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viernes, 1 de junio de 2007

Masculinidad y feminidad

Hoy conversaba con unos amigos sobre la influencia de los grupos feministas en nuestra cultura. Temas como la teoría de género se propagan como una onda generada por una piedra en un lago, y gente bien intencionada repite conclusiones apresuradas sobre el varón y la mujer, sin darse cuenta de los errores de fondo que contienen sus ideas. Esto no pasaría de una moda más, un tópico urbano, o un signo de nuestro tiempo, si no fuera porque la mencionada onda llega a niveles legislativos produciendo cambios en el derecho positivo de los países, y generando leyes que atentan contra la naturaleza de la persona humana, curiosamente contra aquello que, se supone, deben proteger. Así, somos testigos de cómo se vacían de contenido los conceptos más fundamentales de la sociedad: varón, mujer, matrimonio y familia. La lógica consecuencia de esto es que la sociedad misma en su conjunto se reciente, se enferma, y se deshumaniza.

La naturaleza humana tiene dos modos de ser igualmente dignos y complementarios. Esta complementariedad existe para preservar la especie, formar una familia donde se acojan a los nuevos seres humanos simplemente por el hecho de ser miembros de ella, y para la ayuda mutua tanto del varón como de la mujer que se unen por el amor.

La "persona humana masculina" es tal, por la "persona humana femenina"; y la "persona humana femenina" es tal, porque existe la persona humana masculina. La feminidad se debe a la masculinidad, y la masculinidad a la feminidad. Esto no es un simple juego de palabras, tiene un fundamento antropológico con consecuencias prácticas de orden fáctico: ni la dignidad del varón es mayor que la de la mujer, ni la de ella es mayor que la del varón, ambos son personas humanas de modalidad complementaria, igualmente dignas, que tienen una "inclinatio naturalis" a la unión.

El varón será mas humano en cuanto se acerque más a su verdad, a su ser varón. Y la mujer será más mujer, en cuanto se acerque más a la verdad de su ser mujer. Por ello, el verdadero feminismo, no es aquel que promueve una desfiguración de la mujer acercándola, incluso en apariencia, a la figura y modos de ser masculinos.

La sexualidad humana, que no se limita a la genitalidad, está radicada en el ser mismo de la persona y tiene como finalidad la unión de un varón y una mujer, e informa el ser de toda la persona. Entonces, la sexualidad no es la consecuencia de la cultura, no depende de si quiero ser varón o mujer. Depende fundamentalmente, del ser varón o ser mujer del quien que soy. Por ello, la sexualidad humana no puede ser “una opción” personal dependiente de la inteligencia y la voluntad, como no lo es el que yo quiera volar como las aves, o nadar como los peces. En todo caso, como sucede con otras dimensiones de la persona, podrían presentarse disfunciones o enfermedades que afecten a la sexualidad, pero serían sólo eso, enfermedades que requieren una respuesta terapéutica y científica.

Termino diciendo que la sexualidad humana es natural, digna y buena, y que corresponde a la sociedad, madura y culta, devolverle su real significado para rectificar tantos desaciertos legales que presenciamos, incluso y sobretodo, en países que se dicen desarrollados.

lunes, 9 de abril de 2007

Amor y felicidad


“Si el amor no produce la felicidad, no es verdadero amor”. Con esta frase se justificaba la separación conyugal en un conocido programa de televisión de gran audiencia. Parte de la confusión proviene de considerar a la felicidad como un estado de ánimo en virtud del cual la persona simplemente “se siente bien”, cuando la felicidad comporta realidades mucho más profundas del ser humano.
Para empezar debemos ponernos de acuerdo en el significado de los términos empleados, a saber: amor, felicidad y verdadero. Y debemos hacerlo porque vivimos una época en la cual la ignorancia se oculta sigilosamente bajo el manto engañoso de un vaciado de contenido de los conceptos más significativos para el hombre.
¿Qué es entonces el amor? El amor conyugal, además de ser un misterio, es la donación de sí mismos que hacen un varón y a una mujer, en razón de la bondad intrínseca que tiene la sexualidad humana. Esta donación es de tal entidad que afecta el ser de los cónyuges y genera en ellos un nuevo modo de ser en la unión, una comunión de personas que, sin destruirlas, las perfecciona haciéndolas más humanas a lo largo del tiempo.
Por otro lado, la felicidad es el sosiego y la complacencia que experimenta la persona cuando todo su ser comprueba la bondad de sus actos o de los actos de los demás. A este respecto, el Diccionario de la Real Academia Española dice que felicidad (felicĭtas, -ātis), es el estado del ánimo que se complace en la posesión de un bien.
Y verdad(verĭtas, -ātis) es la conformidad de las cosas con el concepto que de ellas forma la mente, la conformidad de lo que se dice con lo que se siente o se piensa. Por eso la verdad no es democrática, pues aunque la mayoría de los vivientes, estando de día, votaran a que ese momento corresponde a la noche, el día seguiría siendo día y la noche, noche. Hay una verdad intrínseca a cada una de las cosas que corresponde al hombre descubrir según sus posibilidades.
Entonces, si un varón y una mujer, se entregan ellos mismos totalmente por amor, en lo que ahora son y en lo que pueden llegar a ser – en esencia y en existencia – porque es muy buena para ellos esa unión, la felicidad se asentará en el bien de la unión, y no en las dificultades que sacarla adelante comporta. Esta es la verdad del amor y no otra.
La vida comporta realidades humanas que ciertamente no son agradables a primera vista. Una de ellas es la muerte, única verdad que deberemos enfrentar todos los seres humanos. Con ella, se asocian las enfermedades, los sinsabores que experimentamos cuando no recibimos aquello que esperábamos, la infidelidad de un amigo, etc. No por ello vamos a decir que no vale la pena vivir. El vivir se asocia con el dolor y las dificultades, y el amor también. Por eso es un error concebir al amor ajeno a realidades tan humanas como el dolor.
La vida conyugal tiene luces y sombras, las mismas luces y sombras que tienen los amantes, pero sobretodo, tiene la grandeza de la unión personal en la propia naturaleza sexuada que permite una compañía íntima única e irrepetible, que bien vivida, hace profundamente felices a los esposos.

lunes, 2 de abril de 2007

Vida Humana

Chinguel Arrese, César
02 de abril de 2007


La vida humana, aquello que hace posible que usted y yo vivamos, es, en si misma, un gran misterio. Y lo es porque pese a que la ciencia no cesa de descubrir - mostrar aquello que ya está hecho, pero se mantenía cubierto por ser desconocido - la extraordinaria organización de la vida humana, no podrá nunca desentrañar por completo todo su misterio.
La tentación más grande del hombre es pensar que la riquísima e insondable realidad creada puede ser reducida a los límites de su entendimiento. Pongamos un ejemplo muy sencillo. Supongamos que se le pide a un grupo de científicos transmitir y explicar lo que es “una manzana” a un niño de diez años que jamás ha probado una. Nótese que la manzana es una realidad insignificante comparada con lo que es la vida humana. El sentido común, o sabiduría natural, nos dice que por más esfuerzo que hagan los científicos, jamás podrán mostrar la integridad de la realidad “manzana” al niño, y que basta con que éste coma una, para superar, por mucho, todo el conocimiento recibido de los científicos. La abstracción de cualquier realidad es una reducción de esa realidad, más si esta realidad es la vida humana.
La vida es un misterio en el tiempo, y en cada una de sus etapas aporta a la persona un bien específico que no pueden aportar sus demás etapas. Así, usted es el mismo antes de nacer - mientras se estaba gestando en el cálido seno maternal - , el mismo de bebé, el mismo de niño, el mismo de adolescente, el mismo de adulto, el mismo de anciano, y cada etapa le aporta a usted algo específico para que pueda crecer humanamente. Durante todas sus estancias de vida usted es siempre el mismo, aunque su modo de vivir se manifieste de modo diverso en cada una de ellas.
Entonces podemos concluir dos cuestiones: primero, que nuestro entendimiento es limitado y no puede abarcar completamente la totalidad del misterio de la vida, y segundo, que siempre somos la misma persona en cada etapa de nuestra vida. Con estas dos verdades evidentes nos podemos plantear la siguiente cuestión: ¿Puede la sociedad marcar una línea temporal durante la gestación y decidir en qué momento empieza la vida? ¿Puede el derecho positivo anteponerse al derecho natural? ¿Puede una madre destruir una vida humana porque ésta se encuentra aún en su etapa más incipiente? El sol no es solamente la luz que vemos y el calor que sentimos. ¿Existe solamente aquello que podemos ver y comprender, o hay mucho más?
La vida debe ser respetada desde sus inicios, a saber, desde el momento de su gestación en que madre e hijo tienen un ADN propios, desde el momento en que hay una persona humana con toda su potencia. Un niño de un año tiene en potencia el llegar ser un adulto de setenta. El niño por nacer también tiene esa potencia y lógicamente ese derecho. Es de sentido común.

martes, 6 de febrero de 2007

COMPROMISO ENTRE PADRES Y EDUCADORES PARA LA DISCIPLINA ESCOLAR

César Chinguel Arrese
1.Introducción
Cuando pensaba en el mejor modo de enfocar el tema que nos ocupa se me ocurrió pedir consejo a mi mejor amiga – mi mujer - sobre qué pensaba ella de la disciplina en el hogar. Me sorprendió cuando me dijo que nunca lo había pensado, que era un concepto que le parecía poco familiar. Que más bien ese concepto le recordaba a instituciones ajenas a la familia. Pregunté a otros padres de familia y su respuesta fue más o menos similar. No tengo la suerte de ser un Pedagogo como ustedes, aunque tenemos en común el profundo amor que guardamos a nuestros hijos, y por ello, intentaré plantear en los próximos minutos una breve reflexión del tema desde la óptica familiar. Para empezar, veo conveniente establecer ciertos códigos de comunicación común para evitar confusiones. Empezaremos por aclarar los conceptos que nos ocupan, a saber: disciplina y compromiso. Continuaré con un breve comentario relacionado a la autoridad, y a continuación, plantearé unas reflexiones sobre las líneas de acción de los padres y profesores que les permitan generar un verdadero compromiso, a propósito de la disciplina como medio para formar mejor a los hijos y alumnos.
2.¿Qué es la disciplina?
Disciplina viene del latín Discere que significa aprender. Esto significa que en la raíz de toda disciplina está latente la acción educativa. De esta expresión latina (discere) se derivan otros conceptos como el de Docente, que es la persona que enseña, y Discípulo, que es el que aprende. También de Discere deriva la palabra Disciplina (llamada antiguamente discipulina), que son las normas que conservan el orden y la subordinación entre el docente y el discípulo para facilitar el aprender, es decir, el Discere. Lo que está claro es que la disciplina implica un esfuerzo tanto del discípulo como del profesor por aprender y enseñar. Disciplina implica también la satisfacción natural de la persona cuando comprueba que ha incorporado la verdad a su limitado entendimiento, en definitiva incorpora parte del mudo a si mismo mediante el conocimiento. La disciplina tiene dos planos íntimamente relacionados.
2.1 Disciplina interna: la familia y las virtudes humanasEl primer plano es el más importante y radical porque está encaminado a la adquisición de las virtudes humanas. Su ámbito natural es la familia, y en concreto, una responsabilidad de los padres. No en vano se ha denominado a la familia como escuela de virtudes. Esta disciplina interna, que como hemos dicho, está encaminada a facilitar el aprendizaje, son un conjunto de hábitos operativos buenos que ayudan a la voluntad en el esfuerzo que implica el aprender; son las virtudes humanas que promueven la búsqueda de la verdad. Según David Isacs, entre otras virtudes humanas, para el aprendizaje son particularmente importantes la prudencia y la fortaleza. Aunque no corresponde ahora ocuparse en extenso de las virtudes, si vale aclarar que sin la prudencia se corre el riesgo de confundir los medios con el fin buscado. Conviene no perder de vista que la disciplina es un medio y no un fin en si misma.
2.2 Disciplina externa: normas y ambiente educativoEl otro ámbito es el relacionado con el ambiente de aprendizaje, es decir, el ambiente normativo que facilita el cumplimiento de los roles tanto de profesor como del alumno. Ambos planos, el interno y el externo, se relacionan en virtud de la unidad substancial de la persona humana. Estos ámbitos se dan tanto en la familia como en el colegio.
La PrudenciaSin la prudencia la persona cae en un fanatismo por el la disciplina, como si ésta fuera el fin buscado en el aula y no un medio empleado para un mejor aprendizaje. Como en toda hábito operativo bueno, siempre existen dos vicios relacionados, uno que se le opone abiertamente (la indisciplina) y el otro que se enmascara y disfraza de virtud (exceso de disciplina), quizá el más peligroso por inadvertido. La virtud de la prudencia permite elegir bien y nos ayuda a no perder de vista el por qué de nuestro esfuerzo.
La Fortaleza La virtud de la fortaleza nos ayuda a no abandonar el bien buscado a pesar de los obstáculos. Prudente y fuerte, ese es el perfil virtuoso del buen estudiante, o si se prefiere otra terminología, son los valores deseables en nuestros profesores y alumnos en su disciplina interior. Pero lo anterior, con ser necesario, no es suficiente. A mi criterio, la virtud más radical es la caridad: el amor. Es lo que nos hace más humanos, pues nos permite comprender que, a pesar de todas nuestras miserias, estamos hechos para el Bien, para servir, para comprender, en definitiva, que existimos para un Otro.
La Caridad Si no sabemos amar, difícilmente reconoceremos el bien que pasa ante nuestros ojos, en nuestro caso concreto, no será atractiva la verdad que mediante el conocimiento transmiten los profesores. Sin caridad, no es posible reconocer lo bueno que resulta para nosotros aprender, conocer, hacernos del mundo para dominarlo, someterlo y ponerlo al servicio del hombre. Por ello es que la las tres virtudes principales que favorecen el aprendizaje y mueven el interés para el estudio personal son: la caridad, la prudencia y la fortaleza. Estas virtudes son necesarias en primer lugar en los padres y profesores, y en segundo lugar en los alumnos.
3.Autoridad y Disciplina
Ahora podemos preguntarnos ¿Dónde radica la autoridad que sostiene la disciplina escolar? ¿Cuál es su fundamento? La palabra autoridad viene del latín auctoritas. Autoridad es la facultad de influir notablemente en el desarrollo de una acción, o de influir sobre la evolución de una situación en la que participan personas. Es el reconocimiento personal al autor de algo valioso, ya sea de modo directo, o a través de otras personas que reciben ese reconocimiento por delegación explícita o implícita. Pero ¿Cuál es la fuente de autoridad en el proceso educativo? Empecemos buscando en la familia. Las familias tienen un momento fundacional: el matrimonio que tiene como fines: la procreación, la formación de los hijos, y la ayuda mutua de los cónyuges para ser mejores personas en comunión. La educación de los hijos es uno de los fines del matrimonio. Por ello, la autoridad recae sobre los padres también de modo natural, es decir, es un mandato de la naturaleza humana que los padres reciben sin pedirlo.
En la familia se habla muy poco de disciplina, al menos de modo directo. Los padres hablan del exceso o defecto de orden, laboriosidad, perseverancia, bondad, etc. de cada uno de sus hijos, de sus éxitos o fracasos escolares, pero no hablan de disciplina. En instituciones no naturales, es decir, aquellas creadas por el hombre, si se habla de disciplina, por ejemplo el colegio, el deporte, o en un cuartel.
En la convivencia familiar se respetan normas, más o menos explícitas, que los padres se esfuerzan por hacerlas cumplir con mayor o menor éxito. Esas normas tienen su fundamento en el “amor incondicional” de los padres. Un hijo obedece a sus padres porque confía en ellos, porque los ama, porque sabe que quieren su bien, incluso sabiendo de las limitaciones de ellos. La raíz de la autoridad paterna es el amor que tienen los padres a sus hijos.
En un colegio los profesores tienen autoridad formal porque los padres se la han delegado para fines educativos. Esa autoridad descansa sobre las virtudes humanas del profesor. Para un adecuado ambiente educativo se requiere el fomento de ambos planos de la disciplina, si falta uno de ellos, la autoridad escolar se debilita.
4.Los protagonistas
Ahora conviene situar a los protagonistas del compromiso a propósito de la disciplina escolar. Nuestros protagonistas son, en primer lugar los padres de familia porque son los primeros, permanentes, y naturales educadores de sus hijos. En segundo lugar están los que son educados, es decir los hijos, que confían en la formación que les ofrecen sus padres, y en aquellas personas que reciben este encargo por delegación paterna. En tercer lugar están los profesores y la institución educativa que los promueve, porque brindan un servicio educativo a la familia. En términos empresariales, los primeros clientes del servicio educativo son los padres de familia, pues la acción educativa del profesor termina al terminar el periodo escolar, la de los padres termina con la muerte, y sospecho que va más allá en virtud del Amor.
Para que sea posible el compromiso entre padres y profesores es necesario saber a qué se comprometen los protagonistas. Podemos preguntarnos sobre ¿Qué rol o papel tienen éstos que cumplir?, pues si estos roles no están claros, surgen ambigüedades, y aunque los protagonistas se esfuercen por desempeñar roles que consideran importantes, se generan conflictos, pérdida de confianza entre padres y profesores, y naturalmente un nivel de compromiso muy bajo, con la consiguiente pérdida de eficacia educativa. Entonces volvemos a preguntar: ¿Cuáles son los roles sobre los que padres y profesores deben comprometerse?
5.Planos de acción
Empezaremos por mencionar dos vicios en la relación entre padres y profesores. El primer vicio es el del padre que se cree profesor, al que llamaremos el “padre-profesor”. El segundo de los vicios es el del profesor que se cree padre, y lo llamaremos “profesor-padre”. Ni el padre es el profesor, ni el profesor es el padre. Cualquiera de estos vicios rompe cualquier posibilidad de compromiso. Y lo rompe porque ambos tienen planos de acción distintos y complementarios.
Estos planos se enriquecen mutuamente y si uno de ellos presenta problemas (no sólo dificultades), el otro plano los refleja. Esto en virtud de la unidad de la persona humana, en este caso, del hijo que se mueve en ambos planos: el familiar y el escolar.
5.1 Plano del amor incondicional: Padres
Este plano es el plano familiar, es el plano natural de la persona, en este plano la persona nace, comprende por primera vez en su vida que no está solo, que mamá y papá le acompañan íntimamente, aún antes de nacer, desde que empieza a vivir, desde que fue concebido en el seno materno. Aprende a dar sin condiciones, pues reconoce en su intimidad, desde que tiene memoria, que solamente ha recibido cuidados por el simple hecho de ser miembro de su familia. No importa si es más o menos inteligente, alto o bajo, no importa el color de su piel, o si tiene facilidad para los idiomas, simplemente recibe porque es él. En la familia la persona no solo recibe elementos materiales necesarios para su subsistencia, también recibe sobretodo el amor de sus padres y hermanos, y en esta dinámica, descubre que él también tiene necesidad de dar, de dar sin condiciones, de dar lo suyo, de darse él mismo a los demás, en definitiva aprende a amar. Para aprender a amar es necesario amar, y ser amado. No es posible aprender amar en teoría, en un salón de clase, pues la dinámica del amor supone la apertura de la propia intimidad con los suyos, y éstos, los suyos, lo son en verdad, pues ellos también se dan en un movimiento de donación incondicional mutua y continua. Este es el plano educativo esencial, y por esto la familia es el ámbito educativo natural de toda persona humana. Dicho en otras palabras: los padres son los primeros educadores. En la relación entre los miembros de su familia la persona aprende a socializar, comprende el valor de la amistad, del dolor. Aprende a compartir, a respetar, a valorar la verdad, a desear conocer más y mejor esa verdad, verdad que le sirve para dominar su mundo. Para transmitir las verdades que conoce nuestra cultura la familia requiere de un adecuado servicio educativo. La acción educativa de los padres no requiere de alta ciencia, pues se fundamenta en la sabiduría natural que proporciona la dinámica amorosa de la familia. Incluso en aquellas familias en las los padres tienen un nivel de instrucción bajo, donde los padres no saben leer ni escribir, si los padres aman a sus hijos, educan más y mejor que otras familias en las que hay un nivel alto de instrucción pero el amor incondicional no es el eje de la familia.
5.2 Plano del conocimiento y la amistad: Profesores
Este es el ámbito propio de los profesores. La disciplina escolar se asienta en la autoridad de los profesores, autoridad que tiene su fundamento en su competencia profesional y en su categoría humana. Nuestra cultura requiere que las personas tengan un nivel de conocimientos que complemente los recibidos en la familia. Para lograrlo los padres recurren a una institución educativa buscando a personas que sean capaces de ayudarlos en la formación de sus hijos a propósito de su labor didáctica. No siempre fue así, en la antigüedad, cuando predominaban modelos familiares culturalmente distintos, los conocimientos eran suministrados por el entorno familiar. El plano sobre el que actúa el colegio es el de la amistad (amor de amistad) y la competencia profesional. La amistad es el tipo de amor humano que surge de compartir el tiempo con otra persona a propósito de una actividad buena en común. Para que el profesor sea eficaz debe ser amigo de sus alumnos, preparar su clase como si lo hiciera para el mejor amigo. Debe estar deseando que empiece su clase porque simplemente la pasa bien con los chicos. Debe esforzarse por mejorar cada día en el plano humano, pues es el único plano que realmente educa. Los padres no esperamos que el profesor sea un genio, esperamos que sea una persona buena que se esfuerce cada día por ser mejor. Los padres de familia esperamos que el profesor colabore con nosotros a enseñar a nuestros hijos a reconocer y apreciar la verdad. Y en la búsqueda continua de esta verdad, esperamos que surja de modo natural el deseo de estudiar, no para aprobar, sino para aprender.
6.Compromiso
El compromiso entre padres y profesores se fundamenta en una adecuada comunicación que permita a ambos protagonistas conocer lo que unos esperan de los otros. Los padres deben comprender qué necesitan de los profesores para una buena educación de sus hijos. Deben reconocer que ellos conocen de técnicas pedagógicas que les facilitan la transmisión de conocimientos de modo eficaz y eficiente. Deben tratar de conocer la calidad humana de los profesores que educan a sus hijos, y en esta línea, exigir competencia profesional y calidad humana. Los profesores deben comprender que, como decía el fundador de esta universidad, los protagonistas más importantes de un colegio son los padres de familia. Esta afirmación no es una frase bonita, tiene aplicaciones prácticas que si no se respetan, la labor educativa se diluye en la ineficacia, y se genera una pérdida de confianza entre padres y profesores que destruye el compromiso. Desde luego es una tarea apasionante, lo que no quiere decir que sea fácil, lo fácil es crear muros de incomunicación entre profesores y padres de familia. Hay que comenzar en plano inclinado, poco a poco, y en la medida que se concreten los compromisos en torno al ambiente escolar (la disciplina), ir planteando nuevos retos. Debo terminar diciendo que, gracias a Dios, conozco a muchos y muy buenos profesores, profesores que he visto crecer cada día, mientras veía crecer a mis hijos, profesores que han ayudado a mi familia en esa tarea, tan gratificante como agotadora, como es la educación los hijos.
Muchas gracias,

RETOS DE LA FAMILIA ACTUAL

Dr. César Chinguel Arrese

“¡El futuro de la humanidad se construye en la familia! Por consiguiente es indispensable y urgente que todo hombre de buena voluntad se esfuerce por salvar y promover los valores y exigencias de la familia”. Estas palabras de Juan Pablo II nos plantean una cuestión fundamental de la que nadie está exento. Por ello me parece muy apropiada la iniciativa de los organizadores para reflexionar sobre este tema: La dignidad de la familia. Para afrontar estos retos que nos propone el Papa Juan Pablo II es necesario que nos detengamos un momento para ponernos de acuerdo en algunos fundamentos que sostienen a la familia y marcan su razón de ser, y por tanto su finalidad. La familia es la realidad social más íntima que tiene la persona humana; en ella, el hombre nace, crece, se forma, pero fundamentalmente, sale de sí mismo y aprende a amar.
La intimidadEmpecemos hablando de una realidad humana llamada intimidad. La intimidad somos nosotros mismos, es nuestro ámbito privado (el más íntimo) que tiene niveles más externos, incluso visibles, y llega a profundidades que solamente nosotros conocemos, en donde estamos solos ante nosotros mismos. La intimidad se puede compartir, por ejemplo con nuestros conocidos, con nuestros amigos, nuestra familia, etc. Nadie puede acceder a ella si no se lo permitimos. Es un ámbito propio de nuestra libertad. En la familia, el nivel de apertura de la intimidad de sus miembros es tal que permite un ambiente propicio para el amor, es como un campo muy fértil para amar. Cuando nacen los hijos se unen, a su modo, a la intimidad amorosa de sus padres. Son acogidos y aceptados como parte de esa intimidad, con un alto grado de pertenencia; por eso decimos “mi hijo”, “mi padre”, “mi mujer”, “mi marido”, etc. Incluso, científicamente está comprobado que psicológicamente el recién nacido se siente parte de un todo con sus padres y continúa así hasta la progresiva afirmación de su yo. La familia permite la aceptación de todos sus miembros por el simple hecho de serlos. No importa si el hijo es alto o bajo, más o menos inteligente, etc., es recibido y amado simplemente por ser hijo y parte de esa familia. Este ambiente es único y propicio para aprender a amar.
Instinto, deseo y placerOcupémonos brevemente de algunos términos que los medios de comunicación social emplean frecuentemente de forma ambigua. Estos términos son el instinto, el deseo, el placer y el amor. Todas estas realidades son muy buenas y están puestas para servir al hombre. Como bien se sabe, en la creación existe una sabiduría y un orden para poner todo lo creado al servicio del hombre, y para ayudarlo en la tarea –trabajo– que comporta el cumplir la finalidad para la que ha sido creado. Si este orden no se conserva no sólo no sirve al hombre, sino que lo destruye, lo hace menos humano, lo deshumaniza. ¿Pero cuál es este orden? Para explicarlo apoyémonos en un ejemplo: La necesaria alimentación humana. Así, el beber y el comer son esenciales para la supervivencia de la persona; si no comemos ni bebemos, pasado cierto tiempo, simplemente dejamos de existir. Tomando como marco este ejemplo, tratemos de distinguir en él el papel que desempeña el deseo, el instinto y el placer:
Instinto: para asegurar la necesaria nutrición, la naturaleza ha impuesto un instinto: el de beber y alimentarse. Pero éste por sí solo no mueve a la acción de comer, requiere de ciertos estímulos y recompensas.
Deseo: al estímulo que mueve a comer le llamaremos deseo, el cual se vale de los sentidos y la memoria para impulsar a la persona a la acción de comer.
Placer: la recompensa por llevar a la acción aquello que sugiere el deseo, es el placer; es decir, el placer es el premio por haber actuado para satisfacer aquella necesidad de la persona, que era alimentarse: la del instinto. Como bien se ve, estos tres ámbitos no son exclusivos del hombre, sino que también existen en otros seres vivos.
Amor y matrimonio¿Y qué papel juega el amor en relación con el instinto? El amor es una realidad tan cercana a nosotros mismos que es difícil definirlo. Es como cuando vemos una pintura muy bella a una distancia tan cercana a nuestros ojos que no podemos apreciarla ni describirla. En la medida que nos alejamos del fenómeno u objeto, veremos mejor lo que queremos describir. En rigor, el amor somos nosotros mismos en movimiento de entrega mutua. No comprendemos la razón, pero inesperadamente sentimos la necesidad de amar. Desde tiempos inmemoriales el hombre se ha cuestionado el porqué de esta ley que marca su naturaleza. Así mismo se registran pinturas, poesía, canciones, etc. que manifiestan esta atracción mutua entre personas. A lo largo de la historia el hombre va dejando manifestaciones más o menos perfectas, o incluso imperfectas, de esta fuerza inexplicable que ha llevado al hombre a grandes actos heroicos. Su imperfección ha dejado muestras contrarias a la naturaleza del hombre mismo. Esta gran “fuerza” es el amor humano. La finalidad de toda persona es el Amor. Tenemos como origen el Amor, estamos hechos para vivir amando y nuestro destino último es el Amor. El ejemplo de la alimentación en el que comentamos las relaciones entre instinto, deseo y placer se queda corto para explicar el amor, más aún el amor entre un varón y una mujer, pues ésta lleva en sí un instrumento extraordinario: la potencia de la procreación de nuevas vidas humanas, cuyo destino es el Amor. ¿Pero cuál es la relación entre amor e instinto? El amor eleva al instinto a la categoría humana; eleva al instinto, el deseo y el placer a una experiencia radicalmente humana. El amor nos hace humanos; es decir, seres capaces de amar, eso es lo que nos da la categoría de personas, categoría que se eleva en la medida en que se incremente la calidad de nuestros amores: “Una persona vale lo que valen sus amores”. En la unión entre esposos, el instinto es una demanda para la conservación de la especie, por ello se pueden desentender algunas personas singulares sin perjuicio para la especie humana. Un ejemplo son los matrimonios que no pueden tener hijos o las personas que en uso de su libertad dedican su vida al servicio de los demás, etc. En el matrimonio, los amantes se pertenecen mutua y realmente. En la medida que la inteligencia hace más suyo este sentido de pertenencia, el amor se hace más fuerte y puro. En la persona humana el deseo tiene una tendencia al desorden buscando su propia satisfacción sin servir al instinto. La inteligencia que proporciona el sentido de pertenencia entre los que se aman es la ayuda para dar al deseo su sentido real. El amor tiene edades que, como todo lo humano, van dando progresivamente sentido a la vida del hombre. No aparece maduro repentinamente sino que, sin que nosotros lo permitamos, nace incipiente y lleno de potencia humana; va creciendo y pasando por etapas o edades que lo van haciendo madurar. Por ello, hay que cuidarlo y conservarlo, pues es nuestro más preciado valor. ¿Y cómo podemos aprender a amar? Sólo se aprende a amar amando. El amor es una experiencia tan íntima de la persona que no es posible conocerlo sin vivirlo, es decir, amando. Por ejemplo, nadie puede explicar a una mujer soltera en qué consiste el amor maternal, si ésta nunca lo ha vivido, si nunca lo ha experimentado. Una cosa es “desear” ser madre obedeciendo la llamada del “instinto” de conservación de la especie humana teniendo “un hijo”, y otra muy distinta es vivir la “experiencia personal” de ser madre “amando” a “un hijo en concreto”, es decir: a su hijo, uno con nombre propio, único e irrepetible. Convendrán conmigo en que entre una y otra situación hay una distancia infinita. Una mirada a la historia nos muestra el grado de entrega heroica del que son capaces las madres y nos da ciertas pistas para comprender el amor humano. Pero este tipo de amor no es el único. Otro tipo es el amor entre hermanos, el amor a los abuelos y tíos, etc. El amor entre una madre y un hijo es un tipo específico de amor humano. De todos los tipos de amor que se dan en la familia hay uno que sobresale por su importancia: el amor entre los esposos que es la materia de comunión entre los casados y fundamento de toda familia. El amor conyugal funda nuevas familias. De su calidad depende la buena formación de los hijos. Si la relación amorosa entre los esposos es saludable, el resto de los amores en la familia suelen darse también de modo saludable, si –en cambio– el amor entre los esposos presenta dificultades serias, los demás amores familiares suelen reflejar estos problemas. Por ello, Pablo VI usa la denominación de “amor humano” cuando se refiere al amor entre marido y mujer en la Humanae Vitae, Encíclica en la que tanto trabajó, el entonces obispo, Karol Wojtyla. Toda familia se inicia con un hecho que es tan antiguo como el hombre mismo. No importa la cultura, el tiempo, el lugar, allí donde se encuentran un varón y una mujer, que experimentan estremecidos una atracción y una fuerza que no comprenden, y donde existe la decisión mutua de compartir juntos la vida, este hecho se repite. De este modo, la familia matrimonial empieza con el encuentro inusitado entre dos personas, un varón y una mujer, que tras conocerse, van madurando mutuamente su relación amorosa hasta que deciden entregarse en donación mutua para toda la vida: el matrimonio. Y la historia se repite: la llegada de los hijos va configurando una familia única e irrepetible en toda la historia de la humanidad.
La familiaLa familia no ha sido creada por mente humana, es una institución natural que hunde su raíz en los mismos orígenes del hombre. Podemos preguntarnos entonces ¿Qué es exactamente la familia? “La familia es, sobre todo, una comunidad de amor formada por personas que comparten lazos de sangre, que empieza con el matrimonio de un varón y una mujer y crece por su amor generoso abierto a la vida”. Pensemos por un momento en una familia sencilla, en la que el padre trabaja con esfuerzo para sacar adelante a sus hijos con gran dignidad. Una familia en la que los esposos se quieren bien y se entregan sin reservas el uno al otro, que muestran con el ejemplo el modo de vivir con alegría las lógicas dificultades que toda familia debe enfrentar, dificultades que al ser superadas les mejoran como personas. En ese hogar, aunque falten los medios económicos o aunque los haya en abundancia, los hijos crecerán arropados por el amor de sus padres, en un ambiente de exigencia natural, donde todos, a su modo y de acuerdo a sus circunstancias, se preocupan por los demás. No hay ni ha habido en la historia, un ámbito más apropiado para el crecimiento humano que su familia. La familia es el espacio donde la persona vuelve a reponer fuerzas, porque allí las encuentra. En la familia los hijos, aprenden a respetar, a discutir, a compartir, a socializar, a conocer, es decir, adquieren virtudes ¿Hay algún padre que no quiera lo mejor para sus hijos? Los padres quieren lo mejor para sus hijos, y eso “mejor”, es que ellos mismos – los hijos – sean mejores personas. Este estilo de relación al interior de la familia está al alcance de cualquier familia sin importar su nivel socioeconómico y su cultura porque depende del amor. Es frecuente ver familias con economías holgadas, pero con dificultades familiares muy serias, tanto, que son profundamente infelices. Y se puede encontrar familias sencillas profundamente felices por la calidad de amor que se profesan.
Familia y sociedadCuando los hijos crecen en hogares bien constituidos, la sociedad en su conjunto mejora, pues ésta no es una idea abstracta, es una realidad muy concreta: la sociedad es lo que son sus familias. Entre los abundantes medios que la tecnología nos ofrece actualmente, nuestra época se caracteriza –fundamentalmente– por ser la era de la información. Los aciertos y los errores que ocurren en un lado del planeta nos llegan casi instantáneamente en cuestión de segundos. Esto hace que las culturas se conozcan y se asimilen a velocidades antes desconocidas. Entiéndase por cultura el modo que tiene un grupo humano de entender al hombre y al entorno inmediato con el que se relaciona. En todas las épocas la familia ha tenido dificultades, y no podemos ignorar las que enfrenta la familia en los tiempos que corren, pero tampoco podemos “llorar sobre leche derramada”. Existen dificultades reales, distintas a las que vivieron nuestros abuelos y, ciertamente, también diferentes a las que tendrán que vivir nuestros hijos y nietos. Pero el hombre tiene a su alcance el modo para resolver estos problemas en la medida en que sea fiel a sí mismo, a su propia naturaleza y, en definitiva, a su fin último. En general, la sociedad no sabe cómo responder a situaciones que le son nuevas. Ante las diferencias, las culturas entran en un proceso de asimilación global, buscando comprenderse sin perder su identidad. Mientras dura este proceso, hay aciertos, desaciertos. Pongamos un ejemplo de desacierto: ante una mal entendida libertad de expresión se permite la venta de agresivas publicaciones que lesionan la moral pública y privada. Basta con darse una vuelta por la ciudad y detenerse en un puesto de venta de diarios para comprobar que la pornografía se vende con suma “normalidad”. Ante la duda sobre la valoración moral de este hecho concreto podemos preguntar a quienes lucran en esa cadena de negocio (desde quienes trabajan en las imprentas, pasando por quienes transportan, hasta el que vende, sin dejar de mencionar a la Municipalidad que cobra una cantidad diaria al ambulante) si dejarían esas publicaciones en la sala de su casa para que todos sus hijos las vieran. La respuesta obvia sería: NO. Entonces, ¿por qué la sociedad no puede actuar? Sin darnos cuenta, va surgiendo una falta de sensibilidad para varias cuestiones que afectan a niños y adultos en el seno familiar, porque como bien se sabe, lo que afecta a un niño, afecta igual o peor a un adulto. Lo mismo podríamos decir del aborto y la eutanasia. Enarbolando banderas de falsa libertad, se vulnera el derecho a la vida tanto en su inicio –en la concepción– como en su etapa final. La Sociedad termina por imponer leyes sin fundamento para justificar los asesinatos de niños sin nacer y de ancianos gravemente enfermos: aborto y eutanasia. Pero, todo lo anterior, con ser muy grave, no es lo más radical. Esos problemas y otros que no hemos mencionado son sólo los síntomas. Lo más importante es que esta falta de sensibilidad ha generando una “verdad relativa”, que no es otra cosa que una mentira sobre el hombre mismo y, por extensión, sobre su realidad social más íntima e inmediata: la familia. El hombre ha terminado siendo un desconocido para sí mismo.
Retos de la familiaA mediados de los años sesenta la “revolución contracultural”, que siguió a la “revolución industrial”, sería la causa de una clara ruptura en el orden de valores. Surgió entonces un conflicto generacional en el que los más jóvenes rechazaban el modo de vida urbano impuesto por la revolución industrial, haciendo del rechazo a toda norma y formalismo un nuevo modo de vida. La sociedad occidental vivía la época posterior al Concilio Vaticano II (años 60’s-70’s) en la que se desencadenó una oleada desinformativa que presentaba algunas normas como aprobadas por la Iglesia, cuando en realidad no era así. Al mismo tiempo, surge un “progresismo científico” que ebrio de conocimiento, se pone al servicio de industrias de anovulatorios o anticonceptivos que lucraban acabando seres humanos no nacidos. Proliferan uniones libres, que no consideran entre sus fines los del matrimonio, alterando la raíz misma de la sociedad. La sociedad de consumo domina e impone una moral “apetitiva” que favorece el consumo para obtener el placer separándolo de su finalidad. Aparece en los países industrializados una alarmante disminución de la tasa de la natalidad que genera el envejecimiento de la población, porque nacen menos hijos que los padres que los procrean. Volviendo al hilo conductor del tema que nos ocupa, es evidente que no llegaremos a plantear los retos de la familia actual, pero trataremos de barruntar al menos tres ámbitos que me parecen importantes:
El primer desafío es el que los esposos redescubran la grandeza de su vocación al matrimonio.
El segundo es redescubrir el valor de la entrega generosa a la vida en las relaciones conyugales y la alegría de entregarse a la formación de los hijos.
El tercer desafío es volver a poner a la familia en el centro de la sociedad. El primer desafío consiste en que los casados redescubramos la inmensa grandeza que conlleva la vocación al matrimonio. Que se puede ser muy feliz viviéndola, y que tiene grandes satisfacciones, no exentas de dificultades y dolor. Es precisamente en este dolor donde está la clave del amor entre los esposos. Lo grande del matrimonio está, paradójicamente, en lo ordinario del mismo. Hay que redescubrir que la entrega al Amor, teniendo como medios los amores de la familia, es la verdadera vocación de todos los casados; que es un verdadero camino de perfección para el hombre, y una vía espléndida y apasionante para cumplir la finalidad por la cuál existe. Que si es posible vivir la pureza del amor entre un hombre y una mujer. Y, para los católicos, que el matrimonio es camino predilecto de santidad, es decir, camino para alcanzar la felicidad eterna. En este punto es pertinente hacer un breve comentario sobre la fidelidad en el matrimonio. Nada produce más satisfacción a los casados que vivirla, y yo diría, hasta disfrutarla, pues es un bien recibido en justicia. No es más hombre el que es infiel a su mujer; en realidad lo es menos, pues no ama bien a una mujer sino que la “cosifica”, y al hacerlo se deshumaniza como hombre. Tampoco es más mujer aquella que le es infiel a su marido, no caben excusas, y de igual modo se hace menos mujer. En general, en un caso de infidelidad los responsables son los esposos, así que les corresponde a ellos, juntos, en unión, perdonarse. Siempre es posible el perdón, porque en definitiva, y paso lo que pase, tanto el varón como la mujer que se casan, estarán realmente unidos en su ser hasta la muerte. El divorcio es signo de desintegración social. El segundo desafío es redescubrir el valor de la entrega generosa a la vida en las relaciones conyugales y la alegría de entregarse a la formación de los hijos. La cuestión no es llenarse de hijos, pero tampoco es no tenerlos, la cuestión es que cada matrimonio tiene los medios para saber el número de hijos que generosamente pueda tener. La sabiduría está al alcance de cualquier matrimonio y, en el caso de los católicos, se cuenta con la gracia sacramental del matrimonio. La familia está por encima de la escuela. Quién tiene el deber y, sobre todo, el derecho de educar a los hijos es la familia, en concreto, los padres. Por ello, debemos tener el protagonismo en la educación de los hijos, más aún en temas fundamentales. El tercer desafío es volver a poner a la familia en el centro de la sociedad. No es que haya salido de la misma sino que está envuelta en una atmósfera de relativismo en la que todos dicen que la familia es muy importante, que es el núcleo y fundamento de la sociedad, que hay que legislar a favor de ella; sin embargo, son muy pocos los que en realidad trabajan a favor de la institución familiar. La sociedad se debe a la familia y no al revés. En virtud de ello, la sociedad está obligada a proteger los fines del matrimonio y la familia: la procreación, la formación de los hijos y la ayuda mutua para crecer humanamente. La sociedad debe velar y poner los medios para que la familia cumpla sus fines naturales. Esto se concreta en: trabajo para el padre y/o la madre, vivienda, acceso a la salud, recreación saludable para la familia, profesores bien formados, planes de estudio que respeten la dignidad humana, leyes que protejan el matrimonio, etc. El eje de la sociedad es la familia, y el eje de la familia es la unión de los esposos. La clave en estos desafíos consiste, fundamentalmente, en darnos cuenta que varones y mujeres están llamados al amor y que son distintos y complementarios porque han sido creados para la unión en comunión, en aquello que pueden darse. Que es posible vivir plenamente la vida matrimonial y que es en lo cotidiano, en lo sencillo de las cosas pequeñas de cada día, en lo aparentemente intrascendente y hasta monótono, donde el amor nos espera para hacernos felices, pero no con un felicidad a medias, de segunda, sino con una felicidad plena. Por último, las causas de los problemas no están fuera de la familia sino dentro. Las dificultades existen y son reales, pero lo importante, lo que realmente genera bondad, está al interior de la familia, en el amor entre sus miembros, y sobre todo, en el amor y fidelidad de los esposos. No hay que olvidar que al final de nuestras vidas de lo único que rediremos cuentas, es de cómo y cuanto hemos amados, nada más.

EL AMOR CONYUGAL ES UNA CONQUISTA DIARIA

César Chinguel Arrese

1.¿La gente sabe lo que es el amor?

Vivimos en una sociedad mediática que nos proporciona a diario abundante información. Esta información no siempre comunica la verdad de las cosas, y cuando esto sucede con frecuencia, se corre el riesgo de vaciar de contenido los conceptos. Así por ejemplo: todos tenemos la experiencia del amor, y sin embargo solemos llamar amor a lo que no es. Sin darnos cuenta hemos ido vaciando de contenido a lo más importante de nuestras vidas.
2.¿Por qué es importante el amor conyugal?
El amor es lo que somos en lo ordinario de cada día respecto a los demás, el amor no es un sentimiento ni un concepto abstracto. Por eso, ahí donde un varón y una mujer reconocen en el otro algo amable que les mueve a entregarse mutuamente, en lo que son y en lo que pueden llegar a ser como varón y como mujer, ahí se renueva la historia humana. Sólo el amor conyugal puede explicar un desprendimiento tan grande como es la entrega total de uno mismo, entrega que sólo es posible entre un varón y una mujer en el matrimonio.
3.¿Entonces, existe diferencia entre una pareja de hecho y una casada?
La diferencia es enorme, aunque en apariencia no lo parezca. A una pareja de hecho le ocurren las relaciones conyugales, y su razón de convivencia se apoya más en aspectos de orden afectivo; desaparecidos éstos, ya no se justifica esa convivencia. En cambio, en el matrimonio ocurren los acontecimientos conyugales porque los cónyuges se han entregado libre y mutuamente a título de deuda. El es de ella, y ella es de él, y el vínculo vive con ellos a pesar del tiempo y las circunstancias. Estar casados es amarse uno con una, y para siempre.
4. ¿Y es necesario conocer esto para vivir bien el matrimonio?
Desde luego que sí, pues en la cultura que nos ha tocado vivir, en donde parece que no hay verdades absolutas, sino que todo es relativo, viene muy bien tener claros los fundamentos sobre los que apoyamos nuestra entrega conyugal. El amor conyugal nace, vive, se deteriora y requiere ser restaurado, crece y cambia con los cónyuges. Esto, que se dice fácil, implica una conquista diaria real, plena de dolores y alegrías, que encuentran en el amor, una extraña conexión de conformidad y cumplimiento de finalidad, y desde luego de felicidad.