse” porque se saben que se pertenecen el uno al otro. El quererse en el matrimonio pasa a ser una consecuencia de saber vivirlo naturalmente bien.
5. Naturalidad del Matrimonio y la Familia
El matrimonio y la familia son dos instituciones naturales, es decir, existen desde que existe el varón y la mujer. No fueron creados por ninguna cultura, y por lo tanto, la propia naturaleza marca sabiamente un modo natural de vivir tanto el matrimonio como la familia.
En la creación existe una sabiduría y un orden para poner todo lo creado al servicio del hombre, si el hombre no lo respeta con sus actos, se deshumaniza y en extremo puede llegar a destruirse a si mismo.
¿Pero cuál es este orden? La familia se inicia con el matrimonio, y éste es la unión de un varón y una mujer por amor. Esta unión es de naturaleza sexual, en el más amplio significado de la palabra. Por lo tanto la grandeza de la sexualidad humana se expresa de modo pleno en el matrimonio y en la familia. El mejor ámbito para vivir la sexualidad es en el matrimonio, y sus efectos se trasladan de modo natural e inmediato a la familia.
La mayor parte de lo que vemos de bueno o malo en la familia se desprende del modo como vivimos nuestro matrimonio. Un hogar en el que las relaciones entre papá y mamá marchen satisfactoriamente, promoverá relaciones de cariño y amor entre los hijos que también serán satisfactorias, generando un ambiente propio para el crecimiento de virtudes humanas.
Por ello es fundamental alentar una buena relación entre los padres, no sólo porque es bueno por el amor que se profesan, sino porque de ello depende la salud espiritual y emocional de los hijos.
En el matrimonio se vive el instinto natural para la perpetuación de la especie humana, que pone en los esposos el deseo del uno por el otro, proporcionando el placer por dar cumplimiento a la pro-creación de la vida humana, tanto a nivel biológico como espiritual. Instinto, deseo y placer son muy buenos en la medida que se orienten a cumplir la finalidad que la propia naturaleza humana exige.

6. Amor y matrimonio, ¿Qué papel juega el amor?
El amor es una realidad tan cercana a nosotros mismos que es difícil definirlo. Es como cuando vemos una pintura muy bella a tan corta distancia que no podemos apreciarla ni describirla. En la medida que nos alejamos de ella, la veremos mejor.
El amor somos nosotros mismos en movimiento de entrega mutua entre personas. A lo largo de la historia el hombre va dejando manifestaciones más o menos perfectas, o incluso imperfectas, de esta fuerza inexplicable que lo arrastra a buscar el bien de otra persona, incluso con actos heroicos.
Esta gran “fuerza” es el amor humano. La finalidad de toda persona es el Amor. Tenemos como origen el Amor, estamos hechos para vivir amando y nuestro destino último es el Amor.
El amor en el matrimonio eleva al instinto sexual a la categoría humana; eleva al instinto, el deseo y el placer a una experiencia radicalmente humana. El amor nos hace humanos; es decir, seres capaces de amar, eso es lo que nos da la categoría de personas, categoría que se eleva en la medida en que se incremente la calidad de nuestros amores: “Una persona vale lo que valen sus amores”.
En el matrimonio, los amantes se pertenecen mutua y realmente. En la medida que la inteligencia hace más suyo este sentido de pertenencia, el amor se hace más fuerte y puro.
7. ¿El amor en el matrimonio es siempre igual?
El amor es siempre el mismo, pero va cambiando en la medida del tiempo y de su maduración.
Si el amor somos nosotros mismos, que abriendo nuestra intimidad, nos unimos a otros dándonos mutuamente, entonces el amor cambiará en la medida que el tiempo vaya marcando cambios en nosotros.
El amor tiene edades que, como todo lo humano, van dando progresivamente sentido a la vida del hombre. No aparece maduro repentinamente sino que nace incipiente y lleno de potencia humana; va creciendo y pasando por etapas o edades que lo van haciendo madurar. Por ello, hay que cuidarlo y conservarlo, pues es nuestro más preciado valor.
8. ¿Y cómo podemos aprender a amar?
Sólo se aprende a amar amando. El amor es una experiencia tan íntima de la persona que no es posible conocerlo sin vivirlo, es decir, amando.
Por ejemplo, nadie puede explicar a una mujer soltera en qué consiste el amor maternal, si ésta nunca lo ha vivido, si nunca lo ha experimentado. Una cosa es “desear” ser madre obedeciendo la llamada del “instinto” maternal, y otra muy distinta es vivir la “experiencia personal” de ser madre “amando” a “un hijo en concreto”, es decir: a su hijo, uno con nombre propio, único e irrepetible.
Pero este tipo de amor no es el único. Otro tipo es el amor entre hermanos, el amor a los abuelos y tíos, etc. El amor entre una madre y un hijo es un “tipo específico” de amor humano.
De todos los tipos de amor que se dan en la familia hay uno que sobresale por su importancia: el amor entre los esposos que es la materia de comunión entre los casados y fundamento de toda familia. El amor conyugal funda nuevas familias. De su calidad depende la buena formación de los hijos.
Si la relación amorosa entre los esposos es saludable, el resto de los amores en la familia suelen darse también de modo saludable, si el amor entre los esposos presenta dificultades serias, los demás amores familiares suelen reflejar estos problemas.
Toda familia se inicia con un hecho que es tan antiguo como el hombre mismo. No importa la cultura, el tiempo, el lugar, allí donde se encuentran un varón y una mujer, que experimentan estremecidos una atracción y una fuerza que no comprenden, y donde existe la decisión mutua de compartir juntos la vida, este hecho maravilloso se repite.
De este modo, la familia matrimonial empieza con el encuentro inusitado entre dos personas, un varón y una mujer, que tras conocerse, van madurando mutuamente su relación amorosa hasta que deciden entregarse en donación mutua para toda la vida: el matrimonio.
9. ¿Qué es exactamente la familia?
“La familia es, sobre todo, una comunidad de amor formada por personas que comparten lazos de sangre, que empieza con el matrimonio de un varón y una mujer y crece por su amor generoso abierto a la vida”.
Pensemos por un momento en una familia sencilla, en la que el padre trabaja con esfuerzo para sacar adelante a sus hijos con gran dignidad. Una familia en la que los esposos se quieren bien y se entregan sin reservas el uno al otro, que muestran con el ejemplo el modo de vivir con alegría las lógicas dificultades que toda familia debe enfrentar, dificultades que al ser superadas les mejoran como personas.
En ese hogar, aunque falten los medios económicos o aunque los haya en abundancia, los hijos crecerán arropados por el amor de sus padres, en un ambiente de exigencia natural, donde todos, a su modo y de acuerdo a sus circunstancias, se preocupan por los demás.
No hay ni ha habido en la historia, un ámbito más apropiado para el crecimiento humano que su familia. La familia es el espacio donde la persona vuelve a reponer fuerzas, porque allí las encuentra. En la familia los hijos, aprenden a respetar, a discutir, a compartir, a socializar, a conocer, es decir, adquieren virtudes.
¿Hay algún padre que no quiera lo mejor para sus hijos? Los padres quieren lo mejor para sus hijos, y eso “mejor”, es que ellos mismos – los hijos – sean mejores personas.
Este estilo de relación al interior de la familia está al alcance de cualquier familia sin importar su nivel socioeconómico y su cultura porque depende del amor. Es frecuente ver familias con economías holgadas, pero con dificultades familiares muy serias, tanto, que son profundamente infelices. Y se puede encontrar familias sencillas profundamente felices por la calidad de amor que se profesan.

10. Familia y sociedad
Cuando los hijos crecen en hogares bien constituidos, la sociedad en su conjunto mejora, pues ésta – la sociedad - no es una idea abstracta, es una realidad muy concreta: la sociedad es lo que son sus familias.
Entre los abundantes medios que la tecnología nos ofrece actualmente, nuestra época se caracteriza por ser la era de la información. Los aciertos y los errores que ocurren en un lado del planeta nos llegan casi instantáneamente en cuestión de segundos. Esto hace que las culturas[1] se conozcan y se asimilen a velocidades antes desconocidas.
En todas las épocas la familia ha tenido dificultades, y no podemos ignorar las que enfrenta la familia en los tiempos que corren, pero tampoco podemos “llorar sobre la leche derramada”.
Existen dificultades reales, distintas a las que vivieron nuestros padre, y ciertamente, también diferentes a las que tendrán que vivir nuestros hijos y nietos. Pero el hombre tiene a su alcance el modo para resolver estos problemas en la medida en que sea fiel a sí mismo, a su propia naturaleza y, en definitiva, a su fin último.
En general, la sociedad no sabe cómo responder a situaciones que le son nuevas, ante los cambios la sociedad vive un proceso de asimilación. Mientras dura este proceso, hay aciertos, desaciertos.
Pongamos un ejemplo de desacierto: Ante una mal entendida libertad de expresión se permite la venta de agresivas publicaciones que lesionan la moral pública y privada. Basta con darse una vuelta por la ciudad y detenerse en un puesto de venta de diarios para comprobar que la pornografía se vende con suma “normalidad”. Ante la duda sobre la valoración moral de este hecho concreto podemos preguntar a quienes lucran en esa cadena de negocio (desde quienes trabajan en las imprentas, pasando por quienes transportan, hasta el que vende, sin dejar de mencionar a la Municipalidad que cobra una cantidad diaria al ambulante) si dejarían esas publicaciones en la sala de su casa para que todos sus hijos las vieran. La respuesta obvia sería: NO. Entonces, ¿por qué la sociedad no puede actuar?
Sin darnos cuenta, va surgiendo una falta de sensibilidad para varias cuestiones que afectan a niños y adultos en el seno familiar, porque como bien se sabe, lo que afecta a un niño, afecta igual o peor a un adulto.
Lo mismo podríamos decir de otras cuestiones que afectan a la familia, como son: el divorcio, el aborto y la eutanasia etc. Todo suma en negativo a nuestras familias. Enarbolando banderas de falsa libertad, se vulnera el derecho a la vida tanto en su inicio –en la concepción - como en su etapa final.
Pero, todo lo anterior, con ser muy grave, no es lo más radical. Esos problemas y otros que no hemos mencionado son sólo los síntomas. Lo más importante es que esta falta de sensibilidad ha generando una “verdad relativa”, que no es otra cosa que una mentira sobre el hombre mismo y, por extensión, sobre su realidad social más íntima e inmediata: la familia.

11. Retos de la familia
A mediados de los años sesenta[2] surgió un conflicto generacional en el que los más jóvenes rechazaban el modo de vida urbano impuesto por la revolución industrial, haciendo del rechazo a toda norma y formalismo un nuevo modo de vida. Surge un “progresismo científico” que ebrio de conocimiento, se pone al servicio de industrias de anticonceptivos. Proliferan uniones libres, que no valoran el matrimonio, alterando la raíz misma de la sociedad. La sociedad de consumo domina e impone una moral “apetitiva” – hedonista - que favorece el consumo para obtener el placer separándolo de su finalidad. Aparece en los países industrializados una alarmante disminución de la tasa de la natalidad que genera el envejecimiento de la población, porque nacen menos hijos que los padres que los procrean. Así llegamos a nuestros días en donde conceptos como matrimonio y sexualidad se ponen en duda.
Pienso que hay tres ámbitos en los que debemos estar muy pendientes por su importancia, y por cómo podrían afectar a nuestras familias:
- Los esposos deben redescubrir la grandeza de su vocación al matrimonio.
- El segundo es redescubrir el valor de la entrega generosa a la vida en las relaciones conyugales y la alegría de entregarse a la formación de los hijos.
- El tercer desafío es volver a poner a la familia en el centro de la sociedad.
12. PRIMER RETO: los esposos deben redescubrir la grandeza de su vocación al matrimonio
Los casados debemos redescubrir la grandeza que conlleva la vocación al matrimonio. Que comprendan que se puede ser muy feliz viviéndola con grandes satisfacciones, no exentas de dificultades y dolor.
Es precisamente en este dolor donde está la clave del amor entre los esposos. Lo grande del matrimonio está, paradójicamente, en lo pequeño y ordinario del mismo.
Hay que redescubrir que la entrega por amor en la familia es la verdadera vocación para todos los casados; que es un verdadero camino de perfección para el hombre, y una vía espléndida y apasionante para cumplir la finalidad por la cuál existe.
Que es posible vivir la pureza del amor entre un hombre y una mujer. Y, para los católicos, que el matrimonio es camino predilecto de santidad, es decir, camino para alcanzar la felicidad eterna. Nada produce más satisfacción a los casados que vivirla, y yo diría, hasta disfrutarla, pues es un bien recibido en justicia. No es más hombre el que es infiel a su mujer, pues no ama bien a una mujer sino que la “cosifica”, y al hacerlo se cosifica a si mismo y se deshumaniza como hombre.
Aprender a vivir el perdón. Siempre es posible el perdón, porque en definitiva, y pase lo que pase, tanto el varón como la mujer que se casan, estarán realmente unidos en su ser mientras vivan.

13. SEGUNDO RETO: redescubrir el valor de la entrega generosa a la vida en las relaciones conyugales y la alegría de entregarse a la formación de los hijos
El segundo desafío es redescubrir el valor de la entrega generosa a la vida en las relaciones conyugales y la alegría de entregarse a la formación de los hijos.
La cuestión no es llenarse de hijos, pero tampoco es no tenerlos, la cuestión es que cada matrimonio tiene los medios para saber el número de hijos que generosamente pueda tener. La sabiduría está al alcance de cualquier matrimonio y, en el caso de los católicos, se cuenta con la gracia sacramental del matrimonio.
Quién tiene el deber y, sobre todo, el derecho de educar a los hijos es la familia, en concreto, los padres. Por ello, debemos tener el protagonismo en la educación de los hijos, más aún en temas fundamentales. La familia está por encima de la escuela.
14. TERCER RETO: volver a poner a la familia en el centro de la sociedad
No es que haya salido de la misma sino que está envuelta en una atmósfera de relativismo en la que todos dicen que la familia es muy importante, que es el núcleo y fundamento de la sociedad, que hay que legislar a favor de ella; sin embargo, son muy pocos los que en realidad trabajan a favor de la institución familiar.
La sociedad se debe a la naturaleza familiar y no al revés. En virtud de ello, la sociedad está obligada a proteger los fines del matrimonio y la familia: la procreación, la formación de los hijos y la ayuda mutua para crecer humanamente.
La sociedad debe velar y poner los medios para que la familia cumpla sus fines naturales. Esto se concreta en: trabajo para el padre y/o la madre, vivienda, acceso a la salud, recreación saludable para la familia, profesores bien formados, planes de estudio que respeten la dignidad humana, leyes que protejan el matrimonio, etc.
El eje de la sociedad es la familia, y el eje de la familia es la unión de los esposos. La clave en estos desafíos consiste, fundamentalmente, en darnos cuenta que varones y mujeres - distintos y complementarios - están llamados al amor porque han sido creados para la unión en comunión de vida.
Que es posible vivir plenamente la vida matrimonial y que es en lo cotidiano, en lo sencillo de las cosas pequeñas de cada día, en lo aparentemente intrascendente y hasta monótono, donde el amor nos espera para hacernos plenamente felices.
15. Final
Por último, las causas de los problemas no están fuera de la familia sino dentro. Las dificultades existen y son reales, pero lo importante, lo que realmente genera bondad, está al interior de la familia, en el amor entre sus miembros, y sobre todo, en el amor y fidelidad de los esposos.
No hay que olvidar que al final de nuestras vidas de lo único que nos pedirán cuentas es de cómo y cuanto hemos amados.
Muchas gracias por su atención.


[1] Entiéndase por cultura el modo que tiene un grupo humano de entender al hombre y al entorno inmediato con el que se relaciona.
[2] Tiempos de la “revolución contracultural”, que siguió a la “revolución industrial”

lunes 22 de octubre de 2007

Los padres y la sexualidad adolescente

Cuando los hijos llegan a la adolescencia y juventud, los padres que quieren lo mejor para ellos, ven cómo van estrenando libertades, y les sobrecoge la idea que puedan equivocarse en el uso de esta libertad. Pero para comprender mejor a la adolescencia hay que considerar que ésta no es más que una fase más de la vida, y que tiene un antes, un durante y un después. Recuerdo con gracia la respuesta que me dio mi suegra ante una pregunta que le lancé cuando nació mi primer hijo.
Le pregunté, mirando al recién nacido, ¿cuánto tiempo los padres teníamos que estar pendiente de los hijos?, y me dijo riéndose: “toda la vida, mientras más grandes son, mayores las preocupaciones”. Con el paso de los años comprendí cuánta razón tenía.

En las etapas precedentes a la adolescencia y juventud, los padres hemos influido decididamente en la formación de la personalidad de nuestros hijos. Durante ese tiempo, con detalles de su vida diaria, les podemos enseñar a ser fuertes, en el sentido de saberse controlar ante el deseo de algo que apetecen. Si es momento de comer caramelos, que tomen unos pocos, y aunque haya más caramelos, y aunque el niño los quiera, corresponde al padre ponerle límites, explicándole el por qué de esos límites. Quien dice caramelos, dice la televisión, el cine, las fiestas, etc. Esa formación requiere constancia, esfuerzo y amor por parte de los padres, especialmente porque la mejor manera de enseñarles es con el ejemplo.

Cuando llegan a la adolescencia es el momento de la compañía, de la disponibilidad, de la confianza, del inicio de la cosecha. Nada asegura que nuestros hijos no fracasarán en el campo de la sexualidad, pero podemos hacerlos fuertes para que cuando estén ante la tentación, que lo estarán, tengan virtudes adquiridas para hacer buen uso de su libertad.

Los límites se mantienen, pero han dado paso a espacios que permiten a los hijos aprender a ejercer su libertad de modo diferente. Los hijos deben informar donde están cuando salen de casa, deben hacer buen uso de la confianza que se deposita en ellos, y si no es así, tienen el derecho de recibir de sus padres el consejo que corresponda. Los padres no deben exponer innecesariamente a sus hijos en situaciones que no saben aún controlar, por ello velarán para que no se queden a solas en casa con un amigo o amiga, es bueno también que anden siempre cortos de dinero. Me sobran ejemplos de padres amigos que comprueban demasiado tarde que ponerles límites a sus hijos es bueno.
Establecer espacios. Tengo un amigo que ha llegado al siguiente acuerdo con sus hijos, de los cuales tres son adolescentes: “Pueden hacer sus planes el fin de semana para salir con sus amigos, dentro de los límites, pero el día domingo están todos en casa para hacer planes juntos”. No digo que todos los padres deban hacer esto, pero cada familia, que es única, puede encontrar esos espacios que el amor y el cariño ayuda a que todos se unan más y se sientan acompañados y queridos. Algunas de las preguntas que suelen hacerse los adolescentes son:

- ¿Por qué no probar teniendo vida sexual antes del matrimonio?

No es posible saber si se es compatible sexualmente haciendo uso de las relaciones prematrimoniales, porque esencialmente no se está casado, y esas relaciones sexuales no tienen el nivel de unidad sexual que promueve una relación sexual dentro del matrimonio. Se parece, pero hay una diferencia inmensa entre uno y otro acto, por lo tanto, no es posible probar lo que no es.

- Una pregunta sería: “ante un embarazo no deseado, ¿hay responsabilidad de los padres?

Por lo dicho hasta ahora, un cierto grado de responsabilidad si hay, pues no es lo mismo haber formado a un hijo con ideas claras que a un hijo sin ellas, y poco fuerte para enfrentar las tentaciones. Sin embargo, la responsabilidad mayor le corresponde a los hijos, pues por el mal uso de su libertad es que se encuentran en esa situación.

- ¿Qué deben hacer los padres?

Cuando hay un problema de este tipo, es lógico que los padres pasen un mal rato y un gran disgusto, pero si aman a sus hijos, se calmarán las aguas y el problema se verá con mayor objetividad. Esa objetividad lleva a que se separe a la persona de la acción. Una cosa es la acción desafortunada que llevó a esa situación y otra muy distinta las personas involucradas directamente, a saber: madre e hijo en su seno materno. Lo lógico es que pasado el primer momento, las personas unidas por el amor, encuentren soluciones para superar las dificultades.

- ¿Y si los padres no responden adecuadamente?

Los padres no son seres perfectos, y se pueden equivocar en este y en otros temas, aún queriendo mucho a sus hijos.
En este caso, son los hijos que deberán asumir el camino de la verdad, del bien hacer, de lo mejor para esas dos personas involucradas, especialmente de ese pequeño que aún no nace y que depende totalmente de la decisiones de su madre. Si los hijos toman el camino fácil, que significa el asesinato de un niño no nacido, entonces recibirán la factura de la naturaleza. La naturaleza no perdona, y sobrevendrán consecuencias, si no es a nivel físico, a nivel afectivo, y sobretodo en la conciencia de saberse asesino de su propio hijo.

- ¿Qué debo esperar de mis padres si ya estoy casado?

Si aún está en casa, se mantienen los límites que tendrán otras características, pero marcarán siempre el sentido de respeto a la familia con la que se vive. Por ejemplo, no se puede dejar plantada a la madre con la comida ante una invitación inesperada. Lo propio será llamarla y decirle que no se llegará a comer, evitando así preocupaciones innecesarias. Si el hijo ya se casó, sigue habiendo una disponibilidad para asistirlo en todo aquello que se deba asistir, pero dejando que el hijo se haga cargo de aquello que le corresponde como consecuencia del ejercicio de su libertad. El hijo nunca deberá ser privado del comentario amable de sus padres cuando están equivocados.

Para terminar diré que el Señor nos da grandes lecciones de amor, y como Él es nuestro padre, cuando no sepamos cómo tratar un tema con nuestros hijos, preguntémonos cómo nos trataría Él, que nos quiere con locura, en circunstancias parecidas.

jueves 5 de julio de 2007

Felicidad y amor


Conversaba con una buena amiga sobre el significado real de la felicidad. Discutíamos si es posible ser plenamente feliz en esta vida, y qué relación tiene esta felicidad con el amor humano.

Pienso que la finalidad de todo ser humano, aquello que justifica su existencia, aquello por lo que ha sido creado, es ser planamente feliz. Pero esa plenitud, ese estado de complacencia al considerar, desde lo más íntimo del yo personal que soy: "que lo tengo todo, y que no quiero más, que necesito que ese estado continúe por siempre, porque me llena completamente", no es posible alcanzarla en esta vida. Es por ello que la felicidad plena es un objetivo alcanzable, pero después de la muerte, única realidad que todos los humanos viviremos.

Mientras vivimos, podemos alcanzar algunos grados de felicidad en la medida que seamos fieles a nuestra propia naturaleza humana. Si lo hacemos, experimentamos ese estado de complacencia personal que se produce cuando todas nuestras potencias vitales se orientan a cumplir los fines por los que existen. Pero, ¿tenemos unos fines?, y si los tenemos, ¿Quién nos los ha asignado? Y ¿por qué?...Veámoslo con un ejemplo.

El fabricante de un auto proporciona un manual de uso en el que se explica con claridad diáfana cómo se debe manipular el artefacto... y funcionará correctamente en la medida se siga esas instrucciones... si no se las sigue, el auto funcionará; pero dará problemas. Queda al libre albedrío de quien conduce el auto seguir el manual, pero está advertido de las consecuencias. La armonía en la dinámica de ese artefacto se dará en la medida que se conduzca de acuerdo al manual de uso, lo cual no limita la libertad, mas bien la ordena para su mejor cumplimiento. La persona humana tiene un modo de vivir su vida, ejerciendo su libertad por medio de su inteligencia y su voluntad. Puede seguir su manual de uso - que lo da el creador del hombre, Dios-, o puede no hacerlo, depende de su libre albedrío. Será mejor persona en la medida que se oriente a cumplir sus fines, que son llegar a ver a Dios cara a Cara, y en la tierra, buscar siempre Su voluntad. Lo demás, es lo de menos.

No hay que confundir felicidad con ausencia del dolor. En la vida de la persona siempre existirá el dolor, el cansancio, las dificultades, sino, que alguien diga lo contrario. El dolor se hace presente en nuestra madre al nacer nosotros, sufrimos enfermedades en la vida, perdemos familiares y amigos, experimentamos disgustos, nos entristece dejar la casa de nuestros padres... y así, hasta el inevitable dolor de la muerte. Pero todos estos dolores, u otros, no son obstáculos para la felicidad, es más, si se viven con naturalidad humana, unidad de vida y recta intención, todos ellos contribuyen a hacernos mejores personas, más humanos, y por lo tanto más virtuosos para ser felices en esta vida. Basta con considerar el dolor que el parto produce en una mujer que espera ilusionada el nacimiento de su hijo. Este es un dolor que abre un horizonte de amor humano insondable entre esa madre y ese hijo.

Entre un varón y una mujer siempre existirán dificultades, dolor y días que aparecen cuesta arriba, pero si los cónyuges se han entregado mutua y totalmente, la sola compañía íntima los ayuda a superar sus dificultades, más aún, el dolor vivido por al amor de comunión engrandece y hace felices a los esposos. La persona humana ha sido creada para ser feliz amando, y el grado de felicidad estará en función de la calidad de sus amores.

viernes 1 de junio de 2007

Masculinidad y feminidad

Hoy conversaba con unos amigos sobre la influencia de los grupos feministas en nuestra cultura. Temas como la teoría de género se propagan como una onda generada por una piedra en un lago, y gente bien intencionada repite conclusiones apresuradas sobre el varón y la mujer, sin darse cuenta de los errores de fondo que contienen sus ideas. Esto no pasaría de una moda más, un tópico urbano, o un signo de nuestro tiempo, si no fuera porque la mencionada onda llega a niveles legislativos produciendo cambios en el derecho positivo de los países, y generando leyes que atentan contra la naturaleza de la persona humana, curiosamente contra aquello que, se supone, deben proteger. Así, somos testigos de cómo se vacían de contenido los conceptos más fundamentales de la sociedad: varón, mujer, matrimonio y familia. La lógica consecuencia de esto es que la sociedad misma en su conjunto se reciente, se enferma, y se deshumaniza.

La naturaleza humana tiene dos modos de ser igualmente dignos y complementarios. Esta complementariedad existe para preservar la especie, formar una familia donde se acojan a los nuevos seres humanos simplemente por el hecho de ser miembros de ella, y para la ayuda mutua tanto del varón como de la mujer que se unen por el amor.

La "persona humana masculina" es tal, por la "persona humana femenina"; y la "persona humana femenina" es tal, porque existe la persona humana masculina. La feminidad se debe a la masculinidad, y la masculinidad a la feminidad. Esto no es un simple juego de palabras, tiene un fundamento antropológico con consecuencias prácticas de orden fáctico: ni la dignidad del varón es mayor que la de la mujer, ni la de ella es mayor que la del varón, ambos son personas humanas de modalidad complementaria, igualmente dignas, que tienen una "inclinatio naturalis" a la unión.

El varón será mas humano en cuanto se acerque más a su verdad, a su ser varón. Y la mujer será más mujer, en cuanto se acerque más a la verdad de su ser mujer. Por ello, el verdadero feminismo, no es aquel que promueve una desfiguración de la mujer acercándola, incluso en apariencia, a la figura y modos de ser masculinos.

La sexualidad humana, que no se limita a la genitalidad, está radicada en el ser mismo de la persona y tiene como finalidad la unión de un varón y una mujer, e informa el ser de toda la persona. Entonces, la sexualidad no es la consecuencia de la cultura, no depende de si quiero ser varón o mujer. Depende fundamentalmente, del ser varón o ser mujer del quien que soy. Por ello, la sexualidad humana no puede ser “una opción” personal dependiente de la inteligencia y la voluntad, como no lo es el que yo quiera volar como las aves, o nadar como los peces. En todo caso, como sucede con otras dimensiones de la persona, podrían presentarse disfunciones o enfermedades que afecten a la sexualidad, pero serían sólo eso, enfermedades que requieren una respuesta terapéutica y científica.

Termino diciendo que la sexualidad humana es natural, digna y buena, y que corresponde a la sociedad, madura y culta, devolverle su real significado para rectificar tantos desaciertos legales que presenciamos, incluso y sobretodo, en países que se dicen desarrollados.

lunes 14 de mayo de 2007

¡Ya no siento lo mismo que cuándo me casé!

Una de las cuestiones que se suelen plantear los esposos se expresa con la consabida frase: “Ya no siento lo mismo que antes”. Y es verdad, pues después de veinte años de casados ya no se siente lo mismo que antes… se vive con mayor sosiego y paz, y la felicidad que se vive en el matrimonio es más profunda porque abarca la totalidad de la persona amada. Pero, esto de ya no sentir lo mismo ¿es bueno o es malo? La respuesta a la cuestión, la “quaestio disputata”, es que es muy bueno, es, por decirlo menos, extraordinariamente bueno. Pero, ¿cómo se explica esto? … veamos.

En primer lugar ya no sentimos los mismo porque, aunque seguimos siendo el mismo, el mismo ser personal, hemos cambiado en el tiempo. Lo que sentíamos hace veinte años difiere de lo que ahora sentimos, esencialmente, porque la vida es cambio, y nosotros cambiamos en el tiempo. No somos el adolescente, ni el joven de veinte años, ahora tenemos más edad, una profesión, una situación social, etc. Lo que sentimos ahora difiere de lo que sentíamos entonces. Pero esta razón, con ser cierta, no alcanza a fundamentar suficientemente bien lo que queremos responder.

Lo esencial es que el amor entre un varón y una mujer tiene tres grandes estancias que configuran distintos grados de unión a largo de toda la existencia de los esposos. Cada una de estas estancias son, por ser naturales, muy buenas, y cada una de ellas aportan un bien específico – algo bueno - a la unión matrimonial, un bien que las otras estancias no pueden aportar. Tan cierto es esto, que si una estancia no se vive de modo pleno, las demás estancias se resienten y, aunque se puede superar, nacen en cierto modo disminuidas.

La primera estancia es la del enamoramiento. En esta estancia aparecen todas las tendencias propias del amor conyugal, como son: la tendencia a la unión, la tendencia a la exclusividad, la tendencia a la perpetuidad, y la tendencia a recrear el mundo (engendrar). Pero todas estas tendencias se encuentran aún en su condición de tal, es decir: son sólo tendencias. No se ha concretado aún ninguna entrega.

Esta estancia suele nacer en la adolescencia, y se manifiesta con la novedad de sentir una soledad íntima conyugal. Aparece la necesidad de saciarla buscando a otra persona de sexualidad complementaria para compartir parte de nuestra intimidad. Esta necesidad produce un descentramiento de nuestro yo más íntimo, trasladándolo a las fronteras mismas de nuestra intimidad: nuestro cuerpo. Lo que sentimos en esta estancia, ese bullir en nuestro interior cuando la amada se aproxima, o simplemente al pensar en ella, es ocasionado por este descentramiento natural. Por eso es que la relación en esta estancia es tan inestable y tan sensible, cualquier conflicto hiere profundamente porque se tiene la intimidad “a flor de piel”. Es la estancia propia para conocer si la persona amada es quien puede llegar a merecer la entrega total.

En el enamoramiento todos los aspectos biológicos, somáticos y afectivos cobran protagonismos sobre las facultades superiores de la persona. Esto no quiere decir que la razón y la voluntad no participen del enamoramiento, lo hace, pero su protagonismo es menor frente a las otras dimensiones personales. Por eso se dice que uno no se enamora, sino que “lo enamoran”; de repente, se encuentra en esta situación, se encuentra enamorado: "EN AMOR DADO" . Esta estancia, en si misma, no tiene las ayudas para soportar la vida matrimonial.

En el matrimonio se dan otras dinámicas que proporcionan los medios para vivir el matrimonio, o la unión conyugal. Surgen dinámicas que permiten el aunamiento personal, en el que se implica la libertad de los esposos de modo radical. La inestabilidad del enamoramiento no soportaría una unión de por vida. Por eso, cuando le digan: “ya no siento lo mismo que antes”, habría que responder: “lógicamente, si ya no eres el mismo que antes; antes eras un varón y una mujer, ahora eres un esposo y una esposa”. Y los grados de unión y de felicidad de comunión conyugal son distintos, y por supuesto, de mayor calidad.

La ilusión del romance del enamoramiento no alcanza a soportar el navegar co-biográfico de los esposos. La vida diaria no es un verso, un poema o una ilusión. La vida diaria se compone de cosas pequeñas que van sumando, a veces con trabajo arduo, la cuenta de nuestra biografía. Prosa y verso parecen ser dos modos que se contraponen en el matrimonio.

Sin embargo, hay algo maravilloso escondido en las situaciones más comunes, algo que nos supera, y que corresponde a cada uno de los cónyuges descubrir. Esta correspondencia exige de cada uno algo esencial: “trabajar su amor conyugal”. El matrimonio exige, y exige mucho, y como es de esperar, entrega mucho más. Si ambos esposos se esfuerzan, se desviven por su cónyuge, y si este desvivir les lleva a vivir para el otro, con el esfuerzo que esto comporta, irán descubriendo que esa prosa, aparentemente oscura, escondida, intrascendente, se alza sobre sí misma, y se convierte en los versos más hermosos. Por eso el matrimonio no es una ensoñación, no es un vivir en lo abstracto desconectado de lo concreto, es la vida diaria plagada de detalles pequeños que esperan la intervención personal e incondicional de los esposos. El matrimonio es un camino de plenitud humana.

martes 8 de mayo de 2007

¿Matrimonio para toda la vida?

“Yo”, la persona que soy, el quién que soy, el ser que soy, y no otro, decide libremente en virtud de su inteligencia y su voluntad, facultades que le confieren la condición de persona, efectuar una entrega. Para ser verdaderamente libres necesitamos que nuestra voluntad, nuestro querer, se incline con fuerza ha lo que la inteligencia, rectamente formada, le indique. Si nuestra razón nos dice que tal objeto es bueno, pero nuestra voluntad no tiene la fuerza necesaria para obedecer a la razón, nunca alcanzaremos esa cosa buena.

Quizá con un ejemplo sencillo lo podemos ver con mayor claridad: supóngase que son las 5:30 AM y nuestro despertador suena para levantarnos de la cama. Lo inmediato es que nuestra razón reaccione indicándonos que “es hora de levantarse”, a lo que nuestra voluntad deberá seguirle para proporcionar la fuerza necesaria para hacerlo. Si la voluntad no sigue a la inteligencia, aunque tengamos conciencia que “es hora de levantarnos”, no efectuaremos la acción concreta. En el consentimiento matrimonial, hemos puesto nuestra razón y nuestra voluntad para concretar la acción de entrega, hemos visto que hacerlo es muy bueno, y además, hemos querido entregarnos libremente. Y por si quedaran dudas, nos hemos sometido a las formas previstas para garantizar que el consentimiento mutuo se ha efectuado.

“Me entrego a ti”, fue lo que dijimos. La entrega no consistió en un auto, una casa, u otro objeto, no. La entrega fue de algo mucho más valioso, de hecho, de lo más valioso que podemos dar a nivel humano; se efectuó la entrega de uno mismo. Pero, ¿cómo puede ser esto? ¿Cómo puedo yo entregarme a otra persona? Más aún, sabiendo que no puedo dar aquello que no puede ser dado. Aunque parezca imposible, en la persona humana hay una modalización de carácter ontológico que permite esta entrega, y es la modalización sexual. Varón y mujer comparten la misma naturaleza humana que se manifiesta de dos modos diversos y complementarios: el varón y la mujer.

Contrariamente a lo que se suele pensar, esa condición sexual no consiste solamente en unos accidentes de la persona, sino que son la persona misma, es decir, todo el ser de la persona del varón, es varón, no solo sus dimensiones biológicas y biosomáticas –hormonales-, sino también sus aspectos sensibles y psicosomáticos y, sobretodo, su dimensión personal; por ello, el obrar del varón será siempre viril y masculino. Lo mismo ocurre con la mujer, en la que toda su persona, cuerpo y espíritu, es mujer, y por lo tanto su obrar humano será siempre femenino. Virilidad y feminidad es lo que los diferencia, y es al mismo tiempo aquello que ontológicamente tiende a conyugarlos, a unirlos, a conjuntarlos. Por ello, lo que se entrega en el matrimonio es lo conyugable: la virilidad del varón y la feminidad de la mujer.

Pero para que se produzca la unión, la entrega debe ser mutua y proporcionada, proporción que sólo el amor humano puede producir. Esto requiere que la entrega de la virilidad del varón y la entrega de la feminidad de la mujer sean de la misma calidad, de la misma proporción, que se entregue la conyugalidad de modo total y mutuo, es decir, que la entrega sea en lo que ahora son y en lo que en la vida puedan llegar a ser. Si esto se da, la naturaleza humana "responde" llevando a acto aquello que ya tenía en potencia a propósito de la diferenciación sexual. Y la respuesta de la naturaleza es la conyugación inédita de este varón en concreto, único e irrepetible, con esta mujer en concreto, también única e irrepetible, dando paso a algo nuevo, algo que hasta entonces no existía, algo que es único e irrepetible: un nosotros conyugalmente íntimo. Esa conyugación que se desencadena de modo natural a propósito del consentimiento eficaz del varón y de la mujer, los supera, y sin destruirlos, los eleva humanamente efectuando en ellos una verdadera unión radicada en el ser personal, unión de naturaleza jurídica, pero anclada en el propio ser de cada uno de los cónyuges que, a partir de entonces, dejan de ser varón y mujer para pasar a ser esposo y esposa, debiéndose en justicia para toda la vida.

A partir de ese momento la felicidad de él pasa por la vida concreta de ella, por buscar el bien de ella, por estar pendiente de su mejora y cuidados. Y la felicidad de ella pasa por la búsqueda del bien de él, de su mejora y cuidados. Ella y él se pertenecen en lo conyugable, y están unidos en su ser por amor. Por ello se dice que el amor conyugal es tridimensional: Yo, Tu, y Nosotros (co-ser por amor).

Luego dijimos: “Y prometo serte fiel”. Nuestra condición personal exige que nuestras facultades superiores – inteligencia y voluntad - intervengan de modo radical en la fundación, crecimiento, conservación y restauración de la unión, pues se trata de una unidad querida por amor. Esto exige la fidelidad a la verdad de la unión: Ser fieles a nuestro ser como esposos o esposas, a esa realidad indiscutible que es la creación de la conjunción natural que hemos desencadenado, y a la que nos debemos en justicia. La fidelidad por tanto es una exigencia de la naturaleza humana, y toda acción contraria a la unidad esponsal lastima nuestra naturaleza, y deshumaniza. Por el contrario, todo acto que tiende a la profundización de la unión, mejora a los esposos y los humaniza, haciendo de la vida matrimonial un verdadero camino de perfección humana.

“Con salud o enfermedad, en lo favorable y en lo adverso, y así amarte y respetarte, todos los días de mi vida”… ¿Cabe una mayor entrega a nivel humano? ¿Hay a nivel humano una unión de mayor entidad? ¿Existe una muestra de mayor libertad que la entrega de uno mismo por amor? La grandeza del matrimonio y la maravilla del cuerpo que somos, permite esta unión de por vida. Surge así una nueva vida en conjunto, una vida en la unión, un convivir en y con el otro abriendo paso a una co-biografía que, vivida naturalmente, agranda y fortalece la unión de dos seres que se aman a lo largo del tiempo. El amor conyugal también cambia con el tiempo, no se trata de un amor nuevo para cada época humana, se trata del mismo amor que va cambiando con los amantes a lo largo de toda su vida, ambos en compañía íntima, siendo por siempre, uno con una por amor.

jueves 3 de mayo de 2007

La educación sexual pertenece al ámbito íntimo de la familia

Una de las dimensiones de la persona humana es su sexualidad. Esta dimensión no se limita sólo a los aspectos biológicos y biosomáticos, sino que alcanza el nivel sensible y psicosomático, e informa radicalmente a las facultades superiores: la inteligencia y la voluntad. Existe una conformación biológica del varón y otra distinta para la mujer, una conformación psíco-sensible para el varón y otra diferente para la mujer, y una forma de pensar y actuar propias de la mujer y otras para el varón. Ambos, varón y mujer somos igualmente dignos y compartimos la misma naturaleza humana, pero nuestros modos de ser y obrar en esa naturaleza son distintos y complementarios.


Por ser de orden natural, la diferencia que introduce la conyugalidad en la humanidad del hombre es muy buena. Esta bondad que tiene nuestra sexualidad se centra en los fines humanamente alcanzables que ha impuesto precisamente la misma naturaleza. Por ello, existe una potencia de perfección humana en el grado de unión que pueden llegar a alcanzar un varón y una mujer a propósito de sus diferencias conyugables. Varón y mujer están llamados a niveles de unión tan altos como insondables, y su felicidad depende precisamente de la calidad de esa unión, unión que sólo el amor humano es capaz de engendrar.


Existe por tanto un modo naturalmente bueno de vivir nuestra sexualidad, y un modo no natural de vivirla. Lo natural es bueno, lo no natural degrada a la persona y la despersonaliza. Esto último hace profundamente infeliz a la persona, y la lleva a buscar sucedáneos (alcohol, drogas, profesionalitis, poder, etc.) que llenen aquel vacío que deja el vivir de modo contrario a lo que su propia naturaleza reclama. Comprender estas verdades, y hacerlas comprender a los demás es un verdadero desafío para nuestra sociedad.


Todo lo anterior se transmite de modo natural en la familia. La familia es el ámbito natural para educar a la sexualidad. La razón de que esto sea así es que aquella requiere un clima de intimidad y de amor humano incondicional para poder formarse funcionalmente bien. No hay otro ámbito mejor, y por lo tanto, si queremos formar mejor a nuestros jóvenes, tanto en la sexualidad como en otros aspectos, debemos fortalecer y apoyar con hechos concretos a la familia. En este sentido, es obligación del estado velar para que nadie ni nada perturbe el natural derecho de los padres a educar a sus hijos.

jueves 26 de abril de 2007

Felicidad Conyugal

Cuando un varón se entrega a una mujer en matrimonio, le entrega toda su virilidad, dimensión que informa a todo su ser varón. Del mismo modo, cuando una mujer se entrega a un varón, le entrega toda su feminidad, la que informa todo su ser mujer. La masculinidad en el varón y la feminidad en la mujer, están siempre presentes en toda la persona, es decir, en la dimensión biológica y biosomática, sensible y psicosomática, y en las facultades personales - la inteligencia y voluntad – tanto del varón como de la mujer.

Al generarse el vínculo que los une en matrimonio, se genera con él la potencia que tienen los esposos de gozar de la complacencia que produce el vivir fielmente el propio vínculo. Dicho en otras palabras, hay una felicidad humana accesible para los esposos que solamente puede ser alcanzada a través del bien que está presente en el otro cónyuge, simplemente por haberse constituido como tal.

Esta complacencia en el bien que es la persona misma del otro cónyuge, está por encima del tiempo, y del desgaste que éste produce en el cuerpo de los esposos. Es una felicidad natural que no solo produce un bienestar espiritual, sino que abre nuevos horizontes que hacen crecer humanamente a los esposos, y los hace transitar por estancias de unión cada vez mayores, descubriendo de este modo lo extraordinariamente bella que es la unión íntima personal.

En contraposición, la infidelidad conyugal genera cierta satisfacción a nivel de las dimensiones biológicas y biosomáticas, causando verdaderos estragos en las demás dimensiones humanas, a saber, las sensibles y psicosomáticas y lógicamente degrada las facultades personales. El resultado es una relación entre un varón y una mujer que va contra su propia naturaleza de cónyuges debidos en justicia, y cuando esto sucede, la misma naturaleza les pasa factura deshumanizandolos.

Se puede ser profundamente feliz en el matrimonio. La felicidad conyugal sólo la encontraremos en nuestro cónyuge, en el de cada uno y de cada una, esa es la única vía prevista por la naturaleza humana.

El Matrimonio y la Familia, una Política de Estado

Un país empieza a dar muestras de madurez democrática cuando tiene políticas de estado que superan la contingencia de las diversas administraciones que lo gobiernan.

La defensa de la persona humana y el respeto de su dignidad son el fin supremo de la sociedad y del Estado, por ello, toda persona tiene derecho a la vida, a su identidad, a su integridad moral, psíquica y física y a su libre desarrollo y bienestar. El concebido es sujeto de derecho en todo cuanto le favorece. Todos son iguales ante la ley, y nadie debe ser discriminado por motivo de origen, raza, sexo, idioma, religión, opinión, condición económica o de cualquiera otra índole [1].

La décimo sexta Política de Estado establecida en el Acuerdo Nacional Peruano (22 de julio de 2002) se titula: “Fortalecimiento de la familia, protección y promoción de la niñez, la adolescencia y la juventud”, y a la letra dice [2]:
Nos comprometemos a fortalecer la familia como espacio fundamental del desarrollo integral de las personas, promoviendo el matrimonio y una comunidad familiar respetuosa de la dignidad y de los derechos de todos sus integrantes. Es política de Estado prevenir, sancionar y erradicar las diversas manifestaciones de violencia que se producen en las relaciones familiares. Nos proponemos, asimismo, garantizar el bienestar, el desarrollo integral y una vida digna para los niños, niñas, adolescentes y jóvenes, en especial de aquellos que se encuentran en situación de riesgo, pobreza y exclusión. Promoveremos espacios institucionales y entornos barriales que permitan la convivencia pacífica y la seguridad personal, así como una cultura de respeto a los valores morales, culturales y sociales. Con este objetivo el Estado:

(a) garantizará programas educativos orientados a la formación y al desarrollo de familias estables, basados en el respeto entre todos sus integrantes; (b) promoverá la paternidad y la maternidad responsables; (c) fortalecerá la participación y el liderazgo de las niñas, niños y adolescentes en sus centros educativos y otros espacios de interacción; (d) garantizará el acceso de las niñas, niños y adolescentes a una educación y salud integrales, al enriquecimiento cultural, la recreación y la formación en valores, a fin de fortalecer su autoestima, personalidad y el desarrollo de sus habilidades; (e) prevendrá todas las formas de violencia familiar, así como de maltrato y explotación contra niños, niñas y adolescentes, ortando a su erradicación; (f) prevendrá el pandillaje y la violencia en los jóvenes y promoverá programas de reinserción de los adolescentes infractores; (g) desarrollará programas especiales de atención a niños, niñas, adolescentes y jóvenes que sufren las secuelas del terrorismo, (h) fortalecerá el ente rector del sistema de atención a la niñez y a la adolescencia, las redes de Defensorías del Niño y Adolescente en municipalidades y escuelas, y los servicios integrados para la denuncia, atención especializada y sanción de casos de violencia y explotación contra aquéllos; (i) fomentará programas especiales de recreación, creación y educación productiva y emprendedora de los más jóvenes; (j) implementará servicios de atención integral para adolescentes embarazadas, jefas de hogar menores de edad y parejas jóvenes; (k) fortalecerá sistemas de cuidado infantil diurno desde una perspectiva multisectorial; (l) apoyará la inversión privada y pública en la creación de espacios de recreación, deporte y cultura para los jóvenes, en especial de zonas alejadas y pobres; (m) promoverá que los medios de comunicación difundan imágenes positivas de la niñez, adolescencia y juventud, así como contenidos adecuados para su edad; (n) promoverá la educación sexual respetando el derecho de los padres de brindar la educación particular que crean más conveniente para sus hijos; (o) implementará programas de becas, capacitación u otras formas de apoyo que ayuden a una mejor formación intelectual y profesional de la juventud; (p) institucionalizar políticas multisectoriales para la reducción de la violencia familiar y juvenil; y (q) promoverá la institucionalización de foros juveniles sobre los asuntos de Estado.

Se puede estar de acuerdo o no con cada uno de los puntos planteados, matizando y priorizando algunos, pero lo que es evidente, es que el Matrimonio y la Familia, por ser dos instituciones connaturales con el hombre, son el eje de cualquier sociedad bien constituida, y ningún país puede acometer un verdadero desarrollo, si no respeta su propia raíz social: La familia basada en el matrimonio de un varón y una mujer que se comprometen de por vida a una comunión de personas por amor.
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[1] Constitución Política del Perú 1993 - título primero ( http://www.abogadoperu.com/constitucion-capitulo-i-derechos-fundamentales-de-la-persona-titulo-1-abogado-legal.php )
[2] http://www.acuerdonacional.gob.pe/Foros/ForosTematicos/equidad/textoe16.htm

lunes 9 de abril de 2007

Amor y felicidad


“Si el amor no produce la felicidad, no es verdadero amor”. Con esta frase se justificaba la separación conyugal en un conocido programa de televisión de gran audiencia. Parte de la confusión proviene de considerar a la felicidad como un estado de ánimo en virtud del cual la persona simplemente “se siente bien”, cuando la felicidad comporta realidades mucho más profundas del ser humano.
Para empezar debemos ponernos de acuerdo en el significado de los términos empleados, a saber: amor, felicidad y verdadero. Y debemos hacerlo porque vivimos una época en la cual la ignorancia se oculta sigilosamente bajo el manto engañoso de un vaciado de contenido de los conceptos más significativos para el hombre.
¿Qué es entonces el amor? El amor conyugal, además de ser un misterio, es la donación de sí mismos que hacen un varón y a una mujer, en razón de la bondad intrínseca que tiene la sexualidad humana. Esta donación es de tal entidad que afecta el ser de los cónyuges y genera en ellos un nuevo modo de ser en la unión, una comunión de personas que, sin destruirlas, las perfecciona haciéndolas más humanas a lo largo del tiempo.
Por otro lado, la felicidad es el sosiego y la complacencia que experimenta la persona cuando todo su ser comprueba la bondad de sus actos o de los actos de los demás. A este respecto, el Diccionario de la Real Academia Española dice que felicidad (felicĭtas, -ātis), es el estado del ánimo que se complace en la posesión de un bien.
Y verdad(verĭtas, -ātis) es la conformidad de las cosas con el concepto que de ellas forma la mente, la conformidad de lo que se dice con lo que se siente o se piensa. Por eso la verdad no es democrática, pues aunque la mayoría de los vivientes, estando de día, votaran a que ese momento corresponde a la noche, el día seguiría siendo día y la noche, noche. Hay una verdad intrínseca a cada una de las cosas que corresponde al hombre descubrir según sus posibilidades.
Entonces, si un varón y una mujer, se entregan ellos mismos totalmente por amor, en lo que ahora son y en lo que pueden llegar a ser – en esencia y en existencia – porque es muy buena para ellos esa unión, la felicidad se asentará en el bien de la unión, y no en las dificultades que sacarla adelante comporta. Esta es la verdad del amor y no otra.
La vida comporta realidades humanas que ciertamente no son agradables a primera vista. Una de ellas es la muerte, única verdad que deberemos enfrentar todos los seres humanos. Con ella, se asocian las enfermedades, los sinsabores que experimentamos cuando no recibimos aquello que esperábamos, la infidelidad de un amigo, etc. No por ello vamos a decir que no vale la pena vivir. El vivir se asocia con el dolor y las dificultades, y el amor también. Por eso es un error concebir al amor ajeno a realidades tan humanas como el dolor.
La vida conyugal tiene luces y sombras, las mismas luces y sombras que tienen los amantes, pero sobretodo, tiene la grandeza de la unión personal en la propia naturaleza sexuada que permite una compañía íntima única e irrepetible, que bien vivida, hace profundamente felices a los esposos.

lunes 2 de abril de 2007

Vida Humana

Chinguel Arrese, César
02 de abril de 2007


La vida humana, aquello que hace posible que usted y yo vivamos, es, en si misma, un gran misterio. Y lo es porque pese a que la ciencia no cesa de descubrir - mostrar aquello que ya está hecho, pero se mantenía cubierto por ser desconocido - la extraordinaria organización de la vida humana, no podrá nunca desentrañar por completo todo su misterio.
La tentación más grande del hombre es pensar que la riquísima e insondable realidad creada puede ser reducida a los límites de su entendimiento. Pongamos un ejemplo muy sencillo. Supongamos que se le pide a un grupo de científicos transmitir y explicar lo que es “una manzana” a un niño de diez años que jamás ha probado una. Nótese que la manzana es una realidad insignificante comparada con lo que es la vida humana. El sentido común, o sabiduría natural, nos dice que por más esfuerzo que hagan los científicos, jamás podrán mostrar la integridad de la realidad “manzana” al niño, y que basta con que éste coma una, para superar, por mucho, todo el conocimiento recibido de los científicos. La abstracción de cualquier realidad es una reducción de esa realidad, más si esta realidad es la vida humana.
La vida es un misterio en el tiempo, y en cada una de sus etapas aporta a la persona un bien específico que no pueden aportar sus demás etapas. Así, usted es el mismo antes de nacer - mientras se estaba gestando en el cálido seno maternal - , el mismo de bebé, el mismo de niño, el mismo de adolescente, el mismo de adulto, el mismo de anciano, y cada etapa le aporta a usted algo específico para que pueda crecer humanamente. Durante todas sus estancias de vida usted es siempre el mismo, aunque su modo de vivir se manifieste de modo diverso en cada una de ellas.
Entonces podemos concluir dos cuestiones: primero, que nuestro entendimiento es limitado y no puede abarcar completamente la totalidad del misterio de la vida, y segundo, que siempre somos la misma persona en cada etapa de nuestra vida. Con estas dos verdades evidentes nos podemos plantear la siguiente cuestión: ¿Puede la sociedad marcar una línea temporal durante la gestación y decidir en qué momento empieza la vida? ¿Puede el derecho positivo anteponerse al derecho natural? ¿Puede una madre destruir una vida humana porque ésta se encuentra aún en su etapa más incipiente? El sol no es solamente la luz que vemos y el calor que sentimos. ¿Existe solamente aquello que podemos ver y comprender, o hay mucho más?
La vida debe ser respetada desde sus inicios, a saber, desde el momento de su gestación en que madre e hijo tienen un ADN propios, desde el momento en que hay una persona humana con toda su potencia. Un niño de un año tiene en potencia el llegar ser un adulto de setenta. El niño por nacer también tiene esa potencia y lógicamente ese derecho. Es de sentido común.

martes 6 de febrero de 2007

COMPROMISO ENTRE PADRES Y EDUCADORES PARA LA DISCIPLINA ESCOLAR

César Chinguel Arrese
1.Introducción
Cuando pensaba en el mejor modo de enfocar el tema que nos ocupa se me ocurrió pedir consejo a mi mejor amiga – mi mujer - sobre qué pensaba ella de la disciplina en el hogar. Me sorprendió cuando me dijo que nunca lo había pensado, que era un concepto que le parecía poco familiar. Que más bien ese concepto le recordaba a instituciones ajenas a la familia. Pregunté a otros padres de familia y su respuesta fue más o menos similar. No tengo la suerte de ser un Pedagogo como ustedes, aunque tenemos en común el profundo amor que guardamos a nuestros hijos, y por ello, intentaré plantear en los próximos minutos una breve reflexión del tema desde la óptica familiar. Para empezar, veo conveniente establecer ciertos códigos de comunicación común para evitar confusiones. Empezaremos por aclarar los conceptos que nos ocupan, a saber: disciplina y compromiso. Continuaré con un breve comentario relacionado a la autoridad, y a continuación, plantearé unas reflexiones sobre las líneas de acción de los padres y profesores que les permitan generar un verdadero compromiso, a propósito de la disciplina como medio para formar mejor a los hijos y alumnos.
2.¿Qué es la disciplina?
Disciplina viene del latín Discere que significa aprender. Esto significa que en la raíz de toda disciplina está latente la acción educativa. De esta expresión latina (discere) se derivan otros conceptos como el de Docente, que es la persona que enseña, y Discípulo, que es el que aprende. También de Discere deriva la palabra Disciplina (llamada antiguamente discipulina), que son las normas que conservan el orden y la subordinación entre el docente y el discípulo para facilitar el aprender, es decir, el Discere. Lo que está claro es que la disciplina implica un esfuerzo tanto del discípulo como del profesor por aprender y enseñar. Disciplina implica también la satisfacción natural de la persona cuando comprueba que ha incorporado la verdad a su limitado entendimiento, en definitiva incorpora parte del mudo a si mismo mediante el conocimiento. La disciplina tiene dos planos íntimamente relacionados.
2.1 Disciplina interna: la familia y las virtudes humanasEl primer plano es el más importante y radical porque está encaminado a la adquisición de las virtudes humanas. Su ámbito natural es la familia, y en concreto, una responsabilidad de los padres. No en vano se ha denominado a la familia como escuela de virtudes. Esta disciplina interna, que como hemos dicho, está encaminada a facilitar el aprendizaje, son un conjunto de hábitos operativos buenos que ayudan a la voluntad en el esfuerzo que implica el aprender; son las virtudes humanas que promueven la búsqueda de la verdad. Según David Isacs, entre otras virtudes humanas, para el aprendizaje son particularmente importantes la prudencia y la fortaleza. Aunque no corresponde ahora ocuparse en extenso de las virtudes, si vale aclarar que sin la prudencia se corre el riesgo de confundir los medios con el fin buscado. Conviene no perder de vista que la disciplina es un medio y no un fin en si misma.
2.2 Disciplina externa: normas y ambiente educativoEl otro ámbito es el relacionado con el ambiente de aprendizaje, es decir, el ambiente normativo que facilita el cumplimiento de los roles tanto de profesor como del alumno. Ambos planos, el interno y el externo, se relacionan en virtud de la unidad substancial de la persona humana. Estos ámbitos se dan tanto en la familia como en el colegio.
La PrudenciaSin la prudencia la persona cae en un fanatismo por el la disciplina, como si ésta fuera el fin buscado en el aula y no un medio empleado para un mejor aprendizaje. Como en toda hábito operativo bueno, siempre existen dos vicios relacionados, uno que se le opone abiertamente (la indisciplina) y el otro que se enmascara y disfraza de virtud (exceso de disciplina), quizá el más peligroso por inadvertido. La virtud de la prudencia permite elegir bien y nos ayuda a no perder de vista el por qué de nuestro esfuerzo.
La Fortaleza La virtud de la fortaleza nos ayuda a no abandonar el bien buscado a pesar de los obstáculos. Prudente y fuerte, ese es el perfil virtuoso del buen estudiante, o si se prefiere otra terminología, son los valores deseables en nuestros profesores y alumnos en su disciplina interior. Pero lo anterior, con ser necesario, no es suficiente. A mi criterio, la virtud más radical es la caridad: el amor. Es lo que nos hace más humanos, pues nos permite comprender que, a pesar de todas nuestras miserias, estamos hechos para el Bien, para servir, para comprender, en definitiva, que existimos para un Otro.
La Caridad Si no sabemos amar, difícilmente reconoceremos el bien que pasa ante nuestros ojos, en nuestro caso concreto, no será atractiva la verdad que mediante el conocimiento transmiten los profesores. Sin caridad, no es posible reconocer lo bueno que resulta para nosotros aprender, conocer, hacernos del mundo para dominarlo, someterlo y ponerlo al servicio del hombre. Por ello es que la las tres virtudes principales que favorecen el aprendizaje y mueven el interés para el estudio personal son: la caridad, la prudencia y la fortaleza. Estas virtudes son necesarias en primer lugar en los padres y profesores, y en segundo lugar en los alumnos.
3.Autoridad y Disciplina
Ahora podemos preguntarnos ¿Dónde radica la autoridad que sostiene la disciplina escolar? ¿Cuál es su fundamento? La palabra autoridad viene del latín auctoritas. Autoridad es la facultad de influir notablemente en el desarrollo de una acción, o de influir sobre la evolución de una situación en la que participan personas. Es el reconocimiento personal al autor de algo valioso, ya sea de modo directo, o a través de otras personas que reciben ese reconocimiento por delegación explícita o implícita. Pero ¿Cuál es la fuente de autoridad en el proceso educativo? Empecemos buscando en la familia. Las familias tienen un momento fundacional: el matrimonio que tiene como fines: la procreación, la formación de los hijos, y la ayuda mutua de los cónyuges para ser mejores personas en comunión. La educación de los hijos es uno de los fines del matrimonio. Por ello, la autoridad recae sobre los padres también de modo natural, es decir, es un mandato de la naturaleza humana que los padres reciben sin pedirlo.
En la familia se habla muy poco de disciplina, al menos de modo directo. Los padres hablan del exceso o defecto de orden, laboriosidad, perseverancia, bondad, etc. de cada uno de sus hijos, de sus éxitos o fracasos escolares, pero no hablan de disciplina. En instituciones no naturales, es decir, aquellas creadas por el hombre, si se habla de disciplina, por ejemplo el colegio, el deporte, o en un cuartel.
En la convivencia familiar se respetan normas, más o menos explícitas, que los padres se esfuerzan por hacerlas cumplir con mayor o menor éxito. Esas normas tienen su fundamento en el “amor incondicional” de los padres. Un hijo obedece a sus padres porque confía en ellos, porque los ama, porque sabe que quieren su bien, incluso sabiendo de las limitaciones de ellos. La raíz de la autoridad paterna es el amor que tienen los padres a sus hijos.
En un colegio los profesores tienen autoridad formal porque los padres se la han delegado para fines educativos. Esa autoridad descansa sobre las virtudes humanas del profesor. Para un adecuado ambiente educativo se requiere el fomento de ambos planos de la disciplina, si falta uno de ellos, la autoridad escolar se debilita.
4.Los protagonistas
Ahora conviene situar a los protagonistas del compromiso a propósito de la disciplina escolar. Nuestros protagonistas son, en primer lugar los padres de familia porque son los primeros, permanentes, y naturales educadores de sus hijos. En segundo lugar están los que son educados, es decir los hijos, que confían en la formación que les ofrecen sus padres, y en aquellas personas que reciben este encargo por delegación paterna. En tercer lugar están los profesores y la institución educativa que los promueve, porque brindan un servicio educativo a la familia. En términos empresariales, los primeros clientes del servicio educativo son los padres de familia, pues la acción educativa del profesor termina al terminar el periodo escolar, la de los padres termina con la muerte, y sospecho que va más allá en virtud del Amor.
Para que sea posible el compromiso entre padres y profesores es necesario saber a qué se comprometen los protagonistas. Podemos preguntarnos sobre ¿Qué rol o papel tienen éstos que cumplir?, pues si estos roles no están claros, surgen ambigüedades, y aunque los protagonistas se esfuercen por desempeñar roles que consideran importantes, se generan conflictos, pérdida de confianza entre padres y profesores, y naturalmente un nivel de compromiso muy bajo, con la consiguiente pérdida de eficacia educativa. Entonces volvemos a preguntar: ¿Cuáles son los roles sobre los que padres y profesores deben comprometerse?
5.Planos de acción
Empezaremos por mencionar dos vicios en la relación entre padres y profesores. El primer vicio es el del padre que se cree profesor, al que llamaremos el “padre-profesor”. El segundo de los vicios es el del profesor que se cree padre, y lo llamaremos “profesor-padre”. Ni el padre es el profesor, ni el profesor es el padre. Cualquiera de estos vicios rompe cualquier posibilidad de compromiso. Y lo rompe porque ambos tienen planos de acción distintos y complementarios.
Estos planos se enriquecen mutuamente y si uno de ellos presenta problemas (no sólo dificultades), el otro plano los refleja. Esto en virtud de la unidad de la persona humana, en este caso, del hijo que se mueve en ambos planos: el familiar y el escolar.
5.1 Plano del amor incondicional: Padres
Este plano es el plano familiar, es el plano natural de la persona, en este plano la persona nace, comprende por primera vez en su vida que no está solo, que mamá y papá le acompañan íntimamente, aún antes de nacer, desde que empieza a vivir, desde que fue concebido en el seno materno. Aprende a dar sin condiciones, pues reconoce en su intimidad, desde que tiene memoria, que solamente ha recibido cuidados por el simple hecho de ser miembro de su familia. No importa si es más o menos inteligente, alto o bajo, no importa el color de su piel, o si tiene facilidad para los idiomas, simplemente recibe porque es él. En la familia la persona no solo recibe elementos materiales necesarios para su subsistencia, también recibe sobretodo el amor de sus padres y hermanos, y en esta dinámica, descubre que él también tiene necesidad de dar, de dar sin condiciones, de dar lo suyo, de darse él mismo a los demás, en definitiva aprende a amar. Para aprender a amar es necesario amar, y ser amado. No es posible aprender amar en teoría, en un salón de clase, pues la dinámica del amor supone la apertura de la propia intimidad con los suyos, y éstos, los suyos, lo son en verdad, pues ellos también se dan en un movimiento de donación incondicional mutua y continua. Este es el plano educativo esencial, y por esto la familia es el ámbito educativo natural de toda persona humana. Dicho en otras palabras: los padres son los primeros educadores. En la relación entre los miembros de su familia la persona aprende a socializar, comprende el valor de la amistad, del dolor. Aprende a compartir, a respetar, a valorar la verdad, a desear conocer más y mejor esa verdad, verdad que le sirve para dominar su mundo. Para transmitir las verdades que conoce nuestra cultura la familia requiere de un adecuado servicio educativo. La acción educativa de los padres no requiere de alta ciencia, pues se fundamenta en la sabiduría natural que proporciona la dinámica amorosa de la familia. Incluso en aquellas familias en las los padres tienen un nivel de instrucción bajo, donde los padres no saben leer ni escribir, si los padres aman a sus hijos, educan más y mejor que otras familias en las que hay un nivel alto de instrucción pero el amor incondicional no es el eje de la familia.
5.2 Plano del conocimiento y la amistad: Profesores
Este es el ámbito propio de los profesores. La disciplina escolar se asienta en la autoridad de los profesores, autoridad que tiene su fundamento en su competencia profesional y en su categoría humana. Nuestra cultura requiere que las personas tengan un nivel de conocimientos que complemente los recibidos en la familia. Para lograrlo los padres recurren a una institución educativa buscando a personas que sean capaces de ayudarlos en la formación de sus hijos a propósito de su labor didáctica. No siempre fue así, en la antigüedad, cuando predominaban modelos familiares culturalmente distintos, los conocimientos eran suministrados por el entorno familiar. El plano sobre el que actúa el colegio es el de la amistad (amor de amistad) y la competencia profesional. La amistad es el tipo de amor humano que surge de compartir el tiempo con otra persona a propósito de una actividad buena en común. Para que el profesor sea eficaz debe ser amigo de sus alumnos, preparar su clase como si lo hiciera para el mejor amigo. Debe estar deseando que empiece su clase porque simplemente la pasa bien con los chicos. Debe esforzarse por mejorar cada día en el plano humano, pues es el único plano que realmente educa. Los padres no esperamos que el profesor sea un genio, esperamos que sea una persona buena que se esfuerce cada día por ser mejor. Los padres de familia esperamos que el profesor colabore con nosotros a enseñar a nuestros hijos a reconocer y apreciar la verdad. Y en la búsqueda continua de esta verdad, esperamos que surja de modo natural el deseo de estudiar, no para aprobar, sino para aprender.
6.Compromiso
El compromiso entre padres y profesores se fundamenta en una adecuada comunicación que permita a ambos protagonistas conocer lo que unos esperan de los otros. Los padres deben comprender qué necesitan de los profesores para una buena educación de sus hijos. Deben reconocer que ellos conocen de técnicas pedagógicas que les facilitan la transmisión de conocimientos de modo eficaz y eficiente. Deben tratar de conocer la calidad humana de los profesores que educan a sus hijos, y en esta línea, exigir competencia profesional y calidad humana. Los profesores deben comprender que, como decía el fundador de esta universidad, los protagonistas más importantes de un colegio son los padres de familia. Esta afirmación no es una frase bonita, tiene aplicaciones prácticas que si no se respetan, la labor educativa se diluye en la ineficacia, y se genera una pérdida de confianza entre padres y profesores que destruye el compromiso. Desde luego es una tarea apasionante, lo que no quiere decir que sea fácil, lo fácil es crear muros de incomunicación entre profesores y padres de familia. Hay que comenzar en plano inclinado, poco a poco, y en la medida que se concreten los compromisos en torno al ambiente escolar (la disciplina), ir planteando nuevos retos. Debo terminar diciendo que, gracias a Dios, conozco a muchos y muy buenos profesores, profesores que he visto crecer cada día, mientras veía crecer a mis hijos, profesores que han ayudado a mi familia en esa tarea, tan gratificante como agotadora, como es la educación los hijos.
Muchas gracias,

RETOS DE LA FAMILIA ACTUAL

Dr. César Chinguel Arrese

“¡El futuro de la humanidad se construye en la familia! Por consiguiente es indispensable y urgente que todo hombre de buena voluntad se esfuerce por salvar y promover los valores y exigencias de la familia”. Estas palabras de Juan Pablo II nos plantean una cuestión fundamental de la que nadie está exento. Por ello me parece muy apropiada la iniciativa de los organizadores para reflexionar sobre este tema: La dignidad de la familia. Para afrontar estos retos que nos propone el Papa Juan Pablo II es necesario que nos detengamos un momento para ponernos de acuerdo en algunos fundamentos que sostienen a la familia y marcan su razón de ser, y por tanto su finalidad. La familia es la realidad social más íntima que tiene la persona humana; en ella, el hombre nace, crece, se forma, pero fundamentalmente, sale de sí mismo y aprende a amar.
La intimidadEmpecemos hablando de una realidad humana llamada intimidad. La intimidad somos nosotros mismos, es nuestro ámbito privado (el más íntimo) que tiene niveles más externos, incluso visibles, y llega a profundidades que solamente nosotros conocemos, en donde estamos solos ante nosotros mismos. La intimidad se puede compartir, por ejemplo con nuestros conocidos, con nuestros amigos, nuestra familia, etc. Nadie puede acceder a ella si no se lo permitimos. Es un ámbito propio de nuestra libertad. En la familia, el nivel de apertura de la intimidad de sus miembros es tal que permite un ambiente propicio para el amor, es como un campo muy fértil para amar. Cuando nacen los hijos se unen, a su modo, a la intimidad amorosa de sus padres. Son acogidos y aceptados como parte de esa intimidad, con un alto grado de pertenencia; por eso decimos “mi hijo”, “mi padre”, “mi mujer”, “mi marido”, etc. Incluso, científicamente está comprobado que psicológicamente el recién nacido se siente parte de un todo con sus padres y continúa así hasta la progresiva afirmación de su yo. La familia permite la aceptación de todos sus miembros por el simple hecho de serlos. No importa si el hijo es alto o bajo, más o menos inteligente, etc., es recibido y amado simplemente por ser hijo y parte de esa familia. Este ambiente es único y propicio para aprender a amar.
Instinto, deseo y placerOcupémonos brevemente de algunos términos que los medios de comunicación social emplean frecuentemente de forma ambigua. Estos términos son el instinto, el deseo, el placer y el amor. Todas estas realidades son muy buenas y están puestas para servir al hombre. Como bien se sabe, en la creación existe una sabiduría y un orden para poner todo lo creado al servicio del hombre, y para ayudarlo en la tarea –trabajo– que comporta el cumplir la finalidad para la que ha sido creado. Si este orden no se conserva no sólo no sirve al hombre, sino que lo destruye, lo hace menos humano, lo deshumaniza. ¿Pero cuál es este orden? Para explicarlo apoyémonos en un ejemplo: La necesaria alimentación humana. Así, el beber y el comer son esenciales para la supervivencia de la persona; si no comemos ni bebemos, pasado cierto tiempo, simplemente dejamos de existir. Tomando como marco este ejemplo, tratemos de distinguir en él el papel que desempeña el deseo, el instinto y el placer:
Instinto: para asegurar la necesaria nutrición, la naturaleza ha impuesto un instinto: el de beber y alimentarse. Pero éste por sí solo no mueve a la acción de comer, requiere de ciertos estímulos y recompensas.
Deseo: al estímulo que mueve a comer le llamaremos deseo, el cual se vale de los sentidos y la memoria para impulsar a la persona a la acción de comer.
Placer: la recompensa por llevar a la acción aquello que sugiere el deseo, es el placer; es decir, el placer es el premio por haber actuado para satisfacer aquella necesidad de la persona, que era alimentarse: la del instinto. Como bien se ve, estos tres ámbitos no son exclusivos del hombre, sino que también existen en otros seres vivos.
Amor y matrimonio¿Y qué papel juega el amor en relación con el instinto? El amor es una realidad tan cercana a nosotros mismos que es difícil definirlo. Es como cuando vemos una pintura muy bella a una distancia tan cercana a nuestros ojos que no podemos apreciarla ni describirla. En la medida que nos alejamos del fenómeno u objeto, veremos mejor lo que queremos describir. En rigor, el amor somos nosotros mismos en movimiento de entrega mutua. No comprendemos la razón, pero inesperadamente sentimos la necesidad de amar. Desde tiempos inmemoriales el hombre se ha cuestionado el porqué de esta ley que marca su naturaleza. Así mismo se registran pinturas, poesía, canciones, etc. que manifiestan esta atracción mutua entre personas. A lo largo de la historia el hombre va dejando manifestaciones más o menos perfectas, o incluso imperfectas, de esta fuerza inexplicable que ha llevado al hombre a grandes actos heroicos. Su imperfección ha dejado muestras contrarias a la naturaleza del hombre mismo. Esta gran “fuerza” es el amor humano. La finalidad de toda persona es el Amor. Tenemos como origen el Amor, estamos hechos para vivir amando y nuestro destino último es el Amor. El ejemplo de la alimentación en el que comentamos las relaciones entre instinto, deseo y placer se queda corto para explicar el amor, más aún el amor entre un varón y una mujer, pues ésta lleva en sí un instrumento extraordinario: la potencia de la procreación de nuevas vidas humanas, cuyo destino es el Amor. ¿Pero cuál es la relación entre amor e instinto? El amor eleva al instinto a la categoría humana; eleva al instinto, el deseo y el placer a una experiencia radicalmente humana. El amor nos hace humanos; es decir, seres capaces de amar, eso es lo que nos da la categoría de personas, categoría que se eleva en la medida en que se incremente la calidad de nuestros amores: “Una persona vale lo que valen sus amores”. En la unión entre esposos, el instinto es una demanda para la conservación de la especie, por ello se pueden desentender algunas personas singulares sin perjuicio para la especie humana. Un ejemplo son los matrimonios que no pueden tener hijos o las personas que en uso de su libertad dedican su vida al servicio de los demás, etc. En el matrimonio, los amantes se pertenecen mutua y realmente. En la medida que la inteligencia hace más suyo este sentido de pertenencia, el amor se hace más fuerte y puro. En la persona humana el deseo tiene una tendencia al desorden buscando su propia satisfacción sin servir al instinto. La inteligencia que proporciona el sentido de pertenencia entre los que se aman es la ayuda para dar al deseo su sentido real. El amor tiene edades que, como todo lo humano, van dando progresivamente sentido a la vida del hombre. No aparece maduro repentinamente sino que, sin que nosotros lo permitamos, nace incipiente y lleno de potencia humana; va creciendo y pasando por etapas o edades que lo van haciendo madurar. Por ello, hay que cuidarlo y conservarlo, pues es nuestro más preciado valor. ¿Y cómo podemos aprender a amar? Sólo se aprende a amar amando. El amor es una experiencia tan íntima de la persona que no es posible conocerlo sin vivirlo, es decir, amando. Por ejemplo, nadie puede explicar a una mujer soltera en qué consiste el amor maternal, si ésta nunca lo ha vivido, si nunca lo ha experimentado. Una cosa es “desear” ser madre obedeciendo la llamada del “instinto” de conservación de la especie humana teniendo “un hijo”, y otra muy distinta es vivir la “experiencia personal” de ser madre “amando” a “un hijo en concreto”, es decir: a su hijo, uno con nombre propio, único e irrepetible. Convendrán conmigo en que entre una y otra situación hay una distancia infinita. Una mirada a la historia nos muestra el grado de entrega heroica del que son capaces las madres y nos da ciertas pistas para comprender el amor humano. Pero este tipo de amor no es el único. Otro tipo es el amor entre hermanos, el amor a los abuelos y tíos, etc. El amor entre una madre y un hijo es un tipo específico de amor humano. De todos los tipos de amor que se dan en la familia hay uno que sobresale por su importancia: el amor entre los esposos que es la materia de comunión entre los casados y fundamento de toda familia. El amor conyugal funda nuevas familias. De su calidad depende la buena formación de los hijos. Si la relación amorosa entre los esposos es saludable, el resto de los amores en la familia suelen darse también de modo saludable, si –en cambio– el amor entre los esposos presenta dificultades serias, los demás amores familiares suelen reflejar estos problemas. Por ello, Pablo VI usa la denominación de “amor humano” cuando se refiere al amor entre marido y mujer en la Humanae Vitae, Encíclica en la que tanto trabajó, el entonces obispo, Karol Wojtyla. Toda familia se inicia con un hecho que es tan antiguo como el hombre mismo. No importa la cultura, el tiempo, el lugar, allí donde se encuentran un varón y una mujer, que experimentan estremecidos una atracción y una fuerza que no comprenden, y donde existe la decisión mutua de compartir juntos la vida, este hecho se repite. De este modo, la familia matrimonial empieza con el encuentro inusitado entre dos personas, un varón y una mujer, que tras conocerse, van madurando mutuamente su relación amorosa hasta que deciden entregarse en donación mutua para toda la vida: el matrimonio. Y la historia se repite: la llegada de los hijos va configurando una familia única e irrepetible en toda la historia de la humanidad.
La familiaLa familia no ha sido creada por mente humana, es una institución natural que hunde su raíz en los mismos orígenes del hombre. Podemos preguntarnos entonces ¿Qué es exactamente la familia? “La familia es, sobre todo, una comunidad de amor formada por personas que comparten lazos de sangre, que empieza con el matrimonio de un varón y una mujer y crece por su amor generoso abierto a la vida”. Pensemos por un momento en una familia sencilla, en la que el padre trabaja con esfuerzo para sacar adelante a sus hijos con gran dignidad. Una familia en la que los esposos se quieren bien y se entregan sin reservas el uno al otro, que muestran con el ejemplo el modo de vivir con alegría las lógicas dificultades que toda familia debe enfrentar, dificultades que al ser superadas les mejoran como personas. En ese hogar, aunque falten los medios económicos o aunque los haya en abundancia, los hijos crecerán arropados por el amor de sus padres, en un ambiente de exigencia natural, donde todos, a su modo y de acuerdo a sus circunstancias, se preocupan por los demás. No hay ni ha habido en la historia, un ámbito más apropiado para el crecimiento humano que su familia. La familia es el espacio donde la persona vuelve a reponer fuerzas, porque allí las encuentra. En la familia los hijos, aprenden a respetar, a discutir, a compartir, a socializar, a conocer, es decir, adquieren virtudes ¿Hay algún padre que no quiera lo mejor para sus hijos? Los padres quieren lo mejor para sus hijos, y eso “mejor”, es que ellos mismos – los hijos – sean mejores personas. Este estilo de relación al interior de la familia está al alcance de cualquier familia sin importar su nivel socioeconómico y su cultura porque depende del amor. Es frecuente ver familias con economías holgadas, pero con dificultades familiares muy serias, tanto, que son profundamente infelices. Y se puede encontrar familias sencillas profundamente felices por la calidad de amor que se profesan.
Familia y sociedadCuando los hijos crecen en hogares bien constituidos, la sociedad en su conjunto mejora, pues ésta no es una idea abstracta, es una realidad muy concreta: la sociedad es lo que son sus familias. Entre los abundantes medios que la tecnología nos ofrece actualmente, nuestra época se caracteriza –fundamentalmente– por ser la era de la información. Los aciertos y los errores que ocurren en un lado del planeta nos llegan casi instantáneamente en cuestión de segundos. Esto hace que las culturas se conozcan y se asimilen a velocidades antes desconocidas. Entiéndase por cultura el modo que tiene un grupo humano de entender al hombre y al entorno inmediato con el que se relaciona. En todas las épocas la familia ha tenido dificultades, y no podemos ignorar las que enfrenta la familia en los tiempos que corren, pero tampoco podemos “llorar sobre leche derramada”. Existen dificultades reales, distintas a las que vivieron nuestros abuelos y, ciertamente, también diferentes a las que tendrán que vivir nuestros hijos y nietos. Pero el hombre tiene a su alcance el modo para resolver estos problemas en la medida en que sea fiel a sí mismo, a su propia naturaleza y, en definitiva, a su fin último. En general, la sociedad no sabe cómo responder a situaciones que le son nuevas. Ante las diferencias, las culturas entran en un proceso de asimilación global, buscando comprenderse sin perder su identidad. Mientras dura este proceso, hay aciertos, desaciertos. Pongamos un ejemplo de desacierto: ante una mal entendida libertad de expresión se permite la venta de agresivas publicaciones que lesionan la moral pública y privada. Basta con darse una vuelta por la ciudad y detenerse en un puesto de venta de diarios para comprobar que la pornografía se vende con suma “normalidad”. Ante la duda sobre la valoración moral de este hecho concreto podemos preguntar a quienes lucran en esa cadena de negocio (desde quienes trabajan en las imprentas, pasando por quienes transportan, hasta el que vende, sin dejar de mencionar a la Municipalidad que cobra una cantidad diaria al ambulante) si dejarían esas publicaciones en la sala de su casa para que todos sus hijos las vieran. La respuesta obvia sería: NO. Entonces, ¿por qué la sociedad no puede actuar? Sin darnos cuenta, va surgiendo una falta de sensibilidad para varias cuestiones que afectan a niños y adultos en el seno familiar, porque como bien se sabe, lo que afecta a un niño, afecta igual o peor a un adulto. Lo mismo podríamos decir del aborto y la eutanasia. Enarbolando banderas de falsa libertad, se vulnera el derecho a la vida tanto en su inicio –en la concepción– como en su etapa final. La Sociedad termina por imponer leyes sin fundamento para justificar los asesinatos de niños sin nacer y de ancianos gravemente enfermos: aborto y eutanasia. Pero, todo lo anterior, con ser muy grave, no es lo más radical. Esos problemas y otros que no hemos mencionado son sólo los síntomas. Lo más importante es que esta falta de sensibilidad ha generando una “verdad relativa”, que no es otra cosa que una mentira sobre el hombre mismo y, por extensión, sobre su realidad social más íntima e inmediata: la familia. El hombre ha terminado siendo un desconocido para sí mismo.
Retos de la familiaA mediados de los años sesenta la “revolución contracultural”, que siguió a la “revolución industrial”, sería la causa de una clara ruptura en el orden de valores. Surgió entonces un conflicto generacional en el que los más jóvenes rechazaban el modo de vida urbano impuesto por la revolución industrial, haciendo del rechazo a toda norma y formalismo un nuevo modo de vida. La sociedad occidental vivía la época posterior al Concilio Vaticano II (años 60’s-70’s) en la que se desencadenó una oleada desinformativa que presentaba algunas normas como aprobadas por la Iglesia, cuando en realidad no era así. Al mismo tiempo, surge un “progresismo científico” que ebrio de conocimiento, se pone al servicio de industrias de anovulatorios o anticonceptivos que lucraban acabando seres humanos no nacidos. Proliferan uniones libres, que no consideran entre sus fines los del matrimonio, alterando la raíz misma de la sociedad. La sociedad de consumo domina e impone una moral “apetitiva” que favorece el consumo para obtener el placer separándolo de su finalidad. Aparece en los países industrializados una alarmante disminución de la tasa de la natalidad que genera el envejecimiento de la población, porque nacen menos hijos que los padres que los procrean. Volviendo al hilo conductor del tema que nos ocupa, es evidente que no llegaremos a plantear los retos de la familia actual, pero trataremos de barruntar al menos tres ámbitos que me parecen importantes:
El primer desafío es el que los esposos redescubran la grandeza de su vocación al matrimonio.
El segundo es redescubrir el valor de la entrega generosa a la vida en las relaciones conyugales y la alegría de entregarse a la formación de los hijos.
El tercer desafío es volver a poner a la familia en el centro de la sociedad. El primer desafío consiste en que los casados redescubramos la inmensa grandeza que conlleva la vocación al matrimonio. Que se puede ser muy feliz viviéndola, y que tiene grandes satisfacciones, no exentas de dificultades y dolor. Es precisamente en este dolor donde está la clave del amor entre los esposos. Lo grande del matrimonio está, paradójicamente, en lo ordinario del mismo. Hay que redescubrir que la entrega al Amor, teniendo como medios los amores de la familia, es la verdadera vocación de todos los casados; que es un verdadero camino de perfección para el hombre, y una vía espléndida y apasionante para cumplir la finalidad por la cuál existe. Que si es posible vivir la pureza del amor entre un hombre y una mujer. Y, para los católicos, que el matrimonio es camino predilecto de santidad, es decir, camino para alcanzar la felicidad eterna. En este punto es pertinente hacer un breve comentario sobre la fidelidad en el matrimonio. Nada produce más satisfacción a los casados que vivirla, y yo diría, hasta disfrutarla, pues es un bien recibido en justicia. No es más hombre el que es infiel a su mujer; en realidad lo es menos, pues no ama bien a una mujer sino que la “cosifica”, y al hacerlo se deshumaniza como hombre. Tampoco es más mujer aquella que le es infiel a su marido, no caben excusas, y de igual modo se hace menos mujer. En general, en un caso de infidelidad los responsables son los esposos, así que les corresponde a ellos, juntos, en unión, perdonarse. Siempre es posible el perdón, porque en definitiva, y paso lo que pase, tanto el varón como la mujer que se casan, estarán realmente unidos en su ser hasta la muerte. El divorcio es signo de desintegración social. El segundo desafío es redescubrir el valor de la entrega generosa a la vida en las relaciones conyugales y la alegría de entregarse a la formación de los hijos. La cuestión no es llenarse de hijos, pero tampoco es no tenerlos, la cuestión es que cada matrimonio tiene los medios para saber el número de hijos que generosamente pueda tener. La sabiduría está al alcance de cualquier matrimonio y, en el caso de los católicos, se cuenta con la gracia sacramental del matrimonio. La familia está por encima de la escuela. Quién tiene el deber y, sobre todo, el derecho de educar a los hijos es la familia, en concreto, los padres. Por ello, debemos tener el protagonismo en la educación de los hijos, más aún en temas fundamentales. El tercer desafío es volver a poner a la familia en el centro de la sociedad. No es que haya salido de la misma sino que está envuelta en una atmósfera de relativismo en la que todos dicen que la familia es muy importante, que es el núcleo y fundamento de la sociedad, que hay que legislar a favor de ella; sin embargo, son muy pocos los que en realidad trabajan a favor de la institución familiar. La sociedad se debe a la familia y no al revés. En virtud de ello, la sociedad está obligada a proteger los fines del matrimonio y la familia: la procreación, la formación de los hijos y la ayuda mutua para crecer humanamente. La sociedad debe velar y poner los medios para que la familia cumpla sus fines naturales. Esto se concreta en: trabajo para el padre y/o la madre, vivienda, acceso a la salud, recreación saludable para la familia, profesores bien formados, planes de estudio que respeten la dignidad humana, leyes que protejan el matrimonio, etc. El eje de la sociedad es la familia, y el eje de la familia es la unión de los esposos. La clave en estos desafíos consiste, fundamentalmente, en darnos cuenta que varones y mujeres están llamados al amor y que son distintos y complementarios porque han sido creados para la unión en comunión, en aquello que pueden darse. Que es posible vivir plenamente la vida matrimonial y que es en lo cotidiano, en lo sencillo de las cosas pequeñas de cada día, en lo aparentemente intrascendente y hasta monótono, donde el amor nos espera para hacernos felices, pero no con un felicidad a medias, de segunda, sino con una felicidad plena. Por último, las causas de los problemas no están fuera de la familia sino dentro. Las dificultades existen y son reales, pero lo importante, lo que realmente genera bondad, está al interior de la familia, en el amor entre sus miembros, y sobre todo, en el amor y fidelidad de los esposos. No hay que olvidar que al final de nuestras vidas de lo único que rediremos cuentas, es de cómo y cuanto hemos amados, nada más.

EL AMOR CONYUGAL ES UNA CONQUISTA DIARIA

César Chinguel Arrese

1.¿La gente sabe lo que es el amor?

Vivimos en una sociedad mediática que nos proporciona a diario abundante información. Esta información no siempre comunica la verdad de las cosas, y cuando esto sucede con frecuencia, se corre el riesgo de vaciar de contenido los conceptos. Así por ejemplo: todos tenemos la experiencia del amor, y sin embargo solemos llamar amor a lo que no es. Sin darnos cuenta hemos ido vaciando de contenido a lo más importante de nuestras vidas.
2.¿Por qué es importante el amor conyugal?
El amor es lo que somos en lo ordinario de cada día respecto a los demás, el amor no es un sentimiento ni un concepto abstracto. Por eso, ahí donde un varón y una mujer reconocen en el otro algo amable que les mueve a entregarse mutuamente, en lo que son y en lo que pueden llegar a ser como varón y como mujer, ahí se renueva la historia humana. Sólo el amor conyugal puede explicar un desprendimiento tan grande como es la entrega total de uno mismo, entrega que sólo es posible entre un varón y una mujer en el matrimonio.
3.¿Entonces, existe diferencia entre una pareja de hecho y una casada?
La diferencia es enorme, aunque en apariencia no lo parezca. A una pareja de hecho le ocurren las relaciones conyugales, y su razón de convivencia se apoya más en aspectos de orden afectivo; desaparecidos éstos, ya no se justifica esa convivencia. En cambio, en el matrimonio ocurren los acontecimientos conyugales porque los cónyuges se han entregado libre y mutuamente a título de deuda. El es de ella, y ella es de él, y el vínculo vive con ellos a pesar del tiempo y las circunstancias. Estar casados es amarse uno con una, y para siempre.
4. ¿Y es necesario conocer esto para vivir bien el matrimonio?
Desde luego que sí, pues en la cultura que nos ha tocado vivir, en donde parece que no hay verdades absolutas, sino que todo es relativo, viene muy bien tener claros los fundamentos sobre los que apoyamos nuestra entrega conyugal. El amor conyugal nace, vive, se deteriora y requiere ser restaurado, crece y cambia con los cónyuges. Esto, que se dice fácil, implica una conquista diaria real, plena de dolores y alegrías, que encuentran en el amor, una extraña conexión de conformidad y cumplimiento de finalidad, y desde luego de felicidad.

AMOR CONYUGAL

“Amor conyugal, Realidad RADICAL”

CHINGUEL ARRESE, César
Universidad de Piura - febrero 2007

En el presente artículo se reflexiona sobre lo que es el amor entre un varón y una mujer. Veremos que el amor conyugal, además de ser un misterio, es la donación de sí mismos que hacen un varón y a una mujer, en razón de la bondad intrínseca que tiene la sexualidad humana. Esta donación es de tal entidad que afecta el ser de los cónyuges y genera en ellos un nuevo modo de ser en la unión, una comunión de personas que, sin destruirlas, las perfecciona haciéndolas más humanas a lo largo del tiempo.


1. Introducción
No se puede entender al hombre si no se comprende el amor, y no se puede entender lo que es el amor sin una adecuada visión del hombre. Nuestros tiempos están marcados por el vaciado de contenido de algunos conceptos fundamentales: términos como el amor, que hasta hace poco parecían tener claro su significado, ahora parecen tener una significación ambigua y relativa. Sin embargo, y pese al abuso que se ha hecho con esta palabra, asistimos a un renacer de su buen uso y significado. “Y es que, como escribe Pieper, las palabras básicas y fundamentales no consienten que se las sustituya, al menos no toleran que se haga arbitrariamente, ni se prestan a que su contenido sea expresado por otras, por racionalmente fundada que esté esa decisión de suplantarlas” [1].
A lo largo de la historia nuestra cultura ha recogido incontables expresiones que reflejan de modo maravilloso lo que es el amor humano; hombres y mujeres de todas las épocas y lugares han dejado plasmado en el arte, la pintura, la poesía, la música, en refranes y costumbres, lo que el amor ha suscitado en sus vidas. El amor forma parte de nuestras vidas. ¿Quién no evoca estremecido el amor que siente por su cónyuge, por sus hijos, sus padres, sus hermanos, o sus amigos? ¿Qué esposo no reconoce que todas las mujeres son iguales menos una, que es su mujer, aquella a quien ama? ¿O qué esposa no reconoce que todos los hombres son iguales, menos uno, que es su marido, aquel a quien ama?
Con el amor sucede lo que con el tiempo: se le conoce bien por experiencia, hasta que nos preguntamos ¿qué es?, y entonces las respuestas no alcanzan a definirlo. Toda persona sabe lo que es el amor por experiencia personal, sabe que existe, pero en cuanto trata de abstraer un concepto empleando la fría razón surgen las dificultades. Tiene la experiencia íntima y entrañable del amor, no duda de su existencia, pero le cuesta definirlo y sólo alcanza a describir lo que le suscita.
Desde los más tiernos años aprendemos a amar en el seno familiar. Las relaciones íntimas que surgen en la intimidad de la familia, es el ámbito natural propio para esa pedagogía. Con el correr de los años los círculos de relaciones van creciendo, y con ellos la posibilidad de establecer relaciones íntimas con otras personas también crece. Surgen así otros tipos de amor, como el amor de amistad, el fraternal, conyugal, etc. Nuestra vida se va enriqueciendo con la calidad de esos amores, y nuestra biografía se va entretejiendo con la de otras personas que vamos amando mientras vivimos.
2. Amor, realidad radical

“Al observador superficial que no tiene suficientemente en cuenta la estructura personal de la experiencia, le puede parecer que el amor no es más que el instinto elevado a una potencia específicamente humana. Otro podría ver en él no una experiencia de pertenencia mutua, sino una simple sublimación del deseo”[2] . La naturaleza insondable y misteriosa del amor impide una definición inequívoca de éste. Muchas concepciones sobre el amor, podrían ser ciertas, aunque incompletas y no pasarían de ser enfoques parciales del amor.
El amor es la realidad más íntima que pueda existir, es lo más radical de la existencia humana, algo a lo cual todo ser personal tiende, y en el cual se complace. “El amor es el primer movimiento, la primera vibración, podríamos decir, del ser hacia el bien. Ciñéndonos concretamente al hombre, el amor es la primera reacción de su sentimiento y de su voluntad, que se complacen en el bien”[3]. Existe pues una estrecha relación entre el amor y un bien que afecta de algún modo a nuestro ser. Pero ¿cómo puede entenderse lo que es el amor?
El amor somos nosotros mismos que, motivados por algo muy bueno presente en el ser de otra persona, decidimos entregarnos a ella, en donación mutua, con la finalidad de conformar una unión. “El que ama sale de su interior y se traslada al del amado en cuanto que quiere su bien y se entrega por conseguirlo, como si fuera para sí mismo”[4]. Cuando se ama, la voluntad quiere el bien del otro como si fuera el propio bien, y la inteligencia se complace en esa razón de bondad. Aunque, como todo lo que tiene valor, ese querer no es gratuito, pues cuesta trabajo y requiere un esfuerzo de vencimiento propio para pensar en el bien del otro sobre el de uno mismo. Al vencer el amor propio, la voluntad se ve fortalecida por la razón de bondad del amor hacia el otro, y en esa dinámica, se va descubriendo con sorpresa aspectos de bondad propios que hasta entonces eran desconocidos, y que amando se van revelando en una novedad permanente: la del amor.
“En último término, el amor es una capacidad de transcenderse a sí mismo y, por lo tanto, no permite prescindir del otro ni su dominio pragmático”[5]. El hombre ya no busca sólo su felicidad, sino que busca sobre todo la de la persona amada. El interés propio se descentra y el yo pasa a un segundo plano, para trasladar el interés a la búsqueda de la felicidad del otro, de tal modo que ya no es ese yo el que importa, sino el tú. Así, amando de este modo, quien ama va descubriendo que el yo crece y se enriquece humanamente en la medida que se produce el olvido de si. Por ello el que ama no quiere estar lejos de quien ama; es muy bueno para él que el otro exista, y le hace mucho bien el amar cada vez más y mejor a esa persona.
3. Qué es el amor conyugal
No todos los amores humanos son iguales, todos tienen en común su relación con el bien, pero poseen algunos rasgos que los diferencian. Así, la diferencia entre amor de amistad, amor filial, amor fraternal, amor conyugal radica en la diferente razón de bondad que los genera. El amor entre padres e hijos tiene como razón de bondad la transmisión de la vida, el amor fraternal el mismo origen de consanguinidad, etc. Entre todos los tipos de amores humanos hay uno especialmente relevante, uno que por su trascendencia y grado de unión es el icono del amor humano; este amor es el que se da entre un varón y una mujer: el amor conyugal.
¿Cuál es entonces la razón de bondad del amor conyugal? ¿Cuál es el bien que lo genera? “La conyugalidad contiene una específica razón de bondad y un exclusivo título formal en la comunicación del cuerpo sexuado, que es la copertenencia del cuerpo del cónyuge como si del propio cuerpo se tratase”[6]. Esta copertenencia mutua no se da en ningún otro tipo de amor humano y en virtud de la unidad substancial de la persona humana, esa copertenencia supera el cuerpo – que no es separable del alma – y comprende a toda la persona amada.
Para que el amor conyugal pueda nacer, es necesario que estén presentes y dispuestos todos los dinamismos de la persona humana que lo generan, incluida la madurez biológica y afectiva; pero además, es necesario que éstos se ordenen para dar cumplimiento a la razón de ser natural de la sexualidad humana. Todos los dinamismos adquieren así, en razón de la modalidad que impone lo conyugable, unas estructuras y dinámicas singulares que hacen que la intimidad misma de la persona se descentre y se traslade a las fronteras mismas del ser, es decir, a los límites de su corporeidad. Y lo hace, para cumplir con su finalidad, para dar cumplimiento a la razón de ser de su conyugalidad, para poder donarse a otra persona, dejando que la otra persona penetre en ella y abriéndose ella misma, de tal modo que ambas se entrelacen armónicamente, sin reservas, en una misma intimidad que ahora difiere de “lo mío” y “lo tuyo”, naciendo “lo nuestro”. En esta dinámica varón y mujer se elevan, por amor, a un nuevo modo íntimo de ser juntos, modo íntimo en el que nadie más puede acceder, y en el que las dos personas conyugalmente complementarias se encuentran verdaderamente como son, en toda su desnudez íntima, no sólo corporal, sino y sobre todo espiritual.
El amor conyugal es bueno, sencillo y ordinario, vive en lo común y cotidiano de cada día, en lo que somos, con nuestras virtudes y nuestros defectos. Amamos en y con nuestras acciones, tal como somos. Cuando amamos, en virtud de nuestra unidad substancial, lo hacemos integralmente, con todo nuestro cuerpo sexuado y con nuestra alma personal en su totalidad, y amamos comunicando niveles de intimidad conyugal, comunicación que se perfecciona y renueva a lo largo de toda la vida.
“El amor conyugal se distingue de otro tipo de amor en su específico carácter sexual, y por lo tanto, por la dimensión procreadora. Varón y mujer se unen como dos personas, pero en cuanto son accidentalmente distintas en un conjunto de características psico-corpóreas. En este sentido, tan falso sería situar el amor conyugal sólo en lo que varón y mujer son diferentes, como situarlo únicamente en el carácter común de personas humanas”[7]. Si se centrara el amor conyugal solamente en la diferenciación sexual, el amor perdería calidad y se degradaría debido a que la razón de bondad estaría solamente en aquello conyugalmente distinto: la sexualidad. Se corre así el riesgo de cosificar a la persona asignándole su valor solamente en lo corpóreo, despersonalizando el amor conyugal. Por otra parte, tampoco es válido centrar el amor entre varón y mujer como ajeno a lo corpóreo, pues de ser así, se trataría de otro tipo de amor como podría ser el amor de amistad. Los protagonistas del amor conyugal son un varón y una mujer, y ambos son personas humanas completas. Por lo tanto, lo que se ama en el amor conyugal es la totalidad de la persona humana, en cuanto son varón y mujer, pero toda la persona humana.
El amor conyugal reclama exclusividad. Cuando alguien se enamora lo hace de una persona en concreto, de ese o esa y no de otra. Algo de esa persona le atrae tanto que decide tener con ella infinidad de detalles, primero de afecto, luego de mayor intimidad conyugal, hasta que ve que su voluntad personal quiere unirse a ella para toda la vida. Se ve así que el amor crece en el tiempo superando sus fases, a saber: la fase del enamoramiento, la del matrimonio, y la conformación de la unión de uniones.
Como realidad radicalmente humana, el amor requiere que existan unas condiciones mínimas que permitan que nazca, crezca y de fruto; estas condiciones son sus presupuestos. Los presupuestos necesarios para el amor son todos los dinamismos que tiene la persona humana, tanto biológicos, afectivos, como los correspondientes a las facultades superiores: la inteligencia y la voluntad. Y decimos todos porque la persona humana es una unidad substancial de cuerpo y alma que no puede partirse; no es posible hacer algo con nuestro cuerpo que no afecte también los demás dinamismos, no se pueden modificar unos dinamismos permaneciendo inalterables los otros. La persona humana no es la suma de un cuerpo más un alma acoplados, es al mismo tiempo cuerpo y al mismo tiempo alma, y cuando ama, lo hace al mismo tiempo con todo su cuerpo y con toda su alma personal.
En lo biológico el amor conyugal requiere que el cuerpo de la persona haya alcanzado la madurez sexual necesaria para posibilitar la unión conyugal. “Varón y mujer no son una materia simple. Uno y otra son, en cuanto personas humanas completas, un singularísimo compuesto de alma y cuerpo propios. Varón y mujer son modalizaciones sexuales de la misma corporeidad humana y son también seres personales con espíritu dotado de entendimiento racional y voluntad libre”[8]. Pero no basta con haber alcanzado esa madurez sexual, es preciso poseer una madurez afectiva que permita centrar los afectos en lo conyugalmente bueno, y es necesario poseerse a si mismo para hacer posible el gobierno de la libertad personal. Cada plano humano: el instintivo (biológico), el afectivo (eros) y el racional (ágape), tienen sus dinámicas propias, y en el amor conyugal adquieren unos modos específicos de acción que posibilitan la unión con otra persona sexualmente complementaria. Para que el amor conyugal sea más humano, más genuino, se requiere que el plano instintivo esté siempre gobernado por el plano afectivo, y éste se encuentre dirigido por el plano racional.
4. Pacto conyugal
El amor conyugal se inicia con la fase del enamoramiento en el que un varón y una mujer se encuentran y coinciden en una complacencia conyugal mutua. La totalidad de la persona participa de esta complacencia en el bien de la conyugalidad de la otra. La persona se siente atraída hacia la otra y se complace en la cercanía íntima que ésta le genera, y por ello, busca estar junto a ella conociéndola más, intimando más, y de este modo, va confirmando a su voluntad en el deseo de una unión mayor, ya no de un simple coincidir, sino de una verdadera unión, unión que sólo es posible si los amantes – varón y mujer - se donan mutua y totalmente. Para que se consolide la donación, es preciso que ambos amantes se dispongan a darse y a acogerse mutuamente, primero de modo incipiente durante la adolescencia, y de modo radical cuando la unión se concrete.
En la primera fase del amor conyugal suelen ocurrir cambios en el comportamiento y en los modos de comunicación interpersonal para manifestar que se está en disposición de donarse a sí mismo y de acoger a otro en la intimidad. Como diría P. J. Viladrich, los adolescentes empiezan a asistir a lugares donde están los “predispuestos”, asisten donde están aquellos que no aman a nadie en concreto, pero aman amar, y buscan a quien amar. Alcanzada la madurez necesaria, la dualidad presente en la naturaleza humana, manifestada en sus dos modos básicos de ser, el de varón y el de mujer, tiende a generar una dinámica intensa de don y acogida mutua que posibilita el inicio de una relación amorosa única.
Se inicia así un proceso que propicia la unión entre un varón y una mujer y tiende a madurar generando un nuevo modo de ser. Llegado el momento, y si esta primera fase del amor logra superar una serie de obstáculos, los amantes llegan al momento más radical en la vida del amor conyugal: la entrega total y mutua de sí que hacen el varón y la mujer, entrega que compromete lo que ahora son y lo que pueden llegar a ser en la vida. Al ser la entrega total, lo es tanto en lo que ahora son los amantes, como en lo que pueden llegar a ser, por eso, además de ser una unión de uno con una, es una unión para siempre, es decir, mientras vivan.
Esta entrega se concreta de un modo singular y único en el llamado “pacto conyugal”, alianza matrimonial o boda. Éste es el momento fundacional del matrimonio, en el cual los amantes, en pleno uso de su libertad, se entregan y aceptan mutuamente como esposo y esposa, y se donan a sí mismos para constituir el vínculo.
Este vínculo afecta el ser del varón, de tal modo que desde ese momento deja de serlo para pasar a ser esposo, y afecta al ser mismo de la mujer, que así pasa a ser esposa. Ha sucedido en ambos un cambio radical y fundamental, pues ahora conforman un nuevo modo de ser, se pertenecen en lo nuestro, no retóricamente, sino realmente de modo exclusivo y perpetuo. El pacto conyugal genera así un cambio de estado en el varón y la mujer porque supone la donación y aceptación mutua del ser de ambos en todo lo conyugable, de tal manera que ya no son dos, sino que son realmente una sola carne.
5. Matrimonio
Varón y mujer se han entregado totalmente en la alianza matrimonial. La virilidad del varón ya no le pertenece, ahora es de ella y a ella se debe; y la feminidad de ella ya no le pertenece, ahora es de él, y a él se debe; pero no se trata de dos relaciones biunívocas, la de él hacia ella y la de ella hacia él, sino de una sola relación, la que los ubica en un nosotros, nuevo, distinto, generador y procreador.
Luego del pacto conyugal se genera un vínculo de naturaleza jurídica entre los esposos, con sus correspondientes deberes y derechos. Esta relación, este vínculo, se asienta en el ser mismo de los esposos, siendo ellos mismos los que constituyen el vínculo de la unión. Esta “unidad de dos” es única e irrepetible en toda la historia de la humanidad. Si ellos mismos son únicos e irrepetibles por ser personas humanas completas, su unión también lo es. Se crea así algo nuevo, algo que es lo nuestro, que vive en y por el nosotros. Sólo el amor conyugal es capaz de esta novedad, novedad que tiene la potencia procreadora de traer nuevas vidas al mundo; por eso el amor en el matrimonio es un amor bueno, entrañable, íntimo, alegre, esforzado, que bien vivido, hace profundamente felices a los cónyuges.
Ese “nosotros”, ese ser juntos, es un co-ser nuevo que es capaz de dar a la vida de los esposos una nueva dimensión antes ignorada por ambos. Esa unión en el co-ser presupone un encuentro aparentemente accidental en el que hay una serie de coincidencias de espacio y tiempo que supera a los amantes, que no dependen de ellos, y que da la idea de un Ser subsistente que propone esa posibilidad de unión, siendo la voluntad personal de los amantes la que debe responder libremente a esa propuesta vital o vocacional.
6. Vida matrimonial
El amor conyugal es el gran tesoro del matrimonio, y también, el fundamento del resto de amores que surgen en la familia con la llegada de los hijos, y obviamente, el fundamento de toda sociedad bien constituida. Por ello, hay que cuidarlo, alimentarlo, restaurarlo, y hacerlo crecer. Cuidarlo significa no exponerlo a peligros, mantenerlo dentro del ámbito de la intimidad de los esposos; hacer uso de la sexualidad con gran delicadeza; darle en la vida el lugar que debe tener, dedicándole lo mejor de nuestro tiempo. Deberá tener prioridad sobre otros intereses, sobre los amigos, sobre la vida profesional, incluso, sobre nosotros mismos. Un amor así de cuidado crece, genera confianza, une a los esposos de tal modo que los enriquece, los mejora, y crea en ellos un grado de unión tal, que ya no son dos, sino uno.
Los seres humanos somos imperfectos, y nuestro modo de amar también lo es; y muchas veces, nos equivocamos, llegando incluso a herir precisamente a la persona a quien más amamos. Es entonces cuando debemos restaurar el amor, alimentándolo con muestras de cariño, y con detalles que pueden llegar a ser heroicos. El gran secreto del matrimonio es el sentido de pertenencia, es decir, el saberse y reconocerse que le pertenecemos a la otra persona. Que somos en y de ella, y por lo tanto, debemos ser fieles amando en exclusiva y para siempre. “Ser unión y conservarla es un gran bien psicológico y biográfico. Es la garantía de la recta intención conyugal a lo largo y ancho de las vicisitudes de la comunicación cotidiana concreta. Y es la fuente de la verdadera confianza entre los esposos”[9].
El amor conyugal es el amor que toda persona casada conoce bien. Ese amor que un buen día, de modo misterioso y casi sin buscarlo, apareció cuando conoció al amor de su vida. Me refiero al amor cotidiano, el de cada día, al amor que a los casados nos impulsa a vivir unidos y relacionarnos cada vez más con quien amamos, el que nos lleva a desprendernos de tantas cosas buenas para darlas sin condiciones simplemente porque creemos que vale la pena. Ese amor no es la ensoñación que parte de nuestra cultura mediática muestra cotidianamente; es mucho más que un sentimiento. Es sobretodo acción, acto puro, movimiento de nosotros mismos hacia otro, intimidad, tiempo, vida que se comparte, trabajo esforzado, alegría y también dolor y dificultades. “Tendría un pobre concepto del matrimonio y del cariño humano quien pensara que, al tropezar con esas dificultades, el amor y el contento se acaban. Precisamente entonces, cuando los sentimientos que animaban a aquellas criaturas revelan su verdadera naturaleza, la donación y la ternura se arraigan y se manifiestan como un afecto auténtico y hondo, más poderoso que la muerte”[10].
Hemos visto que el amor conyugal, además de ser un misterio, es la donación de sí mismos que hacen un varón y a una mujer, en razón de la bondad intrínseca que tiene la sexualidad humana. Esta donación es de tal entidad que afecta el ser de los cónyuges y genera en ellos un nuevo modo de ser en la unión, una comunión de personas que, sin destruirlas, las perfecciona haciéndolas más humanas. Este amor, está llamado a conformar a lo largo del tiempo una unión de uniones entre los esposos y constituye un verdadero camino de perfección humana para ellos.

[1] HERVADA, J. (1987) “Diálogos sobre el amor y el Matrimonio” – EUNSA – tercera edición pp.23
[2] WOJTYLA, Karol (1999) “El Don del Amor” – 1999 - Ed. PALABRA – segunda edición pp. 60.
[3] HERVADA, J. (1987) “Diálogos sobre el amor y el Matrimonio” – EUNSA – tercera edición pp.26
[4] TOMÁS DE AQUINO “Suma Teológica” – Cuestión 20, artículo 2.
[5] POLO, Leonardo -Conferencia 1976 publicada por la revista Nuestro tiempo de Pamplona en 1979 (nº 295: pp. 21-50), y reeditada en 1993 con el título La versión moderna de lo operativo en el hombre como capítulo tercero del libro Presente y futuro del hombre (Rialp: Madrid); pp. 62-86
[6] VILLADRICH Pedro-Juan - “El Ser Conyugal” - pp 39
[7] HERVADA, J. (1987) “Una Caro” – EUNSA – primera edición pp. 482.
[8] VILLADRICH Pedro-Juan - “El Ser Conyugal” - pp 58
[9] VILLADRICH, Pedro Juan “El Ser Conyugal” - RIALP – primera edición pp. 91.
[10] ESCRIVÁ, Josemaría “Es Cristo que Pasa” Nº 24