Que el hombre y la mujer son las dos formas en que acontece la realidad humana es una evidencia. Lo sorprendente es la facilidad con la que se olvida esta gran verdad. En demasiadas ocasiones, después de decenas de años de vida matrimonial, los cónyuges siguen sin aceptar, en la práctica, sus diferencias en el modo de pensar, hacer o sentir. Consciente o inconscientemente se espera del otro lo que nos gustaría recibir y no lo que nos puede dar. Es una expectativa vana, que al no verse satisfecha, puede inducir al desaliento. El hombre y la mujer están llamados a sumar capacidades, apuntalar limitaciones y armonizar esfuerzos, pero cada uno de una forma distinta.
La vida real, la literatura, y la observación atenta de nuestra propia experiencia, nos descubren las falsas tragedias montadas por nuestra imaginación y que tantas veces ensombrecen de amargura las relaciones entre uno y otro, por no haber reparado en que son distintos y se expresan de modo diferente.
Cuando un hombre al entrar en casa, se olvida de dar un beso a su mujer, saluda con un monosílabo, y presiona inmediatamente el botón de la TV, no significa, necesariamente, que haya dejado de quererla, sino que busca una esponja que le borre las preocupaciones que trae de la calle. Cuando una mujer interrumpe el elocuente discurso de su marido sobre las "stock options", para recordarle que está averiada la caldera de la calefacción, no es una frívola, ni deja de valorar las ideas de su marido, sino que piensa que al día siguiente hay que bañar a los niños con agua caliente. Los ejemplos concretos podrían multiplicarse. Son alfilerazos, más o menos hondos, que llegan a convertir el ánimo en un acerico, cuando no se repara en que cada uno es diferente.
No es preciso insistir en el orden de los principios, pero sí en el del acontecer diario, que las diferencias entre el hombre y la mujer, no son de altura, nivel o calidad: no son superiores el uno al otro. Son tan distintos como la cara y la cruz de una misma moneda, que es la naturaleza humana.
El hombre funciona por sacudidas y la mujer por constancia. Ella es capaz de hacer cinco cosas a la vez, mientras él hará una detrás de otra. Una mujer es resolutiva al hacer frente a acontecimientos imprevistos, que a un hombre bloquean. Un hombre es propenso a abstraerse con las ideas, y la mujer está mucho más próxima a la realidad inmediata y a las personas que la encarnan. El hombre pretende, a menudo, vencer sin convencer, y le suenan a artificiales las tácticas o estrategias, la mujer triangula con facilidad, siendo más refinada, acogedora y, desde luego hábil. Ella sabe poner ilusión en lo pequeño, mientras al hombre le cuesta comprender que lo menudo es hermoso. Con gran facilidad para la comunicación, a la mujer le cuesta aceptar el hermetismo del hombre. Son también diferentes en el pensar: mientras el proceso psicológico del hombre es más lento, ella llega muchas veces a un conocimiento muy certero por un golpe de vista. Al hombre, el dolor, aunque sea de muelas, le abate, mientras la mujer está mejor dotada para soportarlo. Sin embargo, el humor de la mujer es más cambiante porque cualquier acontecimiento afecta a su totalidad, ya que su vida es más unitaria. El hombre es más sectorial y no es difícil encontrar a quienes tienen un comportamiento esquizofrénico en el trabajo y la familia.
Quizá han resultado unos rasgos excesivamente impresionistas, a la vez que superficiales y rápidos, en los que el hombre no ha salido bien parado. Realmente se buscaba resaltar las diferencias, a la vez que la complementariedad. Lo importante es no perder de vista el hecho diferencial, sin olvidar que por muchos años que transcurran en un matrimonio, siempre existirán zonas opacas del uno para el otro. Unas veces se producirán de forma consciente para defender la inviolable intimidad personal, que siempre hay que respetar y defender por la otra parte; en otras ocasiones, porque inconscientemente permanecerán entre brumas, las últimas razones de un modo de actuar. Es posible que ahí resida parte del atractivo mutuo. El amor tomará consistencia al amar a la otra persona como es. ¡Qué maravilla que existas así!: en tu irrepetible singularidad.
Resulta llamativo observar el grado de conocimiento que San Josemaría tenía de esta realidad diferencial del hombre y la mujer. La Providencia le había permitido tratar íntimamente a dos mujeres excepcionales: su madre, doña Dolores, y su hermana Carmen. Su forma de ser, su respuesta y forma de ponderar los acontecimientos, su capacidad de entrega, fueron para él un elocuente testimonio. Por otra parte, su permanente labor pastoral, unida a una capacidad de penetración en los pliegues de las almas, poco común, le habían mostrado las evidentes diferencias entre el hombre y la mujer. También había detectado algo más importante: la reacción que en cada uno de ellos produce el modo de ser del otro. Son innumerables los matrimonios a los que trató a lo largo de su vida, con los que mantuvo jugosas conversaciones, cuando le visitaban en Roma o en sus viajes de catequesis por Europa y América. Al escucharle quedaban impresionados por las certeras sugerencias que hacía a la pareja cuando apenas los conocía. Comprobaban que daba en la diana de lo que cada uno necesitaba.
Sus enseñanzas incidían sobre aspectos de la vida ordinaria. La convivencia es posible cuando todos tratan de corregir las propias deficiencias y procuran pasar por encima de las faltas de los demás: es decir, cuando hay amor, que anula y supera todo lo que falsamente podría ser motivo de separación o de divergencia. En cambio si se dramatizan los pequeños contrastes y mutuamente comienzan a echarse en cara los defectos y las equivocaciones, entonces se acaba la paz y se corre el riesgo de matar el cariño.
En ocasiones parece que espera el eco de nuestra queja y sale al paso para apaciguarla. Si alguno dice que no puede aguantar esto o aquello, que resulta imposible callar, está exagerando para justificarse. Hay que pedir a Dios la fuerza para saber dominar el propio capricho; la gracia, para saber tener el dominio de sí mismo. Hacía ver con cariño, pero con claridad, que el mayor enemigo de la “felicidad” y de la “fidelidad” conyugal es la soberbia, el amor propio, que, aunque tiene la misma raíz, se manifiesta de formas diversas: para ellos es "querer tener siempre la razón"; y en ellas, la queja lastimosa de quien se siente víctima. Junto a estas ideas fundamentales añadía, a menudo, una indicación práctica, por conocer muy bien las "quejas" de los hombres, en los que la vista es la entrada del corazón. Era el momento de recordar a las mujeres que siguieran conquistando a sus maridos por su aspecto agradable y atractivo. Es el viejo refrán castellano sobradamente experimentado: "la mujer compuesta, saca al hombre de otra puerta". A los hombres les invitaba a poner una sonrisa "de payaso" aunque llegaran a casa cansados.
Cabe destacar un punto al reparar en las diferencias del hombre y la mujer. El Fundador del Opus Dei, aunque tenía muy presente las peculiaridades de uno y otro, no había hecho de ellas unas alambicadas teorías que le llevaran a encerrarles en compartimentos estancos. Con frecuencia hablaba de la mujer y le reconocía capacidades tradicionalmente masculinas, como la reciedumbre, a la vez que exigía a los hombres el cuidado esmerado del detalle.
Cuando hacían furor las corrientes feministas, tan estrechas como reivindicativas, en aspectos que podrían degradarlas, superó audazmente aquellos planteamientos. Lo específico, no viene dado tanto por la tarea o por el puesto cuanto por el modo de realizar esta función, por los matices que su condición de mujer encontrará para la solución de los problemas con los que se enfrente, e incluso por el descubrimiento y por el planteamiento mismo de esos problemas. Es lo más genuinamente femenino lo más valioso de esa aportación.
Muchas veces, sin ánimo de lisonja, al dirigirse a las mujeres, las decía: sabéis más que nadie en el mundo, porque el amor es sapientísimo. Es insustituible ese amor, esa presencia de la mujer que se siente más que se ve, porque como explica Juan Pablo II, la feminidad realiza "lo humano" tanto como la masculinidad, pero con una modulación diversa y complementaria. Su ausencia se detecta en la familia o en la sociedad al comprobar sus traspiés.
En la lectura atenta de los escritos de san Josemaría Escrivá, surgen a cada paso consideraciones o sugerencias de inmediata aplicación para la convivencia entre hombre y mujer en su rica variedad de matices. Te quejas de que no es comprensivo... -Yo tengo la certeza de que hace lo posible por entenderte. Pero tú, ¿cuándo te esfuerzas un poquito por comprenderle? Es decir, hay que dar el primer paso, el segundo y el tercero, para buscar al otro, sin enrocarse en una torre de marfil de paciente incomprendido. Se impone una asepsia mental para no dejarse contaminar por el virus de los juicios fáciles, o impresiones apresuradas. Sería injusto bucear en las predisposiciones del otro: mientras interpretes con mala fe las intenciones ajenas, no tienes derecho a exigir comprensión para ti mismo.
Si Dios les ha hecho el uno para el otro, cada vez que el hombre o la mujer se quejan de su soledad, han de detenerse a ponderar su propia actitud, que suele levantar dos murallas construidas piedra a piedra. La primera de ellas levantada por esas miradas indiferentes como si el otro fuera un extraño. La segunda porque el gesto, la palabra o los modales violentos cierran el camino a cualquier acercamiento.
En todo caso, una visión certera y auténticamente cristiana de la vida, ha de plantear las relaciones hombre-mujer con suficiente conciencia del progreso humano para romper viejos moldes. A lo largo de los siglos ha cristalizado una mentalidad de enfrentamiento que ha llegado a convertirse en premisa fatal que urge rectificar. Las diferencias no tienen por qué deteriorar el amor y abocar a la ruptura: se trata de abordarlo desde una postura positiva. Hay que destacar que desde el principio de la creación: la mujer es ayuda para el hombre, como el hombre es ayuda para la mujer, pues están llamados a existir recíprocamente el uno para el otro.
Desde los chistes jocosos, a los lamentables sucesos recogidos por la prensa, pasando por los arabescos literarios de todas las épocas, ha llegado a cristalizar el prejuicio de un entendimiento imposible. Sin consideraciones melifluas, la vida nos muestra que son lógicas las discrepancias y por lo tanto lo sensato será tener la suficiente perspicacia para no encallar el ánimo en la falta de acuerdo, sino abrirse para hacer el recorrido que media hasta la puesta de acuerdo. San Josemaría aludió frecuentemente a estas situaciones con sugerencias muy concretas sobre esta realidad, tan frecuente entre los matrimonios, que calificamos de trifulcas. La cita incide en un aspecto clave que aparece en los momentos en que se pierden los nervios: Porque los peligros de un enfado están ahí: en que se pierda el control y las palabras se puedan llenar de amargura, y lleguen a ofender, y aunque tal vez no se deseaba, a herir y a hacer daño.
Es preciso aprender a callar -cuestión nada fácil-, esperar a decir las cosas de modo positivo y sereno. Cuando uno se enfada, es el momento de que el otro sea especialmente paciente, hasta que llegue otra vez la calma. Si hay cariño sincero y preocupación por aumentarlo es muy difícil que los dos se dejen dominar por el mal humor a la misma hora...
Algo tan obvio como generalmente olvidado, es que debemos acostumbrarnos a pensar que nunca tenemos toda la razón. Incluso se puede decir que, en asuntos de ordinario opinables, mientras más seguro se esté de tener toda la razón, tanto más indudable es que no la tenemos. Discurriendo de este modo, resulta luego más sencillo rectificar y, si hace falta, pedir perdón, que es la mejor manera de acabar con una regañina, en lugar de elevar las insignificancias a la categoría de universales, ni sacar conclusiones extremadas. Al fin y al cabo, nuestras discrepancias se producen siempre con quien más cerca nos soporta. No os animo a pelear -comentaba con realismo San Josemaría-: pero es razonable que peleemos alguna vez con los que más queremos, que son los que habitualmente viven con nosotros. No vamos a reñir con el preste Juan de las Indias. Por tanto, esas pequeñas trifulcas entre los esposos, si no son frecuentes -y hay que procurar que no lo sean-, no denotan falta de amor, e incluso pueden ayudar a aumentarlo.
Hay que situar la dificultad allí donde se encuentra: en el interior de cada hombre y de cada mujer. Sería pueril consumir muchas fuerzas en pesar y medir las culpas de uno y otro, en un constante juego de tenis. Estar todo el día con la balanza en la mano, para medir "lo mucho" que damos, no conduce a nada. San Josemaría hablaba del amor a Dios con una referencia al amor humano. Cuando se ama de verdad, se da con alegría, sin llevar la cuenta y sin buscar agradecimiento: ¡es suficiente, entonces, para el alma, la oportunidad de gastarse gustosamente! No se piensa si ya se ha hecho mucho, o si cuesta: en el trato con Dios no se repara en los obstáculos porque, como en el amor humano, no hay dificultades ni defectos que impidan la conversación con la persona amada.
Junto a esta actitud, cuasi-mercantil, de medir lo que aporta cada cónyuge, existe otra opinión demasiado generalizada que sitúa el origen de todos los males en la propia institución que une a un hombre con una mujer para toda la vida. Es un planteamiento viciado en su propia raíz. El matrimonio no es el culpable, sino la garantía de un final dichoso. La sabiduría de Dios diseñó a cada sexo para una relación armónica. A partir de ahí tendremos que concluir que todos los desencantos y fatigas que achacamos al matrimonio son exactamente aquellos que proyectamos cada uno de los cónyuges con nuestras torpezas y desamores. Quizá la pregunta habría que formularla así: ¿es duro el matrimonio o es blando el hombre? Parece que la conclusión inmediata es la flaqueza del hombre. Cierto, pero frente a este dato, hay otro hecho de mucha mayor entidad: que el don de Jesucristo no se agota en la celebración del sacramento del matrimonio, sino que acompaña a los cónyuges a lo largo de toda su vida.
amor entre varón y mujer
El amor conyugal, además de ser un misterio único y maravilloso, es la donación de sí mismos que hacen un varón y a una mujer, en razón de la bondad intrínseca que tiene la sexualidad humana. Esta donación libre es de tal entidad que afecta el ser mismo de los cónyuges y genera en ellos un nuevo modo de ser en la unión, una comunión de personas que, sin destruirlas, las perfecciona haciéndolas más humanas a lo largo del tiempo.
miércoles 4 de agosto de 2010
Hombre y mujer los creó
lunes 21 de junio de 2010
Educar para la verdad y el amor, misión de padres y maestros
César Chinguel Arrese
IntroducciónHablar de educar a
profesores es como tratar de enseñar a volar al viento. Qué puedo decirles a profesores con experiencia no sepan ya. Hablar en treinta minutos sobre la relación que hay entre los conceptos de educar, verdad, amor, paternidad y pedagogía, no es fácil. Nuestro queridísimo Juan Pablo II decía que uno de los problemas de nuestra época es que vivimos una crisis de conceptos, y por ello nuestros esfuerzos de comunicación pierden eficacia.
Es evidente que en el inicio de nuestra vida, cuando fuimos concebidos, nuestra vida no estaba finalizada, como no lo está ahora. Iniciamos nuestra vida con todas nuestras potencias humanas completas, pero queda en manos de nosotros terminar de hacernos viviendo en el tiempo y haciendo uso de la libertad en las diversas circunstancias de la vida cotidiana. Al nacer somos un conjunto de potencias capaces de convertirse en realidad, potencias que necesitan del discurrir de la vida en el tiempo y de nuestras decisiones libres. Así, al nacer tenemos la potencia de caminar, de hablar, etc. No nacemos hablando, pero guardamos en nuestro ser la capacidad de aprender a expresarnos en el tiempo.
A propósito del tiempo, ahora les invito a viajar en el tiempo para recoger algunos conceptos que pueden ayudarnos a conformar la relación entre educar, verdad, amor y paternidad.
¿Qué es el AMOR?
Viajemos al año de 1975 y caminemos por Cracovia, será inevitable encontrar a Karol Józef Wojtiyla. Lo encontramos en un auditorio hablando con voz fuerte y clara, estará muy sereno presentando su libro “La Familia como Comunión de Personas”. Aunque él no lo sabe aún, la Providencia Divina le tiene reservada una gran sorpresa para dentro de tres años, a partir del año 1978 lo hará sucesor de Pedro, y con ello hará un regalo a la humanidad.
Para Karol Wojtyla, el fundamento que da sentido a la vida del hombre es el amor. A partir de este pensamiento va hilvanando ideas sobre el amor humano. Dice que el amor es un misterio que consiste en la donación incondicional que hace una persona de sí misma a otra, para alcanzar el bien de la otra como si fuera el propio bien.
Ejemplos tenemos de sobra. Todos podemos evocar con facilidad el amor de nuestros padres, para los casados, el amor a nuestros hijos, el amor entre hermanos, entre amigos, y sobretodo el Amor de los amores, el amor al Creador.
En el plano humano, todos estamos llamados a ser felices amando a nuestros seres queridos. A nuestra esposa, a nuestros hijos, a nuestros padres, hermanos y amigos. Nos sentimos complacidos cuando nuestros afectos son acogidos con cariño humano, cuando los demás se abren a nuestros afectos. Por eso la correspondencia es esencial en el amor humano, por eso el aislamiento y la soledad nos afecta tanto. Venimos del Amor, vivimos para amar, nuestro fin último es el Amor.
Vayamos a 1590 para escuchar a Juan de Yepes Álvarez, cofundador de los Carmelitas Descalzos que como tal, ha adoptado el nombre de Juan de San Matías. Con el pasar del tiempo lo conoceremos como el gran San Juan de la Cruz, Doctor de la Iglesia. San Juan de la Cruz decía lo siguiente: “Al atardecer de nuestras vidas, de lo único que nos examinarán es en cuánto y cómo hemos amado”
¿Qué es EDUCAR?
En el año 2001 el Diccionario de la Real Academia Española, en su edición veintidós, dice que la palabra educación deriva de latín educere "guiar, conducir" o educare "formar, instruir". Con cualquiera de las dos acepciones, educar hace referencia a guiar la formación de una persona. Constituye un proceso que consiste en de guiar a otro en el proceso de formarse conociendo la verdad del mundo que le rodea, y en ese proceso, reconocerse a sí mismos como parte esencial de esa realidad.
La educación así entendida requiere de al menos dos personas, el que educa -el guía- y el que es educado – el guiado-. Lo curioso de este proceso es que quien educa, y mientras educa, se va educando también a sí mismo. Hay un efecto reactivo que favorece a quien educa, si lo hace bien, y lo desfavorece o lo deseduca si lo hace mal. Por ello, la novedad es que mientras educamos, también nos estamos educando a nosotros mismos.
Viajemos unos siglos en el tiempo, por ejemplo al año 322 antes de Cristo, y nos encontraremos caminando por el centro de Atenas, en Grecia. Ingresemos al Liceo, nombre de una escuela, y nos encontraremos con Aristóteles y sus alumnos, a quienes llamaban los “itinerantes”, por la costumbre del maestro de darles clases mientras paseaban por los jardines de la escuela. Tomemos pues los conceptos de “materia” y “forma” del maestro más portentoso de la historia antigua y uno de los más influyentes en nuestra cultura occidental. Aristóteles les va explicando que la educación tiene una materia y tiene una forma.
Les dice que la “materia” de la educación tiene dos vertientes, por un lado la verdad encerrada en el ser de todo lo creado, y por el otro, la persona humana en su dimensión unitaria biológica, afectiva y personal. Les dice que estas tres dimensiones no están superpuestas, la persona no es un cuerpo al que se le a sumando un espíritu, somos cuerpo y somos espíritu humano al mismo tiempo, y con el tiempo vamos creciendo en lo humano conservando esta unidad substancial.
Aristóteles les comenta que la “forma” de la educación es el conocimiento de la verdad que es capaz de alcanzar la persona que aprende. Empleando una palabra griega, es el “telos” o el conocimiento del fin de la persona humana.
Sintetizando, la educación tiene como materia: la verdad y la persona, y tiene como forma el conocimiento de la persona.
Existe una Pedagogía General, aplicable a todas las personas, que está orientada a formar las inteligencias de las personas buscando hacerles conocer la verdad de las cosas. También existe otra pedagogía, la Pedagogía Diferencial, que considera la educación en función de las diferencias personales, tales como su edad, sexo, personalidad, entorno familiar, etc. Mientras la primera considera ideas universales sobre la educación, la segunda considera su aplicación a cada caso concreto.
La Pedagogía Diferencial reconoce que cada persona es única e irrepetible. No hay dos personas iguales, ni dos familias iguales, por lo tanto, una educación eficaz debe estar orientada a personalizar lo universal a lo particular y concreto. Estoy seguro que todos estaremos de acuerdo en que lo más propio es orientar nuestro quehacer profesional como educadores hacia la Educación empleando la Pedagogía Diferencial, si soslayar los lineamientos fijados por la Pedagogía General.
Los Padres
Hay una institución que de modo natural practica la Pedagogía Diferencial. Esa institución es la familia. La familia es el único ámbito social en donde se reconoce el ser de cada uno de sus miembros simplemente por hijos. Cada padre, de modo natural, trata a su hijo tal como es. Nadie como los padres para conocer a sus hijos, y nadie como ellos para buscar su bien y su felicidad.
El hijo desde que nace entrega mucho más a sus padres de lo que recibe de ellos. Desde su gestación, enseña a sus padres requiriendo de ellos la generosidad de su entrega, el olvido de si a favor de ellos, el postergar anhelos por amor a los demás, la formación del carácter, el orden, el trabajo, y tantas y tantas virtudes que los padres adquieren al tener un hijo. Contrariamente a lo que se cree, esa entrega generosa a los hijos une más a los esposos y los hace encontrar nuevos e insospechados horizontes de unión íntima que proporciona esa alegría luminosa tan características de los que se aman de verdad.
Cuando hay amor en la familia, el dolor y las dificultades se vuelven pequeñas, y todos encuentran en la firmeza y virilidad del padre y la delicadeza y feminidad de la madre - junto a la incondicional entrega de ambos - ese gancho que los impulsa a crecer y superar las naturales dificultades de la vida diaria. Papá es más que una palabra, es un concepto que nos hace mirar, aún sin darnos cuenta, hacia nuestro origen, hacia el origen de nosotros mismos. No estaríamos aquí y ahora, si no hubiéramos recibido el don de la vida de nuestros padres, y tantas cosas más a través de ellos. Lo que somos, e incluso mucho de lo que seremos en la vida, decisiones importantes, modo de ser y de ver el mundo, se lo debemos a esa fuente de vida que nos permitió, sin mérito nuestro, venir a este mundo tan bello, apasionante como contradictorio.
El matrimonio tiene tres fines: la procreación, la educación de los hijos, y la ayuda mutua de los cónyuges. Corresponde a los padres cuidar y educar a sus hijos. La naturaleza proporciona a los padres la sabiduría natural necesaria para esta labor. Las madres no han estudiado técnicas pedagógicas, pero si se lo proponen con recta intención, son las mejores educadoras. La razón de fondo de esto es que aman a sus hijos.
Relación
El amor humano se manifiesta de diversos modos. Si el amor es entre padres e hijos, la modalidad se denomina amor filial, si el amor es entre hermanos se llama amor fraternal, si es entre un varón y una mujer se denomina amor conyugal, y si es entre dos amigos se denomina amor de amistad. Todas son modalidades del amor.
La labor formativa, que va más allá de la simple transmisión de conocimientos, requiere que exista amor humano. Los padres forman a sus hijos fundamentalmente porque los aman y buscan su bien incondicionalmente.
Para que un educador pueda ser y hacer eficiente su labor educativa se requiere que el amor de amistad esté presente. El profesor pasa de ser un simple instructor a ser un educador cuando se hace amigo de su discípulo, cuando el amor en su modalidad de amistad establece vínculos de unidad de tal entidad que facilitan la humanización del alumno, y como ya hemos mencionado anteriormente, también al profesor por reacción.
Los titulares de la educación son los padres, y los educadores se ponen al servicio de la misión de los padres. Se equivoca aquel profesor que busca reemplazar a los padres y trata de sustituirlos, eso sería un desorden. El buen profesor es fundamentalmente un gran amigo de su alumno, y trata de estar en coordinación con los padres para establecer juntos objetivos educativos.
¿Para qué educamos padres y maestros?
Educamos para que los alumnos puedan ejercer su libertad, para prepararlos para que vivan mejor, para que se equivoquen menos, y para que sean más felices, en síntesis para que amen mejor. Para que sepan encontrar la bondad en la vida cotidiana y puedan elegir lo que es mejor para ellos, lo que les proporciona un bien verdadero. Para ello se requiere formar a la inteligencia con la verdad. Si conocemos la verdad de las cosas, podremos elegir mejor. El otro aspecto esencial es educar la voluntad para que tenga la fortaleza de elegir lo bueno aunque el bien cueste.
Si la finalidad del hombre es ser feliz amando, la clave de su felicidad está en ser capaz de reconocer lo bueno y amable en su vida. Los padres y los profesores son los llamados a asumir esta responsabilidad. Finalmente hay que decir que nadie da lo que no tiene, y si queremos formar a nuestros alumnos, debemos formarnos primero nosotros mismos. La ejemplaridad es un aspecto fundamental en un maestro.
Padre y maestro son dos conceptos que no nos pertenecen, los padres y los maestros somos instrumentos de la paternidad y sabiduría divinas. Tenemos una gran responsabilidad. Muchas gracias,
Dr. Ing. César CHINGUEL ARRESE
lunes 21 de septiembre de 2009
Homosexualidad
Cada órgano que poseemos tiene una finalidad, cada funcionalidad biológica se orienta a una finalidad, conocida o desconocida por el hombre. Con los medios tecnológicos a nuestro alcance, cada día no hacemos más que comprobar esta realidad dual, entre la existencia de una realidad y el fin que justifica su existencia. Sin embargo, muchas veces pasamos por alto un tercer componente sin el cual, la dualidad medio-fin no pasaría de ser más que un simple fenómeno aislado en equilibrio causa-efecto. Ese tercer componente, inseparable de los dos anteriores, es el orden que conecta la dualidad medio-fin con las otras realidades de la naturaleza, para producir una armonía natural de un grado mucho mayor que la simple dualidad causa-efecto.

viernes 19 de junio de 2009
PADRES
Caminando de la mano con el menor de mis hijos, sentí de repente que éste, sin ninguna explicación, y sin mediar acto previo, me besó la mano y me dijo: te quiero papá. Conmovido, y avergonzado porque mi cabeza se ocupaba de cosas poco importantes, volví el rostro y miré con cariño a mi hijo. Seguimos caminando y me quedé con esa amorosa actitud en el corazón. ¿En qué momento me convertí en papá?, pienso mientras mi hijo sigue en lo suyo, que por ser suyo no deja de ser importante. Al no tener experiencia sensible como las madres, los padres nos descubrimos, sin demasiada conciencia, que un buen día somos nada menos que padres.

Pero, ¿cuándo empecé a ser realmente padre? Pienso que la condición de padre ya estaba en mí desde el momento que, gracias a mis padres, fui concebido. Toda acto humano no sería posible, si antes no hay un antecedente previo contenido en nuestra naturaleza. En el caso de los animales, el ave vuela porque en su naturaleza existe la potencia de volar, pero no puede vivir bajo el agua debido a que no cuenta con esta potencia, que si la tienen por ejemplo los peces. En el caso de las plantas, un manzano dará siempre manzanas y no naranjas, porque contiene en su naturaleza la potencia de dar, a su tiempo y mediando las condiciones requeridas, sólo manzanas. Por ello, todo hombre tiene en potencia llegar a ser padre, y lo será si median las condiciones que su naturaleza establece
La paternidad se constituye así en un don recibido por medio de nuestros padres, y éstos de los suyos, así de generación en generación. Como no se puede retroceder infinitamente – es un absurdo-, existe en la génesis del hombre algo que es fuente de esa paternidad, que la contiene por sí mismo, que no la ha recibido de nadie y que la comunica donándola incondicionalmente, es decir, que ofrece continuamente por amor algo de su propio ser: la Paternidad. Así, toda verdadera paternidad humana hunde sus raíces en la infinita paternidad Divina.
Por eso, cuando escuché ese “te quiero papá”, en honor a la verdad, y aunque por venir de mi hijo el corazón se revele regalándose a sí mismo emociones gratas, no me queda otra opción que dar gracias a Dios por el regalo maravilloso de la paternidad, medio que comunica la vida, y constituye también un instrumento estupendo de mejora personal para los padres ... en ese andar extraordinario de la vida ordinaria en familia. ¡Felíz día papás!
miércoles 17 de junio de 2009
Matrimonio Civil y Matrimonio Religioso
Manuel, amigo de la infancia, me vio desde la acera de enfrente y sin tomar en cuenta el denso tráfico, cruzó la acera corriendo y, ante mi sorpresa, nos confundimos en un fraternal abrazo. Es que no veía a Manuel desde aquellos lejanos tiempos en que pasábamos las horas jugando sin la más mínima preocupación. Recuerdo que no sabíamos de necesidades económicas, que las había desde luego, ni de obligaciones más allá de los deberes escolares que tratábamos de culminar antes de las seis de la tarde para poder salir a jugar al parque. ¡Bueno! qué ha sido de tu vida, me dijo con aire de navegante que llega al puerto cargado de grandes aventuras. La verdad me sentí algo intimidado por ese hombre con pinta de aventurero y que dejé de ver aún niño cuando decidí irme de mi ciudad natal para estudiar fuera.
Bueno, le dije tímidamente tomando sus propias palabras y fingiendo una voz igualmente fuerte… yo me casé y cuento en la actualidad con cinco hijos…; casi sin tomar atención a lo dicho siguió comentando: Yo me casé una vez por lo religioso y dos por lo civil, aunque ahora disfruto de la vida sólo y sin compromisos, ya sabes, ¡más vale solo que mal acompañado! Al oír esto me vino a la mente, como un destello incontenible, mis conversaciones con Pedro. Él es un intelectual de las ligas mayores, cuya trayectoria profesional que es sencillamente extraordinaria, como todo lo ordinario que se hace muy bien. Pedro tiene la generosidad de brindarme su valiosa amistad.
Pedro me decía: “…vivimos un fenómeno de desnaturalización del matrimonio en la cultura y en la praxis del mundo occidental, en cuyo punto de partida el origen, la estructura y los fines esenciales que permiten reconocer una unión entre el varón y la mujer como matrimonio se entienden fundamentados en la misma e inmutable naturaleza humana; mientras que el punto de llegada, en cambio, esos mismos elementos de la institución matrimonial son considerados una estructura legal producida por un modelo socio-económico e ideológico, dominante en un determinado momento histórico, para servicio y perpetuación de un muy concreto modelo de sociedad y de unos valores en sí mismos relativos y caducos”. En suma, me explicaba con paciencia, la cultura actual interpreta que el matrimonio ha dejado de ser una institución de derecho natural, para pasar a ser un producto ideológico-religioso, y por último, una mera institución legal vigente cuyo fundamento se limita al derecho positivo... ¡vamos, se cree que su fundamento es una simple ley! … aún me parece oírle con su inconfundible acento catalán. ¿Cómo puede ser esto?, le dije casi obligado a comentar algo sin entender la radicalidad de sus palabras… Es que la gente piensa que hay dos matrimonios, uno civil y otro religioso, ¡grave error!... ¡grave error!..., me dijo. ¡Obviamente es un error! Le dije sin comprender demasiado debido a mis abundantes limitaciones intelectuales.
Pedro con gran paciencia me explicó en sucesivas conversaciones, que aún continúan para bien mío, que el origen y el fin de la Estructura Esencial del Matrimonio hunden sus raíces en la naturaleza humana, en el derecho natural (iusnaturalista). No hay más que un único matrimonio que se genera a partir de la esencia de la dimensión sexuada de la naturaleza humana, que impulsada por la libertad personal permite a un varón y a una mujer entregarse total e incondicionalmente por amor, y al hacerlo la potencia contenida en la conyugalidad de ambos logra engendrar y traer a la existencia una novísima unidad, única e irrepetible, de esencia puramente natural, a la que llamamos matrimonio. El matrimonio manifiesta toda su bondad abriendo horizontes de comunicación conyugal tan extraordinarios, que encaminan a los propios cónyuges hacia el bien mutuo. No es por tanto el municipio, el párroco, u otro tercero que produce el matrimonio, solo el varón y la mujer impulsados por su amor y su libertad pueden hacerlo, y esto es extraordinariamente bueno por ser radicalmente natural. Hay que decir que en el caso de los católicos, ese matrimonio natural constituye, además, sacramento.
jueves 4 de junio de 2009
Aborto y Economía
El aborto es un crimen incalificable, pero también es un desastre económico. El costo del aborto para la economía de los Estados Unidos se podría calcular en billones de dólares. Algunos analistas van más allá. Ellos dicen que el aborto nos está costando una recesión.
“Si aceptamos que sería simplista atribuir la crisis financiera actual a la tendencia de Estados Unidos de matar a los niños por nacer, es igualmente simplista fingir, como muchos lo hacen, que el aborto y la crisis económica no tienen ninguna correlación en absoluto.”
Howard, ha rastreado los efectos del aborto institucionalizado en la economía norteamericana desde 1995, y predijo el descenso en el que actualmente nos encontramos. “No importa como lo miren, el agresivo control poblacional tendrá un enorme costo en el crecimiento económico del futuro que no podrá recuperarse nunca. Efectivamente, es una pérdida que repercutirá a través de las futuras generaciones. Sin un nuevo y gran Baby Boom que dure otros 40 ó 50 años, aquel crecimiento se habrá perdido para siempre.”
“No tenemos una crisis de endeudamiento,” el continúa, “tenemos una crisis de muerte.”
De acuerdo a Howard, una proyección conservadora de la pérdida del Producto Bruto Interno a causa del aborto asciende al increíble monto de US$ 35 mil billones de dólares. Si Uds. toman en cuenta el número de bebés perdidos por los anticonceptivos abortivos como la píldora, IUDS y RU-486, el número se duplica. “Se puede calcular la población faltante tomando como base las tendencias de nacimientos anteriores,” dijo Howard en una entrevista con Population Research Institute, “y luego las modificaciones que sufrieron en un periodo de tiempo.” Howard basa sus cálculos en el aporte económico directo de los individuos a la economía.
Al hacer estas verificaciones estadísticas, la situación es exactamente la contraria a la supuesta “sobrepoblación”. En lugar de una “bomba poblacional,” Howard afirma categóricamente que estamos enfrentando una “bomba del aborto”. A diferencia de las predicciones falsas de Ehrilich, las advertencias de Howard se vienen cumpliendo en el presente. No estamos hablando aquí de un cronograma exactamente. Pero sus estimados son sorprendente acertados. Por ejemplo, pronosticó una probabilidad de 50% de un colapso económico dramático para el año 2000, una probabilidad de 80% para el 2010 y de 100% para el 2020. Para entonces, insistió que el colapso sería una certeza económica.
Mientras que estos plazos son algo inexactos como para ser considerados un pronóstico, lo cierto es que la escasez de nacimientos está empeorando nuestra actual recesión económica. A los varios factores que nos han empujado a la actual crisis económica, desde prácticas de intereses inescrupulosos para compradores de casas a la falta de una supervisión reguladora en Wall Street, debemos agregar el aborto.
Otra perspicacia interesante de Howard tiene que ver con las economías regionales de Estados Unidos. Durante la crisis económica de 1989-1994, encontró que la economía se recuperó más rápidamente en aquellos Estados con baja tasa de abortos. De hecho afirma que “los Estados con bajas tasas (de aborto) casi no sufrieron recesión alguna, mientras que aquellos con tasas elevadas, principalmente Estados demócratas, estuvieron en recesión cinco años más tarde.”
¿Cómo sugiere Howard reactivar la economía en el presente?
Concientizar a la gente de la importancia de los bebés, incluso a aquellos que defienden la vida. Howard dijo al PRI que muy a menudo, no se alcanza a ver “la complejidad de este asunto y cuán serio y fundamental es para nuestra sociedad.” Howard enfatiza el poder de las leyes y reglamentos a favor de la vida (menciona específicamente la enmienda Hyde). Más importante aún en su opinión es el tema de la educación. “Tenemos que educar al público,” dice. “El problema es que la mayoría de gente es totalmente ignorante acerca de lo que les está costando a ellos mismos y lo que cuesta al país en general.”Este punto está subrayado en su artículo. “Necesitamos restablecer el verdadero poder de la gente haciendo un gobierno más receptivo a las necesidades de los trabajadores y sus familias”, señala. “Necesitamos reconocer que las familias son el fundamento social y unidad económica de una sociedad por la simple, y más profunda, razón de que ellos son la fuente de toda oferta y demanda.”
Howard se lamenta de la hostilidad reinante entre los intelectuales demográficos que mantiene una situación donde “a cualquier defensor de la vida que ve la conexión entre el aborto y los males económicos del mundo lo hacen sentir como un zorrillo en una fiesta al aire libre”. Nosotros en Population Research Institute hemos observado este fenómeno en nuestro trabajo también. No importa cuantos hechos, estadísticas y números podamos reunir para sustentar nuestra causa, a la postre nuestros argumentos siempre serán desestimados a priori por los defensores del aborto a ultranza.
La conexión entre tasas de natalidad sólidas y el crecimiento económico ha sido permanentemente ignorada. Quizá ahora, con el colapso económico que nos rodea, estos argumentos puedan ser escuchados como se merecen.
lunes 18 de mayo de 2009
Sentir no es consentir
Como es sabido, por estos días ha saltado a los medios de comunicación el caso de un sacerdote que ha sido fotografiado con una chica de la que dice sentirse enamorado. Varias personas –especialmente jóvenes– me han preguntado una opinión sobre el asunto, y personalmente no la diera sino porque veo que así como ellos hay varias personas que están un poco confundidas y otras que –vamos a decirlo claramente– aprovechan para confundir más todavía.
Sin embargo, no vamos a tratar del “negocio” –bien lucrativo– del escándalo, ni de las campañas contra la Iglesia Católica, ni del sacramento del orden sacerdotal, ni sobre la necesaria formación y atención de los jóvenes sacerdotes, ni otras cosas más que serían pertinentes, pero que sería muy largo exponer. Sencillamente y para salir al paso de la confusión de las mentes jóvenes, he acudido a una frase o refrán que dice “sentir no es consentir”. Se trata de una adecuada educación de los sentimientos que también sería muy largo exponer, pero que en estas breves líneas trataremos de resumir en el sentido común, para recordar que siendo importantes los sentimientos, ellos no son los más importantes, no tienen la primacía, por lo que no pueden estar al mando ni llevar adelante nuestra vida.
Aunque los sentimientos humanos son muchos: decenas de decenas: simpatía, envidia, odio, temor, tristeza, aversión, deseo, desesperanza, compasión, amor, adoración, etc., podemos ver algunos casos, por ejemplo la aversión. Uno puede sentir aversión respecto de una persona por ejemplo porque ha hablado mal de nosotros, porque con sus acciones demuestra un empeño en hacernos daño, etc. Así, ante ella podemos “sentir” una especie de revulsivo interior, por esa falsedad, mezquindad o maldad de sus acciones.
Y tenemos dos opciones, una es dejarnos llevar de ese sentimiento. Pero también tenemos otra: esforzarnos en dominar ese sentimiento dándonos las razones adecuadas: por ejemplo: detén ahora este sentimiento porque si no se va a convertir en rencor y de ahí en uno peor que es el odio, etc. Acto seguido uno puede separar a la persona de sus acciones, tratando de comprenderla, con lo cual surgen los sentimientos contrarios: la compasión y la misericordia: qué pobre, la envidia le ha llevado a distorsionar la realidad y a obrar injustamente, etc.
Es decir, que lo más que podemos pensar es que ha perdido la objetividad, con lo cual le quitamos uno de los dos requisitos de la voluntariedad que es lo que nos llevaría a juzgar a esa persona como mala. Al contrario, decimos: ¡es que no se da cuenta! Y entonces, no consentiríamos en la aversión, el rencor o el odio; y en cambio seguiríamos nuestro camino con paz y tranquilamente. Es un ejemplo de cómo sentir no es consentir. Sentimos aversión, pero dominándole, acabamos sintiendo algo distinto.
Así pues, una cosa es sentir y otra distinta consentir: uno puede ver que aparece dentro de uno un sentimiento y puede consentirlo o no hacerlo de modo que en su lugar aparecen otros. De lo contrario, los sentimientos dominarían nuestra vida. Pasa lo mismo con cualquiera de los otros sentimientos. Así, por ejemplo, el deseo. Si las personas no contralaran sus deseos, si alguien pasara por la casa de otro y le gustara su televisor y dijera: como siento deseos de tenerlo y no puedo dominarme, entonces se lo quito, con eso se llegaría a implantar el caos en la sociedad: me gusta o deseo tu mujer, entonces me la quedo, etc.
Los sentimientos no pueden mandar. Los seres humanos tenemos que ejercer un control sobre ellos. ¿Cómo se controlan? Con la inteligencia y la voluntad. Por ejemplo, uno puede haberse comprometido a trabajar tales horas, y puede ser que en determinado momento uno “ya no sienta ganas” de hacerlo. Pero no por eso consiente y abandona el trabajo. Uno no se deja llevar de las ganas, porque de lo contrario, la gente se iría de su trabajo a la hora que quisiera o hiciera lo que sus ganas le pidieran. Sería un caos. Al revés, uno se siente desganado, reflexiona y se sacude ese sentimiento, aplicándose al trabajo.
Algo parecido sucede cuando alguna vez podemos descubrir un sentimiento amoroso sobre alguien, pero si uno tiene un compromiso previo con otra persona, entonces reflexiona y ve que aquel sentimiento no es conveniente, porque aparece delante aquel compromiso adquirido libremente y con ello un tema de justicia con otra u otras personas. Entonces se sacude ese sentimiento, una vez y las que hagan falta. De mandar los sentimientos se iría con aquella persona a la que inclinaran sus sentimientos, abandonaría a su mujer (o su marido), a sus hijos, y es probable que como siga dejándose llevar del sentimiento luego de una segunda persona se iría con una tercera y así.
Al contrario, si no se le hace caso al sentimiento, el sentido común se abre paso, porque prima la lealtad, con los deberes que derivados, y los derechos de la otra persona a quien se debe ya que esos compromisos uno los asumió libremente, nadie le obligó a hacerlo. Si no, si priman los sentimientos, los deseos, cada quien no sólo se iría con quien le provoque, sino que además cada vez sería temporal, hasta que no se pase por delante alguien que más astutamente se le “meta por los ojos”, que sea más aduladora que la anterior o que juegue un juego más certero y entonces le desate un torbellino mayor de sentimientos. Si esto se fuera generalizando, si todos los compromisos se pisotean, si los deberes se incumplen, etc.; la sociedad y la vida personal perderían, al contrario, en esas situaciones se reclama el sentido común y el control de los sentimientos, tanto para el auténtico bien de cada uno como para la paz de la vida social. El sentido común dice que sobre los sentimientos –aunque nos acompañen mientras vivamos– no se asienta una vida, sino en nuestra capacidad racional que reflexiona y alcanza la verdad y en nuestra voluntad que busca el bien.
jueves 30 de abril de 2009
martes 2 de diciembre de 2008
Necesitamos de los fundamentos
Olvidándose de su innegable contingencia y sus evidentes limitaciones de espacio y tiempo, fragmenta su propia unidad sustancial conformada por su realidad biosomática, afectiva psicosomática, y su inteligencia y voluntad personal, reduciéndo esta unidad a un simple modelo psicosocial. Como todo reduccionismo, este modelo contiene sólo una parte de la verdad del hombre, un aspecto cierto de la realidad, aunque se propone engañoso como la verdad absoluta, muchos académicos pretenden desde ese enfoque parcial explicar la totalidad del hombre, su comportamiento y fines. Se construye así un castillo de naipes cuyos pilares son la relación democracia-verdad, el modelo psicológico-social, y el positivismo absoluto.
Así, se llega a afirmar que lo que se decide por vía democrática supera las verdades naturales del hombre, algo así como que usted y yo inicemos una campaña y decidamos por mayoría democrática que ya no hay dos sexos naturales, a saber varón y mujer, sino que ahora hay tres, o cuatro, o el número que cada grupo social proponga considerando solamante su mundo afectivo-sensible, su aspecto psicológico y rompiendo con el resto de su verdad biosomática y personal. Sobre ese sucedáneo de verdad, se edifica un derecho positivo que ordena, o mejor dicho desordena, las normas que protegen la institucionalidad del matrimonio natural, aquel que se deriva de la unidad que engendra la entrega libre e incondicional que efectúan un varón y una mujer de su conyugalidad viviendo una extraordinaria cobiagrafía, creando así una unidad tan antigua como el hombre mismo, unidad que denominamos matrimonio, que fundamenta y da inicio a otra institución natural fundamental, que es la familia matrimonial.
Como todo aquello que se edifica sobre el error, sobre un terreno ausente de verdad, tarde o temprano, más temprano que tarde, empieza por trastocar los fundamentos mismos de la sociedad. Sobran ejemplos de los aciertos y desaciertos de los países que llamamos modernos, sobre el maltrato que efectúan a las dos instituciones naturales de ámbito social más fundamentales del hombre, el matrimonio y la familia. Ojalá nosotros sepamos cuidarlas y protegerlas, sin seguir tan irracional moda, rompiendo aquel dicho castellano que reza, "a donde va Vicente, pues donde va la gente".
jueves 3 de julio de 2008
Ser padres
El amor a un hijo, como la ternura y entrega de una madre, son conceptos fáciles de entender para un corazón sencillo y humilde, pero muy difíciles de abordar cuando se intentan comprender con complejas argumentaciones psicológicas. Por eso se afirma que la ciencia no necesariamente conduce a la sabiduría, y la sabiduría no exige como condición imprescindible alta ciencia. En este marco es que me gustaría tocar el tema de la paternidad.
Para un varón, el sentido de paternidad es tan profundo, como radical. A diferencia de la mujer, el varón no tiene la experiencia sensible de la gestación del hijo, simplemente lo “ve crecer”, lo observa, y va asimilando esa nueva experiencia poco a poco. Esta falta de experiencia sensible no disminuye su sentido de paternidad, por el contrario, le induce a interiorizar el don de la paternidad.
Nadie como el padre para comprender que su paternidad y aquello que la grandeza de la sexualidad humana ha generado por el amor a una mujer, por sí misma, no alcanza para crear una nueva vida. El padre sabe que su paternidad no es más que una co-participación de algo que lo supera, algo que va más allá de lo puramente humano, algo divino. Esta experiencia paterna se hace más evidente cuando, con el paso de los años va comprobando cómo sus hijos se van convirtiendo en hombres y mujeres de bien.
Juan Pablo II nos recordaba en su “Carta a las Familias” que la paternidad es un don, una gracia y un verdadero misterio, una riqueza “sublime”, a la que los padres deben acercarse de “rodillas”. Ningún hijo ha sido engendrado como fruto del azar o de la casualidad. En el origen de toda persona está presente la voluntad del Creador que regala a los padres una nueva vida para cuidar y amar.
Por eso, el mayor “negocio” humano es tener un hijo. El hijo desde que nace entrega mucho más a sus padres de lo que recibe de ellos. Desde su gestación, enseña a sus padres: al requerirles la generosidad de su entrega, el olvido de sí a favor de otro, el postergar anhelos por amor a los demás, la formación del carácter, el orden, el trabajo, y tantas virtudes más. Y contrariamente a lo que se cree, esa entrega generosa a los hijos une más a los esposos y los hace encontrar nuevos e insospechados horizontes de unión íntima que proporciona esa alegría luminosa tan características de los que se aman de verdad.
Cuando hay amor en la familia, el dolor y las dificultades se vuelven pequeñas, y los hijos encuentran en la firmeza, empuje y audacia del padre, y la delicadeza, comprensión y ternura de la madre - junto a la incondicional entrega de ambos - ese gancho que los impulsa a crecer y superar las naturales dificultades de la vida diaria. Papá es más que una palabra, es un concepto que nos hace mirar, aún sin darnos cuenta, hacia nuestro origen, hacia el origen de nosotros mismos.
No estaríamos aquí y ahora, si no hubiéramos recibido el don de la vida de nuestros padres, y tantas cosas más a través de ellos. Lo que somos, e incluso mucho de lo que seremos en la vida, decisiones importantes, nuestro modo de ser y de ver el mundo, se lo debemos a esa fuente de vida que nos permitió, sin mérito nuestro, venir a este mundo tan bello, apasionante, y también contradictorio.
viernes 21 de diciembre de 2007
Navidad
Ha llegado el momento de parar el trajín diario y dejar de lado las urgencias para mirar, aunque sea por poco tiempo, lo verdaderamente importante. El nacimiento del hijo de Dios es uno de esos momentos importantes de la historia. No podemos imaginar lo que sería el mundo si Dios, todo Amor y Perfección, no se hubiera humillado a la condición humana para restaurar nuestra naturaleza caída. Sin duda es un acto de amor, y es precisamente el amor el eje de estas fechas entrañables.Me gustaría céntrame brevemente en la Cátedra de Belén. Mirando a José trabajando oculto por amor; a María amando el más grande Misterio; y la fragilidad del Dios hecho Niño. Nos estremecemos de ternura, y nuestras entrañas se conmueven ante la pureza del amor humano y divino.
Qué cariño, desprendimiento, humildad, alegría, cansancio, trabajo, limpieza, pobreza, y sobretodo Amor, debe haber invadido a la Sagrada Familia. Qué simples y grandes deben haber sido sus reflexiones, al ver que los hombres, llenos de complejos y complicaciones, no los recibían. Y con qué cuidados deben haber recibido al Niño Dios. En verdad que si las familias de todas las épocas no miramos con atención esa cátedra estupenda de amor humano y divino, no encontramos sentido a la grandeza del matrimonio y la familia.
Imagino a José, en oración agradeciendo la confianza de Dios y meditando sobre la mejor manera de cuidar al mismísimo Dios ¿Es que cabe mayor responsabilidad y honor?, luego, atesorará los bienes materiales ofrendados por los reyes magos para costear, en parte, el penoso viaje a Egipto para mantener a salvo a su hijo. Con cuanto cuidado irán gastando lo poco que tienen, y con qué cariño irá José consultando a María cada decisión…con cuánto amor le responderá María. Ellos, tienen los pies bien puestos en la Tierra, pero la cabeza siempre firme en el Cielo.
Que la alegría de esta Santa Navidad no nos aparte del camino, y que sepamos, como la Sagrada Familia, encontrar a Dios en las pequeñas dificultades de la vida de familia, si no lo encontramos ahí, no lo encontraremos nunca.
¡Feliz Navidad!
martes 4 de diciembre de 2007
¿QUÉ ES LA FAMILIA?
En los tiempos que corren se pone en tela de juicio cuestiones que hasta hace poco tiempo eran evidentes. Se pone en tela de juicio lo que es un varón, una mujer, un matrimonio, una familia natural, la homosexualidad, la ley natural, etc.La ley natural establece los límites a todo ser vivo, y entre ellos, al hombre. Realidades radicales para la persona como el inicio de la vida, la muerte, la necesidad de alimentarse, de relacionarse con otros, etc., son parte de esta ley natural que rige la vida del hombre. A nadie se le ocurriría decir que su vida no ha tenido un inicio, y que está libre de la muerte; tampoco que a partir de ahora nos se alimentará, etc. La ley natural existe e ignorarla es un absurdo, es inhumano. La ley natural supera al hombre, pues existe antes que él, y de hecho toda la historia de la ciencia no es más que una serie de sucesos que nos cuentan de cómo la humanidad va develando este orden maravilloso, y al hacerlo, va encontrando que es insondable. La ley natural rige la biología humana, su afectividad y funcionalidad biosomática y psicosomática, y está presente en sus facultades superiores: su inteligencia y voluntad. La persona tiene una inteligencia superior a la del mono, pero inferior a la del ser que le mantiene en la existencia; tiene simplemente la inteligencia que la ley natural establece para una persona humana, ni más ni menos.
Todos los hombres tenemos algo en común, algo que compartimos por el solo hecho de ser personas humanas; y en eso somos todos iguales. A partir de esta igualdad fundamental, empiezan una serie de diferencias que nos van configurando a cada uno como el ser que somos, y no otro. Nadie es igual a otro, es simplemente distinto a los demás, pero mantiene esa “raíz humana” común que le da su condición de persona con dignidad humana.
Esa misma ley natural muestra externamente dos modos básicos de ser persona humana: biológicamente varón y biológicamente mujer, vemos nacer varones y mujeres. Pero todos sabemos que no somos sólo biología, usted y yo no somos solo cuerpo, somos mucho más. Somos una afectividad, somos personas que actuamos decidiendo, somos una serie de relaciones con otras personas; algunas de estas relaciones son tan íntimas que nos hacen considerar a otros como los nuestros: mi mujer, mi marido, mi hijo, mi hermano, mi hermana, mi amigo, etc. Otras relaciones no son tan íntimas, como mi colega, mi conciudadano, mi paisano, etc. Las relaciones más íntimas, más intensas, y más reales, son aquellas que nos comprometen, llegando incluso a impulsarnos a la entrega interpersonal e incondicional de nosotros mismos, y a eso llamamos amor.
Pues bien, la ley natural establece una relación natural única y radicalmente humana entre un varón y una mujer: el amor conyugal. Esta relación, además de ser un misterio único y maravilloso, es la donación de sí mismos que hacen un varón y a una mujer, en razón de la bondad intrínseca que tiene la sexualidad humana. Cuando alcanza su plenitud, afecta el ser mismo de los cónyuges – varón y mujer - y genera en ellos un nuevo modo de ser en la unión, una comunión de personas que, sin destruirlas, las perfecciona haciéndolas más humanas a lo largo del tiempo, dejando de ser un varón y una mujer, para ser más, para ser un esposo y una esposa. Y a esto llamamos matrimonio natural.
La palabra "matrimonio" viene del latín “matri” “munus” que significa literalmente el "oficio de la madre". Este oficio, el de la madre, consiste en engendrar en su seno, dar a luz y criar a los nuevos ciudadanos con la cooperación irremplazable de quien está unido a su ser: su marido. Esta es la clave del derecho matrimonial, me refiero al derecho positivo bien encaminado. Quien crea que el matrimonio sólo consiste en un pacto privado para convivir e intercambiar favores sexuales, está errado y a merced de las ideologías de moda. El derecho natural, que rige el verdadero matrimonio, es la referencia más sólida que tenemos, y por lo tanto nada más lejano a una moda pasajera.
El matrimonio justifica antropológicamente nuestra modalidad sexual de varones y mujeres. Pero además, posibilita el nacimiento de los hijos, tal y como está previsto por el derecho natural; a los hijos les asiste el derecho natural de nacer y crecer en un matrimonio naturalmente bien constituido. Es una grave falta a sus derechos, los del niño, no poner los medios para favorecer este entorno naturalmente necesario, dicho en palabras, es el medio ambiente mínimo que todo ser humano necesita y merece en justicia por el sólo hecho de ser persona. Es una exigencia de su dignidad humana.
En el matrimonio los hijos son aceptados incondicionalmente por el simple hecho de serlo, y al nacer establecen con sus padre relaciones de amor que conforman una familia matrimonial. Como la sociedad no es otra cosa que la suma de sus familias, una familia bien conformada es de beneficio para la sociedad entera. O dicho de otro modo, una sociedad con familias mal constituidas o con un grado alto de disfuncionalidad, será una sociedad enferma y desorientada. Esto no quiere decir, en modo alguno, que las familias bien constituidas sean perfectas, como no son perfectos el esposo, la esposa, y los hijos que la conforman, pero al tener como eje de común unión al amor humano verdadero, logran superar extraordinariamente bien sus imperfecciones particulares para constituirse en la familia que necesitan los hijos y los esposos para crecer humanamente bien. Es evidente que a partir de una familia matrimonial, puede que por muerte del padre, la madre, o ambos, quede establecido un núcleo de amor en los hijos, que es también una familia como extensión de un origen matrimonial.
Una familia así constituida es el verdadero eje de toda sociedad. En este mundo maravilloso en el que nos ha tocado vivir, lleno de tecnología y capacidad mediática, conviene no perder de vista el derecho natural que nos muestra nuestra raíz más verdadera: la dignidad de personas humanas destinadas a ser felices en el amor, siendo el matrimonio y la familia es un camino extraordinario para lograrlo.
sábado 10 de noviembre de 2007
Retos de la familia actual
“¡El futuro de la humanidad se construye en la familia! Por consiguiente es indispensable y urgente que todo hombre de buena voluntad se esfuerce por salvar y promover los valores y exigencias de la familia”.
Estas palabras de Juan Pablo II nos plantean una cuestión fundamental de la que nadie está exento. Es admirable cómo Juan Pablo II acierta rápidamente al mencionar la promoción de los Valores y las Exigencias en la familia. Todo lo que vale en la vida plantea una exigencia, un esfuerzo por conseguirlo, y lo que no vale se consigue con suma facilidad.
2. Sabemos de modo natural cómo vivir el matrimonio y la familia
Soy consciente que no vengo a plantearles nada nuevo. Todos los que nos hemos reunido esta tarde conocemos muy bien por experiencia propia lo que significa constituir un matrimonio y una familia. La sensación que tengo es la de querer enseñarle a hacer pan a un buen panadero. Sin embargo, soy consciente que no nos viene nada mal que dediquemos unos minutos a reflexionar sobre esas dos realidades tan importantes para nuestra vida.
Hoy en día se habla mucho de la familia. Instituciones supranacionales publican declaraciones a favor de la familia, curiosamente términos como familia, matrimonio, varón, mujer, sexualidad, género, ven cómo su significado se va vaciando de contenido, generando confusión en la sociedad. Por eso, es bueno que, aunque tengamos claros los conceptos, conversemos de estos temas para poder orientar del mejor modo a nuestros hijos y alumnos.
Quiero proponerles conversar en primer lugar del matrimonio y de la familia, para luego abordar algunos les retos que plantea la época actual.
3. La intimidad y Familia
La familia es la realidad social más íntima que tiene la persona humana; en ella, el hombre nace, crece, se forma, pero fundamentalmente, sale de sí mismo y aprende a amar.
Todos nos conocemos y nos reconocemos en ese interior nuestro, en ese ámbito privado a donde nadie puede ingresar sin nuestro permiso. Ese ámbito al que solamente ingresan las personas queridas, las persona amadas. La intimidad somos nosotros mismos, es nuestro ámbito privado que tiene niveles más externos, incluso visibles como el cuerpo, y llega a profundidades que solamente nosotros conocemos, en donde estamos solos ante nosotros mismos.
La intimidad se puede compartir, por ejemplo con nuestros conocidos, con nuestros amigos, nuestra familia, etc. En la familia, el nivel de apertura de la intimidad de sus miembros es tal que permite un ambiente propicio para el amor, es como un campo muy fértil para amar.
Cuando nacen los hijos se unen y comparten, a su modo, a la intimidad amorosa de sus padres. Son acogidos y aceptados como parte de esa intimidad, con un alto grado de pertenencia; por eso decimos “mi hijo”, “mi padre”, “mi mujer”, “mi marido”, porque de verdad los sentimos en nuestro interior, porque parte de ellos está en nosotros.
Está comprobado que psicológicamente el recién nacido se siente parte de un todo con sus padres y continúa así hasta la progresiva afirmación de su yo.
Solamente la familia permite la aceptación de todos sus miembros por el simple hecho de ser miembros de ella. Es el ámbito propio donde se puede confiar en los demás. Fuera de la familia, somos consideramos por cómo somos, en cambio en la familia no importa si el hijo es alto o bajo, más o menos inteligente, en la familia el hijo es recibido y amado simplemente por ser hijo y parte de esa familia. Este ambiente es único y propicio para aprender a amar. Por eso decimos que la familia es la realidad social más íntima que tiene la persona humana
4. Hedonismo y Familia
Una de las cuestiones que ponen en riesgo la estabilidad de la familia es el hedonismo. La traducción que muestra la Real Academia de la Lengua para este término es: “Doctrina que proclama el placer como fin supremo de la vida”. En pocas palabras, “lo que importa es sentirse bien”, por encima de otros valores humanos.
Hace unas pocas semanas me fue a buscar una buena amiga, a la que conocía por la felicidad que mostraba su joven matrimonio. Ambos profesionales de clase media con un hijo envidiable. Cuando me buscó me sorprendió al comentarme que su esposo le había dicho que “sentía que su matrimonio ya no funcionaba”
Claro, ese “ya no funciona” significa en buen castellano, ya no siento lo que sentía antes. En realidad, cada día que pasa vamos cambiando y cada día que pasa somos, sentimos, y amamos de diferente modo. El amor en el matrimonio es extraordinario si se va viviendo cada día de acuerdo a la edad de los cónyuges.
No se puede ni se debe apoyar la estabilidad de un matrimonio y la familia en el sentir, en el sentimiento, solamente en lo emocional. El matrimonio se asienta fundamentalmente en la razón. Por eso se dice que: “uno no se casa por amor, uno se casa para amar”. El matrimonio no se mantiene unido porque se quieren los esposos, se mantiene unido porque los esposos “quieren quererse” porque se saben que se pertenecen el uno al otro. El quererse en el matrimonio pasa a ser una consecuencia de saber vivirlo naturalmente bien.
5. Naturalidad del Matrimonio y la Familia
El matrimonio y la familia son dos instituciones naturales, es decir, existen desde que existe el varón y la mujer. No fueron creados por ninguna cultura, y por lo tanto, la propia naturaleza marca sabiamente un modo natural de vivir tanto el matrimonio como la familia.
En la creación existe una sabiduría y un orden para poner todo lo creado al servicio del hombre, si el hombre no lo respeta con sus actos, se deshumaniza y en extremo puede llegar a destruirse a si mismo.
¿Pero cuál es este orden? La familia se inicia con el matrimonio, y éste es la unión de un varón y una mujer por amor. Esta unión es de naturaleza sexual, en el más amplio significado de la palabra. Por lo tanto la grandeza de la sexualidad humana se expresa de modo pleno en el matrimonio y en la familia. El mejor ámbito para vivir la sexualidad es en el matrimonio, y sus efectos se trasladan de modo natural e inmediato a la familia.
La mayor parte de lo que vemos de bueno o malo en la familia se desprende del modo como vivimos nuestro matrimonio. Un hogar en el que las relaciones entre papá y mamá marchen satisfactoriamente, promoverá relaciones de cariño y amor entre los hijos que también serán satisfactorias, generando un ambiente propio para el crecimiento de virtudes humanas.
Por ello es fundamental alentar una buena relación entre los padres, no sólo porque es bueno por el amor que se profesan, sino porque de ello depende la salud espiritual y emocional de los hijos.
En el matrimonio se vive el instinto natural para la perpetuación de la especie humana, que pone en los esposos el deseo del uno por el otro, proporcionando el placer por dar cumplimiento a la pro-creación de la vida humana, tanto a nivel biológico como espiritual. Instinto, deseo y placer son muy buenos en la medida que se orienten a cumplir la finalidad que la propia naturaleza humana exige.
6. Amor y matrimonio, ¿Qué papel juega el amor?
El amor es una realidad tan cercana a nosotros mismos que es difícil definirlo. Es como cuando vemos una pintura muy bella a tan corta distancia que no podemos apreciarla ni describirla. En la medida que nos alejamos de ella, la veremos mejor.
El amor somos nosotros mismos en movimiento de entrega mutua entre personas. A lo largo de la historia el hombre va dejando manifestaciones más o menos perfectas, o incluso imperfectas, de esta fuerza inexplicable que lo arrastra a buscar el bien de otra persona, incluso con actos heroicos.
Esta gran “fuerza” es el amor humano. La finalidad de toda persona es el Amor. Tenemos como origen el Amor, estamos hechos para vivir amando y nuestro destino último es el Amor.
El amor en el matrimonio eleva al instinto sexual a la categoría humana; eleva al instinto, el deseo y el placer a una experiencia radicalmente humana. El amor nos hace humanos; es decir, seres capaces de amar, eso es lo que nos da la categoría de personas, categoría que se eleva en la medida en que se incremente la calidad de nuestros amores: “Una persona vale lo que valen sus amores”.
En el matrimonio, los amantes se pertenecen mutua y realmente. En la medida que la inteligencia hace más suyo este sentido de pertenencia, el amor se hace más fuerte y puro.
7. ¿El amor en el matrimonio es siempre igual?
El amor es siempre el mismo, pero va cambiando en la medida del tiempo y de su maduración.
Si el amor somos nosotros mismos, que abriendo nuestra intimidad, nos unimos a otros dándonos mutuamente, entonces el amor cambiará en la medida que el tiempo vaya marcando cambios en nosotros.
El amor tiene edades que, como todo lo humano, van dando progresivamente sentido a la vida del hombre. No aparece maduro repentinamente sino que nace incipiente y lleno de potencia humana; va creciendo y pasando por etapas o edades que lo van haciendo madurar. Por ello, hay que cuidarlo y conservarlo, pues es nuestro más preciado valor.
8. ¿Y cómo podemos aprender a amar?
Sólo se aprende a amar amando. El amor es una experiencia tan íntima de la persona que no es posible conocerlo sin vivirlo, es decir, amando.
Por ejemplo, nadie puede explicar a una mujer soltera en qué consiste el amor maternal, si ésta nunca lo ha vivido, si nunca lo ha experimentado. Una cosa es “desear” ser madre obedeciendo la llamada del “instinto” maternal, y otra muy distinta es vivir la “experiencia personal” de ser madre “amando” a “un hijo en concreto”, es decir: a su hijo, uno con nombre propio, único e irrepetible.
Pero este tipo de amor no es el único. Otro tipo es el amor entre hermanos, el amor a los abuelos y tíos, etc. El amor entre una madre y un hijo es un “tipo específico” de amor humano.
De todos los tipos de amor que se dan en la familia hay uno que sobresale por su importancia: el amor entre los esposos que es la materia de comunión entre los casados y fundamento de toda familia. El amor conyugal funda nuevas familias. De su calidad depende la buena formación de los hijos.
Si la relación amorosa entre los esposos es saludable, el resto de los amores en la familia suelen darse también de modo saludable, si el amor entre los esposos presenta dificultades serias, los demás amores familiares suelen reflejar estos problemas.
Toda familia se inicia con un hecho que es tan antiguo como el hombre mismo. No importa la cultura, el tiempo, el lugar, allí donde se encuentran un varón y una mujer, que experimentan estremecidos una atracción y una fuerza que no comprenden, y donde existe la decisión mutua de compartir juntos la vida, este hecho maravilloso se repite.
De este modo, la familia matrimonial empieza con el encuentro inusitado entre dos personas, un varón y una mujer, que tras conocerse, van madurando mutuamente su relación amorosa hasta que deciden entregarse en donación mutua para toda la vida: el matrimonio.
9. ¿Qué es exactamente la familia?
“La familia es, sobre todo, una comunidad de amor formada por personas que comparten lazos de sangre, que empieza con el matrimonio de un varón y una mujer y crece por su amor generoso abierto a la vida”.
Pensemos por un momento en una familia sencilla, en la que el padre trabaja con esfuerzo para sacar adelante a sus hijos con gran dignidad. Una familia en la que los esposos se quieren bien y se entregan sin reservas el uno al otro, que muestran con el ejemplo el modo de vivir con alegría las lógicas dificultades que toda familia debe enfrentar, dificultades que al ser superadas les mejoran como personas.
En ese hogar, aunque falten los medios económicos o aunque los haya en abundancia, los hijos crecerán arropados por el amor de sus padres, en un ambiente de exigencia natural, donde todos, a su modo y de acuerdo a sus circunstancias, se preocupan por los demás.
No hay ni ha habido en la historia, un ámbito más apropiado para el crecimiento humano que su familia. La familia es el espacio donde la persona vuelve a reponer fuerzas, porque allí las encuentra. En la familia los hijos, aprenden a respetar, a discutir, a compartir, a socializar, a conocer, es decir, adquieren virtudes.
¿Hay algún padre que no quiera lo mejor para sus hijos? Los padres quieren lo mejor para sus hijos, y eso “mejor”, es que ellos mismos – los hijos – sean mejores personas.
Este estilo de relación al interior de la familia está al alcance de cualquier familia sin importar su nivel socioeconómico y su cultura porque depende del amor. Es frecuente ver familias con economías holgadas, pero con dificultades familiares muy serias, tanto, que son profundamente infelices. Y se puede encontrar familias sencillas profundamente felices por la calidad de amor que se profesan.
10. Familia y sociedad
Cuando los hijos crecen en hogares bien constituidos, la sociedad en su conjunto mejora, pues ésta – la sociedad - no es una idea abstracta, es una realidad muy concreta: la sociedad es lo que son sus familias.
Entre los abundantes medios que la tecnología nos ofrece actualmente, nuestra época se caracteriza por ser la era de la información. Los aciertos y los errores que ocurren en un lado del planeta nos llegan casi instantáneamente en cuestión de segundos. Esto hace que las culturas[1] se conozcan y se asimilen a velocidades antes desconocidas.
En todas las épocas la familia ha tenido dificultades, y no podemos ignorar las que enfrenta la familia en los tiempos que corren, pero tampoco podemos “llorar sobre la leche derramada”.
Existen dificultades reales, distintas a las que vivieron nuestros padre, y ciertamente, también diferentes a las que tendrán que vivir nuestros hijos y nietos. Pero el hombre tiene a su alcance el modo para resolver estos problemas en la medida en que sea fiel a sí mismo, a su propia naturaleza y, en definitiva, a su fin último.
En general, la sociedad no sabe cómo responder a situaciones que le son nuevas, ante los cambios la sociedad vive un proceso de asimilación. Mientras dura este proceso, hay aciertos, desaciertos.
Pongamos un ejemplo de desacierto: Ante una mal entendida libertad de expresión se permite la venta de agresivas publicaciones que lesionan la moral pública y privada. Basta con darse una vuelta por la ciudad y detenerse en un puesto de venta de diarios para comprobar que la pornografía se vende con suma “normalidad”. Ante la duda sobre la valoración moral de este hecho concreto podemos preguntar a quienes lucran en esa cadena de negocio (desde quienes trabajan en las imprentas, pasando por quienes transportan, hasta el que vende, sin dejar de mencionar a la Municipalidad que cobra una cantidad diaria al ambulante) si dejarían esas publicaciones en la sala de su casa para que todos sus hijos las vieran. La respuesta obvia sería: NO. Entonces, ¿por qué la sociedad no puede actuar?
Sin darnos cuenta, va surgiendo una falta de sensibilidad para varias cuestiones que afectan a niños y adultos en el seno familiar, porque como bien se sabe, lo que afecta a un niño, afecta igual o peor a un adulto.
Lo mismo podríamos decir de otras cuestiones que afectan a la familia, como son: el divorcio, el aborto y la eutanasia etc. Todo suma en negativo a nuestras familias. Enarbolando banderas de falsa libertad, se vulnera el derecho a la vida tanto en su inicio –en la concepción - como en su etapa final.
Pero, todo lo anterior, con ser muy grave, no es lo más radical. Esos problemas y otros que no hemos mencionado son sólo los síntomas. Lo más importante es que esta falta de sensibilidad ha generando una “verdad relativa”, que no es otra cosa que una mentira sobre el hombre mismo y, por extensión, sobre su realidad social más íntima e inmediata: la familia.
11. Retos de la familia
A mediados de los años sesenta[2] surgió un conflicto generacional en el que los más jóvenes rechazaban el modo de vida urbano impuesto por la revolución industrial, haciendo del rechazo a toda norma y formalismo un nuevo modo de vida. Surge un “progresismo científico” que ebrio de conocimiento, se pone al servicio de industrias de anticonceptivos. Proliferan uniones libres, que no valoran el matrimonio, alterando la raíz misma de la sociedad. La sociedad de consumo domina e impone una moral “apetitiva” – hedonista - que favorece el consumo para obtener el placer separándolo de su finalidad. Aparece en los países industrializados una alarmante disminución de la tasa de la natalidad que genera el envejecimiento de la población, porque nacen menos hijos que los padres que los procrean. Así llegamos a nuestros días en donde conceptos como matrimonio y sexualidad se ponen en duda.
Pienso que hay tres ámbitos en los que debemos estar muy pendientes por su importancia, y por cómo podrían afectar a nuestras familias:
- Los esposos deben redescubrir la grandeza de su vocación al matrimonio.
- El segundo es redescubrir el valor de la entrega generosa a la vida en las relaciones conyugales y la alegría de entregarse a la formación de los hijos.
- El tercer desafío es volver a poner a la familia en el centro de la sociedad.
12. PRIMER RETO: los esposos deben redescubrir la grandeza de su vocación al matrimonio
Los casados debemos redescubrir la grandeza que conlleva la vocación al matrimonio. Que comprendan que se puede ser muy feliz viviéndola con grandes satisfacciones, no exentas de dificultades y dolor.
Es precisamente en este dolor donde está la clave del amor entre los esposos. Lo grande del matrimonio está, paradójicamente, en lo pequeño y ordinario del mismo.
Hay que redescubrir que la entrega por amor en la familia es la verdadera vocación para todos los casados; que es un verdadero camino de perfección para el hombre, y una vía espléndida y apasionante para cumplir la finalidad por la cuál existe.
Que es posible vivir la pureza del amor entre un hombre y una mujer. Y, para los católicos, que el matrimonio es camino predilecto de santidad, es decir, camino para alcanzar la felicidad eterna. Nada produce más satisfacción a los casados que vivirla, y yo diría, hasta disfrutarla, pues es un bien recibido en justicia. No es más hombre el que es infiel a su mujer, pues no ama bien a una mujer sino que la “cosifica”, y al hacerlo se cosifica a si mismo y se deshumaniza como hombre.
Aprender a vivir el perdón. Siempre es posible el perdón, porque en definitiva, y pase lo que pase, tanto el varón como la mujer que se casan, estarán realmente unidos en su ser mientras vivan.
13. SEGUNDO RETO: redescubrir el valor de la entrega generosa a la vida en las relaciones conyugales y la alegría de entregarse a la formación de los hijos
El segundo desafío es redescubrir el valor de la entrega generosa a la vida en las relaciones conyugales y la alegría de entregarse a la formación de los hijos.
La cuestión no es llenarse de hijos, pero tampoco es no tenerlos, la cuestión es que cada matrimonio tiene los medios para saber el número de hijos que generosamente pueda tener. La sabiduría está al alcance de cualquier matrimonio y, en el caso de los católicos, se cuenta con la gracia sacramental del matrimonio.
Quién tiene el deber y, sobre todo, el derecho de educar a los hijos es la familia, en concreto, los padres. Por ello, debemos tener el protagonismo en la educación de los hijos, más aún en temas fundamentales. La familia está por encima de la escuela.
14. TERCER RETO: volver a poner a la familia en el centro de la sociedad
No es que haya salido de la misma sino que está envuelta en una atmósfera de relativismo en la que todos dicen que la familia es muy importante, que es el núcleo y fundamento de la sociedad, que hay que legislar a favor de ella; sin embargo, son muy pocos los que en realidad trabajan a favor de la institución familiar.
La sociedad se debe a la naturaleza familiar y no al revés. En virtud de ello, la sociedad está obligada a proteger los fines del matrimonio y la familia: la procreación, la formación de los hijos y la ayuda mutua para crecer humanamente.
La sociedad debe velar y poner los medios para que la familia cumpla sus fines naturales. Esto se concreta en: trabajo para el padre y/o la madre, vivienda, acceso a la salud, recreación saludable para la familia, profesores bien formados, planes de estudio que respeten la dignidad humana, leyes que protejan el matrimonio, etc.
El eje de la sociedad es la familia, y el eje de la familia es la unión de los esposos. La clave en estos desafíos consiste, fundamentalmente, en darnos cuenta que varones y mujeres - distintos y complementarios - están llamados al amor porque han sido creados para la unión en comunión de vida.
Que es posible vivir plenamente la vida matrimonial y que es en lo cotidiano, en lo sencillo de las cosas pequeñas de cada día, en lo aparentemente intrascendente y hasta monótono, donde el amor nos espera para hacernos plenamente felices.
15. Final
Por último, las causas de los problemas no están fuera de la familia sino dentro. Las dificultades existen y son reales, pero lo importante, lo que realmente genera bondad, está al interior de la familia, en el amor entre sus miembros, y sobre todo, en el amor y fidelidad de los esposos.
No hay que olvidar que al final de nuestras vidas de lo único que nos pedirán cuentas es de cómo y cuanto hemos amados.
Muchas gracias por su atención.
[1] Entiéndase por cultura el modo que tiene un grupo humano de entender al hombre y al entorno inmediato con el que se relaciona.
[2] Tiempos de la “revolución contracultural”, que siguió a la “revolución industrial”